Gael
Salgo de la notaría con la sensación de que me acaban de arrancar algo vital sin anestesia.
El aire de Boston está frío, pero apenas lo siento. Lo único que escucho una y otra vez en mi cabeza es su voz, firme, sin temblar:
No quiero nada que esté mezclado contigo.
No gritó. No lloró. No me insultó.
Solo me excluyó de su futuro.
Camino hacia la camioneta sin recordar en qué momento crucé la calle. Todo lo que veo son fragmentos de su expresión dentro de esa oficina blanca. La manera en que