Mundo ficciónIniciar sesiónAnabell Granger jamás imaginó que su vida terminaría así: divorciada, sin hogar y señalada como la culpable de un matrimonio que nunca la amó de verdad. Con el corazón hecho pedazos y una sola maleta, regresa al pueblo donde creció para empezar de nuevo… solo para descubrir que incluso ese refugio le ha sido arrebatado. El nuevo dueño de la casa es Gael Thompson, una celebridad del hockey que se esconde del ojo público tras un escándalo que podría acabar con su carrera. Frío, desconfiado y cansado de las falsas sonrisas, Gael no tiene intención de ayudar a una mujer que aparece reclamando lo que ya no le pertenece. Ella no encaja en su mundo. No es delgada, no es perfecta y no se disculpa por su cuerpo. Y, para su sorpresa, ni siquiera sabe quién es él. Una foto robada, un malentendido y la prensa hacen el resto: de la noche a la mañana, Anabell se convierte en la “novia secreta” del jugador más polémico del momento. Para salvar su imagen, Gael le propone un trato imposible de rechazar: fingir ser su pareja… a cambio de devolverle la casa. Lo que empieza como una guerra de voluntades pronto se transforma en algo mucho más peligroso. Porque fingir es fácil. Lo difícil es controlar los sentimientos cuando la convivencia, el deseo y las heridas del pasado comienzan a derribar todas las defensas. En un mundo donde el hielo es su reino y las curvas de ella rompen todas las reglas, Anabell y Gael descubrirán que el amor verdadero no siempre luce perfecto… pero puede ser real.
Leer másAnabell
Es mi aniversario. Hoy estoy cumpliendo siete años de casada y quiero hacer algo memorable para Marcelo.
Pues si bien las cosas no están en su mejor momento debido a su trabajo, que lo tiene todo el día ocupado o de viaje, quiero darle algo para que siempre me tenga presente.
Me recuerde. Y tengo en mente el regalo perfecto, es por eso que me vine hasta la Lakewoods Falls, el pequeño pueblo a unas horas de la ciudad en dónde crecí, le dije a Marcelo que pasaría la noche con mi mejor amiga Melany, y gracias Dios no puse objeción.
Me bajo del taxi con la emoción bullendo dentro de mi y la nostalgia llenando mi pecho, esta es la casa de mi infancia.
Todos los buenos recuerdos que me quedan de papá están aquí. Incluido el reloj de oro hecho a medido que pienso darle a Marcelo.
Aparco fuera de la casa y me bajo bullendo de emoción mientras subo las esc aleras del porche. Saco la llave del bolsillo interior de mi chaqueta. La introduzco en la cerradura.
No gira. La giro de nuevo.
Nada.
Frunzo el ceño y lo intento otra vez. Empujo un poco más fuerte. Vuelvo a girar.
—Vamos… —murmuro.
La cerradura no cede.
Intento con la otra llave. Luego con la primera otra vez. Empujo la puerta con el hombro, con la cadera, como si pudiera convencerla de abrirse a la fuerza.
Nada.
El nudo en mi pecho empieza a apretarse.
—No… no, no, no —susurro, mirando la cerradura como si me hubiera traicionado.
Me inclino, acerco el rostro, reviso. Es la misma puerta. La misma cerradura. Pero algo está distinto. El metal luce nuevo. Demasiado nuevo.
La frustración me sube por la garganta como una marea caliente. Me quito uno de los aretes —el único par decente que me quedó— y lo introduzco con torpeza, intentando forzar el mecanismo como vi alguna vez en una película.
—Genial, Anabell. Excelente idea —me digo—.Van a pensar que estoy chiflada o soy una ladrona.
—Si vas a robar una casa, al menos ten la inteligencia de hacerlo sin hacer tanto ruido.
La voz me cae encima como un balde de agua helada.
Me giro y entonces… quedo paralizada.
