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7. ¿Qué tanto quieres recuperar tu casa?

Gael

Esto no puede estar pasando. Es como si en lugar de salir de un problema me hubiese metido en arenas movedizas y cada vez estuviera más empatado de mierd4.

Ni siquiera creí que las cosas pudieran empeorar más… hasta ahora.

Estoy de pie frente al escritorio, con el teléfono apretado contra la oreja y la mandíbula tan tensa que me duele. El estudio huele a madera vieja y a café frío, una mezcla que debería tranquilizarme, pero no lo hace. Nada lo hace últimamente.

—¿Cómo demonios pasó esto, John? —gruño—. Te pago para que estas mierdas no pasen.

Del otro lado de la línea, John suspira. Lo conozco lo suficiente para saber que se está pasando una mano por la cara.

—Bajé las fotos, Gael. De la mayoría de los portales. Pero ese no es el punto.

—Claro que es el punto —respondo—. Las bajas, se acabó el circo. Así funciona.

—No —dice, firme—. No cuando ya las vio medio mundo. No cuando ya están en redes, en foros, en capturas. No puedes borrar eso.

Aprieto el puente de mi nariz.

—Entonces invéntate algo. Di que es una prima. Una amiga de la infancia. Una vecina. Lo que sea. Acaba con esto.

—Piénsalo mejor —contesta—. Porque si somos inteligentes, podemos voltear esto a tu favor.

Suelto una risa seca, sin humor.

—¿A mi favor? —repito—. Tengo la carrera colgando de un hilo, la liga mirándome con lupa, la prensa esperando que respire mal para crucificarme… ¿y tú crees que vincularme con una completa desconocida va a ayudarme?

—El punto no es que te vinculen con una mujer —dice—. El punto es con qué tipo de mujer.

Me quedo en silencio.

—¿Qué m****a significa eso? —pregunto al fin.

John se ríe. No porque sea gracioso. Porque cree que tiene razón.

—Vamos, no te hagas el tonto. ¿Viste a la mujer de la foto?

—Sí.

—Pues yo también. Y te soy honesto, por poco parece una ballena.

Algo se me revuelve en el estómago.

—¿Qué clase de comentario es ese? —escupo.

—No te ofendas —responde—. Solo digo lo que muchos piensan. Y precisamente por eso funciona.

Camino por el estudio, inquieto. Miro los libros que no he leído, la ventana que da al bosque, la foto que ella tocó hace unos minutos y que ahora está boca abajo sobre el escritorio.

—Explícate —digo.

—Ahora mismo tu imagen es la de un tipo inestable, arrogante, superficial —enumera—. Un tipo que solo se mira el ombligo. Pero si apareces con una mujer completamente distinta a todas las anteriores… una mujer real… la gente empieza a dudar de todo lo demás.

Cierro los ojos.

—¿Y eso en qué ayuda con el problema? —pregunto.

—Distrae. Humaniza. Cambia el foco. Y eso es exactamente lo que necesitas para que la liga vuelva a aceptarte.

Me quedo callado.

No porque esté de acuerdo.

Sino porque, por primera vez, tiene sentido.

—Estás asumiendo que voy a salir con ella —digo.

—Eso no es un problema —contesta John—. Siempre hay algo que la gente quiere. El resto se arregla con un contrato.

Y entonces lo entiendo.

Antes incluso de que mi cerebro termine de procesarlo.

La casa.

La puerta del estudio se abre de golpe.

Me giro justo a tiempo para verla entrar.

Anabell.

Descalza. Con mi camiseta puesta. El cabello aún húmedo. Los ojos encendidos de rabia y confusión. Trae el teléfono apretado en la mano como si fuera un arma.

—¿Qué demonios está pasando? —exige.

John sigue hablando al otro lado de la línea, pero ya no lo escucho.

—¿Se puede saber qué haces? —le espeto—. ¿No sabes tocar una maldita puerta?

Ella no se detiene. Camina directo hacia mí y me empuja el celular contra el pecho.

—Explícame esto. Está por todas partes. Mi nombre. Mi cara. Mi vida.

Miro la pantalla apenas un segundo. Los titulares. Las fotos. Lo inevitable.

—Sal de aquí —digo.

—No —responde—. No voy a salir hasta que me digas qué está pasando.

Aprieto la mandíbula.

—Anabell…

—No —me corta—. No me hables como si yo fuera parte de tu circo. Todo el mundo cree que estamos juntos.

—Baja la voz.

—No voy a bajar nada —dice, temblando de rabia—. Ya me quitaron demasiado como para quedarme callada ahora.

La observo. De verdad la observo.

No se parece en nada a las mujeres con las que me han vinculado antes. No baja la mirada. No intenta agradar. No mide sus palabras. Ocupa espacio sin disculparse, incluso cuando se nota que está muriéndose por dentro.

—Esto no es tan simple —digo al fin.

—Hazlo simple —responde—. Sal ahí fuera y di la verdad.

Suelto una risa breve, amarga.

—Eres una ilusa si crees que eso va a arreglar algo.

—Entonces dime qué piensas hacer —exige—. Porque yo no pertenezco a tu mundo, Gael. No soy ese tipo de mujer.

La frase me golpea más de lo que debería.

—Siéntate —gruño.

—¿Hablar de qué? —pregunta, desconfiada.

Respiro hondo.

—Del hecho de que estamos metidos en el mismo embrollo —digo—. Y de que puede haber una solución que nos favorezca a los dos.

Ella me mira con suspicacia.

—¿Qué tipo de solución?

La sostengo la mirada.

Y formulo la pregunta que ya sé que lo cambia todo.

—Del uno al diez, Anabell —digo despacio—, ¿qué tanto deseas recuperar tu casa?

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