Mundo ficciónIniciar sesiónAnabell
—Del uno al diez, Anabell… ¿qué tanto deseas recuperar tu casa?
La frase queda suspendida entre nosotros como si alguien hubiera apagado el sonido del mundo.
Parpadeo una vez. Luego otra.
Mi cerebro tarda en reaccionar, como si necesitara unos segundos extra para procesar semejante disparate.
¿Mi casa?
¿Ahora?
Lo miro fijo, esperando ver una mueca burlona, una sonrisa torcida, cualquier señal de que esto es una broma cruel. Pero Gael Thompson no se ríe. No parece disfrutarlo. De hecho, se ve tenso. Calculador.
—¿Qué…? —mi voz sale más baja de lo que esperaba—. ¿Qué tiene que ver la casa con todo esto?
—Siéntate —dice de nuevo—. Ya te dije que tenemos que hablar.
Hay algo en su tono que me incomoda. No es autoritario exactamente, pero sí firme, seguro. Y antes de que pueda decidir si quiero obedecerlo o no, mis piernas ya se están moviendo.
Me siento frente a él.
Y entonces ocurre.
Me siento pequeña.
No en el sentido metafórico. Literal.
Gael Thompson mide casi dos metros. Incluso sentado parece ocupar más espacio del que le corresponde. Yo mido uno setenta, tengo curvas grandes, caderas amplias, muslos fuertes… y aun así, frente a él, me siento diminuta. Ridículamente diminuta.
Nunca me había pasado.
Siempre fui “la grande”, la que ocupa espacio, la que no se pierde en una habitación. Y ahora, por primera vez, entiendo lo que otras mujeres describen cuando dicen que se sienten chiquitas junto a un hombre.
La sensación me incomoda.
Me irrita.
Me hace pensar cosas que no quiero pensar.
Por un segundo, mi mente traicionera imagina cómo se vería aquí una mujer de las que salen en sus fotos. Delgada. Elegante. Perfecta.
Sacudo la cabeza.
No.
No voy a caer en eso.
—Explícate —digo—. Ya.
Gael suspira. Se pasa una mano por el rostro como si estuviera agotado, como si esta conversación le pesara tanto como a mí.
—He tenido problemas esta última temporada —empieza—. Problemas de los que no voy a hablar.
Claro que no.
Los hombres como él nunca hablan de lo que realmente importa.
—Conveniente —murmuro.
Me lanza una mirada afilada, pero continúa.
—La idea de venir a este pueblo, de comprar esta casa, era mantenerme fuera del foco. Tranquilidad. Silencio. Nada de cámaras.
Aprieta la mandíbula.
—Y todo se fue a la m****a por un repartidor de pizza.
Parpadeo.
—¿El repartidor? —repito, incrédula—. ¿Fue él?
La indignación me sube de golpe.
Después de todo lo que he pasado, ¿en serio esto explotó por una pizza?
—Podemos hablar con su jefe. Demandarlo. Exigir una retractación —digo, casi atropellando las palabras.
Gael levanta una mano.
—Mi agente ya se encargó de eso. Pero el daño está hecho.
—¿Cómo que está hecho? —pregunto—. ¿Eso es todo? ¿Me estás diciendo que no hay solución?
Una parte de mí ya conoce esa respuesta.
Es la misma que escuché en el juzgado cuando el juez dictó sentencia como si estuviera leyendo una receta.
—Sí la hay —responde—. Pero no es la que tú estás pensando.
Siento la frustración tensarme el pecho.
—Entonces deja de hablar en acertijos —espeto—. Porque así no te estoy entendiendo nada.
Gruñe.
—Deja de ser tan respondona.
Arqueo una ceja, ofendida.
—¿Quién eres? ¿Mi padre para estarme regañando?
Sus ojos se oscurecen.
—Estás siendo infantil.
—No —lo corrijo—. Estoy siendo clara. La situación es delicada y tú sigues evitando decirme qué demonios piensas hacer.
Silencio.
Un silencio denso, cargado.