El hombre frente a mí es, sin exagerar, el más atractivo que he visto en mi vida y por alguna razón se me hace levemente familiar, pero estoy segura de que si lo hubiese conocido antes, lo reconocería.
Lo primero que veo es un pecho ancho cubierto por una camiseta oscura que se ajusta de manera obscenamente perfecta. Luego brazos fuertes, tensos, cruzados con evidente impaciencia. Subo la mirada despacio, demasiado despacio, hasta encontrarme con un rostro duro, de mandíbula marcada, barba de uno o dos días y unos ojos claros que me observan como si fuera una plaga.
—¿Perdón? —digo, enderezándome, el efecto de su abrumadora belleza desaparece por lo horrible de su actitud—. No estoy robando.
El fastidio y la rabia sigue siendo evidente en su cara, pero ahora el combo se completa cuando una ceja se le alza con burla.
—Claro que no. ¿Y el arete en la cerradura es decoración?
La forma condescendiente en que me habla, como si fuera estúpida me enoja mucho más que cualquier otra cosa.
Es que ¿Quién se ha creído que es este tipo?
Me ruborizo, furiosa.
—Puedo quitarme el arete si quiero, porque esta es mi casa. No entiendo que haces tú en mi porche.
Él me mira incrédulo por unos segundos en los que ninguno dice nada y cuando creo que se ira, lo que hace es que suelta una risa corta, incrédula.
—Oh si claro, y yo soy el lobo de caperucita. Por favor, no insulte m inteligencia. Eso dicen todos los que intentan entrar a mi casa sin permiso.
¿¡QUÉ!? Un momento, él ha dicho ¿SU CASA? Bueno luego la que está loca soy yo.
Esta vez es mi turno de reirme antes de dejar salir la rabia.
—¡No es su casa! —espeto—. Es mía. Siempre lo ha sido. Ahora FUERA.
Lo veo parpadear sorprendido, como si el echo de que alguien lo enfrente sea nuevo para él.
Pero bueno, es que ¿quién se cree que es?
Da un paso hacia mí y su presencia se vuelve abrumadora. Huele a frío, a algo limpio, masculino. Irritante.
—Escucha —dice, con voz baja y peligrosa—. Te voy a dar dos opciones. O te bajas de mi porche ahora mismo… o llamo a la policía.
Y dale con que es su casa…
—Llámela —respondo sin pensar—. Porque la que va a denunciarlo soy yo.
Eso parece sorprenderlo.
—¿Ah, sí?
—Sí —digo, sacando el celular con manos temblorosas—. Porque esta casa era de mi padre. Y ahora es mía.
Me observa durante unos segundos que se sienten eternos. Luego niega con la cabeza.
—Mala historia. Buen intento.
La rabia me explota en el pecho.
—¡No estoy mintiendo! —grito—. ¿Cree que me divertiría inventar esto?
Abro la galería de fotos con movimientos torpes y le extiendo el teléfono.
—Mire.
Fotos de mi padre y yo sentados en ese mismo porche. Sonriendo. Abrazados. Una navidad. Un verano.
El cambio en su expresión es mínimo, pero lo veo. Algo se mueve detrás de sus ojos.
—Bueno, esto será incómodo. Espera aquí —dice al fin.
—¿A dónde va?
No responde. Entra a la casa y cierra la puerta en mi cara.
Me quedo allí, helada, humillada, mirando la madera que debería haber sido mi refugio. El viento sopla más fuerte. El cielo empieza a oscurecerse.
—Genial —murmuro—. Simplemente… genial. Hay un loco invadiendo mi casa.
Pasan minutos. Diez. Quince.
Empiezo a temblar. El frío se me mete en los huesos, en los dedos, en el alma. Pienso en hoteles. En precios. En mi cuenta casi vacía. No tengo a dónde ir.
La puerta se abre de golpe cuando un trueno retumba sobre nosotros.
Él sale con unos papeles en la mano.
—Aquí —dice, tendiéndomelos—. La casa es mía.
