Mundo ficciónIniciar sesiónAnabell
Despertar duele.
No de forma inmediata, no como un golpe seco, sino como una marea lenta que va regresando a su sitio y arrastra consigo el cansancio, el frío y una vergüenza espesa que se me pega a la piel antes incluso de que abra los ojos.
Todo gira.
Mi cabeza palpita como si alguien hubiera apretado un tornillo dentro de ella y lo estuviera girando sin piedad. Respiro hondo, o eso intento, porque el aire parece demasiado denso para entrar del todo en mis pulmones.
Abro los ojos.
El techo sobre mí no es el del juzgado. Tampoco el del taxi. Ni el cielo gris que fue lo último que recuerdo antes de que el mundo se volviera negro.
Es madera.
Madera clara, con vetas irregulares y una grieta pequeña cerca de una viga. La observo durante varios segundos, tratando de ubicarme, de reconstruir el rompecabezas de las últimas horas.
Huele a café viejo. A jabón. A algo masculino que no sabría describir pero que no pertenece a mis recuerdos.
Mi cuerpo está pesado. Entumecido.
Intento incorporarme por puro reflejo, y el mareo me golpea con violencia, obligándome a gemir y a dejarme caer de nuevo sobre lo que ahora reconozco como un sofá.
—Si fuera tú, no haría eso.
La voz grave irrumpe en el silencio y me atraviesa entera.
Giro la cabeza con brusquedad, ignorando la punzada que eso provoca en mi sien, y lo veo.
Está de pie, apoyado contra el marco de una puerta, con los brazos cruzados y el ceño fruncido como si yo fuera una molestia que no pidió. Lleva una camiseta oscura que se ajusta sin pudor a su torso amplio y unos pantalones deportivos. Su cabello aún luce un poco húmedo, como si se hubiera duchado hace poco.
Parece… intacto.
Como si el caos de mi vida no hubiera rozado ni por error la suya.
—¿Qué…? —mi voz sale ronca, ajena—. ¿Dónde estoy?
Él no se mueve.
—En mi casa.
Ahí está de nuevo esa frase. Como una piedra lanzada directo a mi pecho.
—¿Qué pasó? —insisto, parpadeando—. Yo… recuerdo la lluvia… y luego…
—Te desplomaste en mi puerta —dice—. Como un saco de papas.
La humillación me quema por dentro y la vergüenza me sube al rostro de inmediato.
Genial.
Ni siquiera tuve la decencia de desmayarme con elegancia.
—Qué encantador —murmuro—. ¿Siempre eres así o es un talento especial que reservas para las mujeres en desgracia?
Una ceja se le arquea apenas.
—No es mi trabajo ser encantador con extrañas que irrumpen en mi propiedad.
Aprieto los labios.
—No irrumpí —digo, sintiendo cómo la rabia empieza a reemplazar al mareo—. Y deja de decir tu propiedad. Esta casa…
—Es mía —me interrumpe—. Ya lo demostramos hace un rato. No vamos a repetir la discusión.
Su tono es firme, definitivo, como si la realidad fuera algo que él puede dictar y yo solo aceptar.
Me incorporo un poco más despacio esta vez, apoyando un codo en el sofá.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Unas horas.
Horas.
En su casa.
Con él.
Trago saliva.
—Entonces ya estoy bien —miento—. Puedo irme.
—Perfecto.
La palabra cae sin emoción.
—La puerta está por allá.
El pánico se abre paso lento, traicionero.
—Yo… —me aclaro la garganta—. Espera. Solo…
—¿Qué? Ya te veo bien y la verdad quiero estar solo, podrías solo…
—¡Espera! Solo cállate un segundo, ¿sí?
Eso sí logra sorprenderlo. Parpadea y me mira sorprendido, luego indignado para finalmente verme molesto.
Vaya, pero si es todo un princeso.
—¿Perdón?
—Solo un segundo —repito, más bajo—. Por favor.
Me observa en silencio, evaluándome como si fuera un problema matemático que no quiere resolver.
—¿Qué pasa ahora? —pregunta al fin—. ¿Quieres que te llame un taxi?
Oh Dios… no. No. Esto no tenía que pasar así. ¿Qué voy a hacer?
El pánico se hace mayor, traicionero. No como un grito, sino como una presión constante en el pecho.
Irme.
¿A dónde?
El hombre, del que aún no se el nombre, me observa como si estuviera decidiendo si valgo el esfuerzo de seguir escuchándome.
—Habla.
—No tengo a dónde ir.
Decirlo en voz alta es peor de lo que imaginé.
Se hace un silencio incómodo.
—Eso no es mi problema.
Por supuesto que no lo es.
—Ya lo sé —respondo, sintiendo cómo algo se rompe un poco más dentro de mí—. Pero esta casa era de mi padre. Era… lo único que me quedaba.
No espero compasión. Y no la recibo.
—Lo siento —dice sin sonar como si realmente lo sintiera—. Pero ahora es mía.
Me obligo a ponerme de pie. Mis piernas tiemblan, pero no le doy ese espectáculo.
Busco mi maleta junto al sofá. La agarro. Es ridículamente ligera. Todo lo que soy cabe ahí.
Camino hacia la puerta.
Cada paso pesa.
Cuando pongo la mano en el picaporte, me quedo quieta.
No tengo un plan.
No tengo dinero.
No tengo orgullo suficiente para seguir fingiendo que esto no me está destrozando.
Me doy la vuelta.
—¿Puedo usar tu teléfono? —pregunto—. Solo un minuto. El mío se rompió.
Duda.
Luego me lo extiende, manteniendo la distancia. Marco el número de Melanie de memoria.
Una vez. Dos. Tres.
Nada. El buzón de voz me responde como una burla.
Cuelgo despacio.
—No contesta.
Miro por la ventana. Sigue lloviendo. El cielo es una masa gris sin intención de compadecerse de mí.
Camino hacia la puerta y salgo.
El frío me cala de inmediato. La lluvia empapa mi ropa, mi cabello, mis pensamientos. Me abrazo a mí misma, tratando de mantener algo de calor, algo de dignidad.
Entonces lo escucho.
Un suspiro irritado.
Un gruñido contenido.
—¡Espera!
Me giro.
Está ahí, en la puerta, claramente molesto consigo mismo.
—Puedes quedarte esta noche —dice—. Solo esta. Máximo dos días. No más.
Lo miro, empapada, rota, sin fuerzas para discutir.
—Gracias —susurro.
No responde. Se limita a hacerse a un lado.
Cuando entro, algo en el ambiente cambia. No es alivio. Es tensión.
Mientras dejo la maleta a un lado, mi mirada cae en una mesa cercana.
Hay un teléfono. Una cartera abierta. Y una foto.
Mi corazón se detiene mientras mis manos se acercan al marco. Él, con uniforme deportivo, rodeado de cámaras. Titulares visibles. Un nombre que reconozco incluso antes de leerlo completo.
El jugador de hockey. El mismo que ha estado en todas partes.
Levanto la vista hacia él justo cuando se da cuenta de lo que estoy mirando.
—¡Alejate! No toques eso —dice.
Demasiado tarde. Porque ahora sé quién es. Y nada —absolutamente nada— va a volver a ser simple.







