2. Culpable de todo

Anabell

Cuando me casé realmente creí en el “hasta que la muerte los separe” sin embargo, siete años después me doy cuenta de que fui una ingenua.

Hoy me encuentro entrando en el edificio de juzgados para poner fin a un matrimonio que se ha acabado y de paso me ha acabado a mi también, Melany, mi mejor amiga es la única que me acompaña, pues lamentablemente mi padre murió hace dos años y mi madre cree que estoy arruinando mi vida al divorciarme.

Dijo que este divorcio me iba a arruinar la vida. Que estaba siendo ingrata. Que debería haber luchado más por mi matrimonio. No le contesté. Discutir ya no iba a salvarme de nada.

—No bajes la cabeza—la voz de Melany me trae de regreso—No tienes nada de que avergonzarte, eso dejaselo al mamarracho ese.

Aunque sé que sus palabras son ciertas no puedo evitar darme un repaso. Mi cuerpo tiene más curvas que los demás y no solo por genética, sino por todos los kilos que tengo de más.

Soy una mujer de talla grande, no una barbie o modelo. Por eso esto se siente peor, por eso mi madre me dijo que no me divorciara porque ¿Quién más va a querer a la gorda?

Al final llego a mi lugar junto a mi abogado de oficio, pues no tenía dinero para más y espero que llegue el momento.

Cuando dicen mi nombre, me pongo de pie despacio. Siento el cuerpo pesado, como si cada paso me costara el doble.

Instintivamente miro hacia atrás, a Melany que me alienta en silencio y tomando un respiro enfrento al juez.

—Buenas tardes, señoria.

—Explique las razones del fracaso del matrimonio —dice el juez, sin mirarme realmente.

Respiro hondo y hablo.

Hablo de la infidelidad.

De las noches en las que me acostaba sola.

De cómo, sin darme cuenta, nos fuimos perdiendo.

No me justifico. Nunca lo hago. Pero digo la verdad, lo digo todo y espero que sea suficiente, debe serlo.

Luego le toca a él.

Marcelo, Mi exmarido se levanta con esa seguridad que siempre tuvo para hablar cuando sabía que llevaba ventaja.

—Yo intenté salvar mi matrimonio —dice—, pero Ana me descuidó. Descuidó su hogar, su familia y a ella misma. Siempre estaba cansada, siempre ocupada consigo misma. Me sentí abandonado. Y mirela juez, mire como terminó, con sobrepeso y sin cuidarse, ¿Qué más podía hace?

Lo miro, incrédula y avergonzada. Siento los ojos de todos puestos en mi, evaluando mi físico, mi cuerpo y juzgandome cuando no saben nada.

Porque él miente, nunca lo descuidé. Jamás.

¿Abandonado? estoy alucinando con todo esto y para mi tortura esto solo empeora.

Lo escucho inventar viajes que nunca hice, ausencias que no existieron, una versión egoísta de mí que no reconozco. 

—¡Señoria eso es mentira!—digo sin poder conterme.

—¡Silencio! Abogado, controle a su clienta o será acusada de desacato.

No lo puedo creer, mi exesposo sigue hablando y veo como el juez asiente. El abogado sonríe, satisfecho.

Entonces lo entiendo, algo se instala en mi pecho y las lágrimas queman detrás de mis ojos cuando me doy cuenta que solo vine a hacer el rídiculo.

Todo está arreglado. El fallo llega rápido, seco, como una sentencia ya escrita desde antes.

Culpable del fracaso del matrimonio por descuido conyugal.

Pierdo la casa.

El auto.

Mis pertenencias.

Mi estabilidad.

A cambio, me dan una compensación económica mínima. Humillante. Un número ridículo impreso en un papel oficial, como si mi vida pudiera reducirse a eso. Al salir del juzgado, el aire me golpea el rostro y el peso de todo lo que he perdido no se compara con el dolor de lo que tengo enfrente.

Él está allí. Y no está solo.

A su lado hay una mujer joven, delgada, perfecta. Todo lo opuesto a lo que soy yo.

Demasiado arreglada para ser casualidad. Demasiado cómoda para alguien que ya ocupa un lugar que fue mío.

Él me mira de arriba abajo y sonríe. Ella también sonríe, o no, más bien se ríe porque ahora mismo yo soy la burla.

Siento algo romperse dentro de mi pecho.

No lloro.

Camino hasta el auto de Melanie con la cabeza en alto, aunque por dentro esté hecha pedazos.—Vamos a encontrar una solución —me dice, ya sentada al volante, intentando sonar segura—. Esto no se va a quedar así.

Miro por la ventana. La vergüenza me quema la piel. La rabia me aprieta la garganta. Y la injusticia… la injusticia me deja sin aire.

—No —respondo al fin—. No voy a pelear más.

Melanie gira hacia mí, alarmada.

—¿Entonces qué vas a hacer?

Cierro los ojos un segundo. Pienso en todo lo que cedí. En mi cuerpo. En mis sueños. En todas las veces que intenté ser suficiente para un hombre que nunca me quiso completa.

Cuando los abro, ya lo sé.

—Voy a ir a casa —le digo—. Voy a hacer mis maletas… y me voy de aquí.

—¿Irte? ¿A dónde?

La miro. Por primera vez en mucho tiempo, no siento miedo. Siento decisión.

—Ha empezar de nuevo, y esta vez no dejaré que ningún hombre me utilice.

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