Los tomo sin entender y entonces lo veo.
Contrato de compraventa.
La firma.
—Yo no firmé esto… No es valido, yo no… —susurro.
—No necesitabas hacerlo —responde—. Le diste poder legal al representante de la venta. La venta es válida. La casa es mía.
El mundo se me viene encima. No… no puede ser cierto.
Yo no le he dado poder a nadie.
Entonces un nombre viene a mi mente Marcelo…Pero no, él prácticamente ni conoce esta casa, nunca hablamos de vender.
—Miente… esto es falso, debe serlo. Él nunca.
—Mire, la verdad no tengo tiempo para tonterías, yo diría que usted iría a hablar con su apoderado, ahora adiós.
El cuerpo entero me tiembla cuando me subo de nuevo al auto, las dos horas en carretera me sirven para pensar. Debe ser un error, un estafador, voy a decirle a Marcelo que vengamos con la policía, hay que desalojarlo lo antes posible.
Llego a la casa un poco más calmada, y me sorprende ver el saco de Marcelo en la sala, pensé que hoy trabajaría hasta tarde.
Pero agradezco que esté en casa, asi podemos solucionar esto desde ya.
Subo las escaleras y cuando llego al rellano me quedo paralizada, porque desde la habitación principal se escuchan…. gemidos.
Con el corazón desbocado me acerco al picaporte y al abrir siento que el mundo bajo mis pies de tambalea, porque ahí, en mi casa, está el hombre que juró amarme, desnudo, con su secretaria.
GaelEsto no puede estar pasando. Es como si en lugar de salir de un problema me hubiese metido en arenas movedizas y cada vez estuviera más empatado de mierd4.Ni siquiera creí que las cosas pudieran empeorar más… hasta ahora.Estoy de pie frente al escritorio, con el teléfono apretado contra la oreja y la mandíbula tan tensa que me duele. El estudio huele a madera vieja y a café frío, una mezcla que debería tranquilizarme, pero no lo hace. Nada lo hace últimamente.—¿Cómo demonios pasó esto, John? —gruño—. Te pago para que estas mierdas no pasen.Del otro lado de la línea, John suspira. Lo conozco lo suficiente para saber que se está pasando una mano por la cara.—Bajé las fotos, Gael. De la mayoría de los portales. Pero ese no es el punto.—Claro que es el punto —respondo—. Las bajas, se acabó el circo. Así funciona.—No —dice, firme—. No cuando ya las vio medio mundo. No cuando ya están en redes, en foros, en capturas. No puedes borrar eso.Aprieto el puente de mi nariz.—Entonces
AnabellNo debería sentirme así.No debería importarme que la camisa me quede ajustada cuando debería quedarme enorme, que apenas me cubra los muslos y que cada movimiento me recuerde lo absurdamente fuera de lugar que estoy. Mucho menos debería importarme que el dueño de esta casa sea Gael Thompson, el jugador de hockey que aparece en todas partes, el hombre al que llaman el rey del hielo.Y, sin embargo, aquí estoy.Caminando descalza por un pasillo que ya no es mío, con una camiseta ajena pegada a la piel, preguntándome qué demonios debe estar pensando de mí.Porque seamos honestas: yo no soy el tipo de mujer que suele aparecer en sus fotos.No soy delgada.No soy estilizada.No tengo ese aire perfecto de portada.Soy grande. De curvas evidentes. De muslos que rozan. De caderas que no pasan desapercibidas. Y ahora mismo estoy en la casa de un hombre famoso, usando solo una camisa suya, como si fuera una escena ridícula sacada de una historia que no me corresponde.—Esto es patético