Entonces Gael habla.
—Puedo devolverte tu casa.
Siento que el suelo se mueve bajo mis pies.
—¿Qué? —susurro.
—Puedo devolverte tu casa —repite—. Pero hay una condición.
Mi corazón empieza a latir con fuerza.
Demasiada fuerza.
Algo dentro de mí grita no confíes, pero otra parte —la más cansada, la más golpeada— se aferra a esa frase como a un salvavidas.
—¿Cuál condición? —pregunto, aun sabiendo que no me va a gustar.
—En lugar de desmentir las fotos, vamos a seguirles la corriente.
Lo miro como si acabara de perder la razón.
—¿Perdón?
—Vamos a fingir que es cierto.
La risa me sale sola. Nerviosa. Incrédula.
—Buena jugada —digo—. Ahora sí dime la verdad.
Él no se ríe.
No se mueve.
No parpadea.
Mi sonrisa se apaga lentamente.
—…¿Estás hablando en serio?
—¿Tengo cara de estar bromeando?
—Esto no tiene sentido —niego—. Es una ridiculez. Nadie se lo va a creer.
—¿Ah, no? —se inclina hacia adelante—. Entonces explícame por qué hay más de quince portales nacionales e internacionales que ya lo creyeron cuando solo estábamos sentados a una mesa.
—Eso es distinto —replico—. La gente quiere chismes. Pero cuando digamos que es verdad, no se lo van a tragar.
—¿Por qué no?
Me pongo de pie, incapaz de quedarme sentada.
—Oh, vamos —digo—. Mírame.
Abro los brazos.
—No soy el tipo de mujer con la que tú sales. No soy nada como ellas.
—¿Y cómo se supone que son “ellas”? —pregunta.
—Delgadas. Perfectas. De alta sociedad. Mujeres que nunca han trabajado un solo día duro en su vida —escupo—. Todo lo opuesto a mí.
Mientras lo digo, una parte de mí se odia por decirlo.
Por resumirme así.
Por usar esas palabras que tanto daño me hicieron en boca de otros.
Su expresión se endurece.
—Al parecer me consideras más superficial de lo que soy.
—No es eso —respondo—. Es la realidad que tú mismo has mostrado.
Lo miro fijo.
—Dime, Gael… ¿cuándo fue la última vez que saliste con una mujer como yo?
El silencio me responde antes que él.
Y eso duele más de lo que quiero admitir.
—Ahí lo tienes.
—Eso no es el punto —dice—. Puedo garantizarte que va a funcionar.
—¿Y si no funciona? —pregunto—. ¿Igual me darías la casa?
No responde de inmediato.
Evalúa.
Calcula.
—Hagamos un contrato —dice finalmente—. Fingimos durante seis meses. Si no funciona, te devuelvo la casa igual. Si funciona, seguimos hasta que mi agente encuentre otra salida.
Mi mente empieza a trabajar a toda velocidad.
Seis meses sin pagar arriendo.
Seis meses ahorrando.
Seis meses en los que podría invertir el poco dinero que me queda en la librería que siempre quise abrir.
Seis meses sin volver a empezar desde cero otra vez.
—¿Te das cuenta de lo que me estás proponiendo? —pregunto.
—En este gremio es más común de lo que crees.
—Pensé que la casa significaba algo para ti —añade—. Los recuerdos de tu padre. ¿No es así?
La rabia me atraviesa como un rayo.
—Quiero agregar algo al contrato.
Parpadea, sorprendido.
—¿Qué?
Cruzo los brazos.
—Mientras esto dure, voy a vivir aquí.
—Ni hablar.
—Entonces no hay trato.
Nos miramos.
Mi corazón late desbocado.
Sé que estoy apostando demasiado.
Pero también sé que ya lo perdí todo una vez.
Aprieta la quijada.
—Mañana hablaré con mi abogado.
—Perfecto.
—Perfecto —repite.
Y en ese instante entiendo que acabo de meterme en la peor —o la única— oportunidad que tengo para volver a levantarme.