GaelTodo ha sido una mierda desde que todo se fue a la mierda.No hay una forma elegante de decirlo. No hay metáfora que lo maquille ni frase inspiradora que lo haga sonar menos patético. Las cosas empezaron a torcerse después de eso —no pienso nombrarlo, no ahora— y desde entonces no han hecho más que ir en picada. Lento. Silencioso. Como una grieta que se abre bajo tus pies y solo te das cuenta cuando ya estás cayendo.Este lugar se suponía que iba a ser un paréntesis.Un refugio.Un punto muerto en el mapa donde nadie hace preguntas.Compré esta casa por eso.Porque está lejos. Porque no importa. Porque aquí puedo olvidar por un momento todo lo que he perdido.Estoy en la cocina, apoyado contra la encimera, con una taza de café frío entre las manos. Ni siquiera recuerdo haberlo preparado. Afuera el cielo sigue gris, cargado, como si el pueblo entero contuviera la respiración. El silencio aquí es espeso, incómodo. No el silencio que calma, sino el que presagia problemas.Hay una ext
AnabellDespertar duele.No de forma inmediata, no como un golpe seco, sino como una marea lenta que va regresando a su sitio y arrastra consigo el cansancio, el frío y una vergüenza espesa que se me pega a la piel antes incluso de que abra los ojos.Todo gira.Mi cabeza palpita como si alguien hubiera apretado un tornillo dentro de ella y lo estuviera girando sin piedad. Respiro hondo, o eso intento, porque el aire parece demasiado denso para entrar del todo en mis pulmones.Abro los ojos.El techo sobre mí no es el del juzgado. Tampoco el del taxi. Ni el cielo gris que fue lo último que recuerdo antes de que el mundo se volviera negro.Es madera.Madera clara, con vetas irregulares y una grieta pequeña cerca de una viga. La observo durante varios segundos, tratando de ubicarme, de reconstruir el rompecabezas de las últimas horas.Huele a café viejo. A jabón. A algo masculino que no sabría describir pero que no pertenece a mis recuerdos.Mi cuerpo está pesado. Entumecido.Intento inc
AnabellNo ha pasado ni una semana desde el día en que perdí todo, y aun así siento que han pasado años.El taxi se detiene frente a la casa y el silencio del pueblo me golpea más fuerte que el cansancio. Me vine solo con una sola maleta y una caja de cartón donde llevo lo poco que quedó de mi vida anterior. El conductor no dice nada. Yo tampoco. Al cabo de unos segundos el hombre se aclara la garganta.—Llegamos —dice el conductor finalmente, mirándome por el retrovisor.Asiento, pago lo poco que me queda y bajo con mi única maleta. El aire frío de Lakewood Falls me golpea de inmediato la cara y me hace estremecer. No es solo el clima,que presagia una tormenta. Es el peso de todo lo que dejé atrás.Divorcio. Humillación. Ruina.Respiro hondo.Este es el comienzo, me digo. Aquí voy a volver a levantarme.Antes de venir puse a la policía local sobre aviso del hombre que está invadiendo la propiedad, por eso no me sorprende cuando al bajar veo una patrulla estacionada en la esquina.Ni
AnabellCuando me casé realmente creí en el “hasta que la muerte los separe” sin embargo, siete años después me doy cuenta de que fui una ingenua.Hoy me encuentro entrando en el edificio de juzgados para poner fin a un matrimonio que se ha acabado y de paso me ha acabado a mi también, Melany, mi mejor amiga es la única que me acompaña, pues lamentablemente mi padre murió hace dos años y mi madre cree que estoy arruinando mi vida al divorciarme.Dijo que este divorcio me iba a arruinar la vida. Que estaba siendo ingrata. Que debería haber luchado más por mi matrimonio. No le contesté. Discutir ya no iba a salvarme de nada.—No bajes la cabeza—la voz de Melany me trae de regreso—No tienes nada de que avergonzarte, eso dejaselo al mamarracho ese.Aunque sé que sus palabras son ciertas no puedo evitar darme un repaso. Mi cuerpo tiene más curvas que los demás y no solo por genética, sino por todos los kilos que tengo de más.Soy una mujer de talla grande, no una barbie o modelo. Por eso e
Último capítulo