Mundo ficciónIniciar sesiónGael
Todo en este pueblo es demasiado pequeño.
El restaurante, por ejemplo. Mesas demasiado juntas, sillas que crujen al moverse, gente que se conoce por el nombre y no tiene ningún reparo en mirarte como si fueras una anomalía caída del cielo. No hay música fuerte que disimule conversaciones ni luces que escondan rostros. Aquí todo se ve. Todo se escucha.
Y yo no pertenezco a lugares así.
Entro detrás de Anabell y lo primero que noto es cómo su cuerpo se tensa apenas cruza la puerta. No lo dice, no lo verbaliza, pero lo siento. Camina distinto. Más rígida. Como si cada paso le recordara algo que preferiría olvidar.
—¿Quieres algo de beber? —le pregunto, más por cumplir el papel que por cortesía.
Asiente demasiado rápido.
—Yo voy —dice—. A la barra.
Y prácticamente huye.
La observo alejarse entre las mesas, lleva un vestido verde olivo con bolados que acentúa mucho más su cintura marcad y resalta su cabellera rojiza. Y entonces caigo en cuenta que la estoy viendo fijamente y ,me sorprendo, pues no es atracción y mucho menos. Es… atención. Algo que no esperaba sentir.
Me quedo solo.
Error.
Las miradas empiezan casi de inmediato. Disimuladas, curiosas, insistentes. No necesito ver teléfonos levantados para saber que ya hay gente preguntándose qué demonios hago aquí. En un restaurante de pueblo. Sin cámaras. Sin seguridad. Sin una mujer delgada colgada del brazo.
Aprieto la mandíbula.
Esto es exactamente lo que John quería. Aparición espontánea. Cercana. Creíble.
Pero aun así, me incomoda.
Miro hacia la barra. Anabell no vuelve. Pasa un minuto. Luego otro. Empiezo a notar cómo algunos cuchichean. No por mí. Por ella.
Me levanto.
Digo que voy al baño, pero en realidad rodeo el salón con calma fingida. No me siento incómodo en mi cuerpo —nunca lo he estado—, pero aquí mi tamaño se vuelve evidente. La gente se abre apenas paso, me observa con descaro, algunos con reconocimiento contenido.
Entonces la veo.
Está de espaldas a mí, en la barra. Y frente a ella hay una mujer inclinada demasiado cerca. La postura, el tono, la forma en que invade su espacio… todo en esa escena me eriza la piel.
No me acerco aún. Escucho.
—¿Divorciada? —dice la mujer, con una falsa suavidad que reconozco de inmediato—. Ay, Ana… no debiste hacer eso.
El tono despectivo me golpea.
Anabell no responde de inmediato. Baja la mirada. Se encoge. Y eso… eso no encaja con la mujer que me gritó en el estudio, que me enfrentó sin pestañear cuando le hablé del contrato.
Frunzo el ceño.
—Vamos —continúa la otra—, con todo respeto… ¿quién crees que va a quererte ahora?
La frase me atraviesa como un puñetazo seco.
Me detengo a medio metro. No intervengo aún. No sé por qué. Tal vez porque espero que Anabell reaccione. Que saque esa lengua afilada que sé que tiene. Que la mande al demonio.
Pero no lo hace.
—Tenías que haber aguantado —añade la mujer—. Aprovechar mientras pudiste.
Hija de puta.
La palabra me cruza la mente sin filtro. Y en ese segundo lo entiendo: Anabell no está discutiendo. Está sobreviviendo. Está otra vez en ese lugar donde no se defiende porque defenderse nunca sirvió de nada.
No escucho más.
Me acerco.
Pongo la mano en su cintura antes de pensar si debería hacerlo. El contacto es firme, protector. Instintivo. Siento cómo se tensa bajo mi palma y me apresuro a hablar antes de que se aparte.
—Cariño —digo, grave—, ¿por qué tardas tanto? Te estoy esperando.
Ella se queda rígida un segundo. Luego levanta la mirada y me encuentra. Sus ojos se abren apenas. Sorpresa. Confusión. Y algo más… alivio.
Le guiño un ojo, mínimo. Solo para ella.
La mujer frente a nosotros se queda pálida.
—Eres… —balbucea—. ¿Eres Gael Thompson?
La miro sin sonrisa.
—Sí —respondo—. ¿Y tú eres…?
Silencio.
Ella nos mira a los dos. A Anabell. A mí. Como si su cerebro intentara encajar una imagen imposible.
—¿Qué haces… con ella? —pregunta al final, con una mueca de incredulidad.
Siento la furia subir lenta, pesada.
Afirmo un poco más la mano en la cintura de Anabell.
—Es mi novia —digo—. Y ahora, si no te molesta, nos estás interrumpiendo.
No le doy tiempo a responder. Giro y me llevo a Anabell conmigo, directo a la mesa. No la suelto hasta que estamos sentados. No porque haga falta. Porque quiero que sienta que no está sola.
Ella no habla.
Se queda mirando el mantel. Sus mejillas están encendidas. Las manos apretadas una contra la otra.
—Gracias —susurra.
La observo un segundo largo.
—¿Qué demonios fue eso? —pregunto.
Levanta la vista despacio.
—Karen —dice—. Del instituto.
—No pregunté quién era. Pregunté qué pasó.
Se retuerce los dedos.
—Crecí aquí —responde—. Esta era la casa de mi padre. La gente… me conoce.
—Eso no explica por qué te habló así.
Aprieta los labios.
—Siempre ha sido así —dice—. Y supongo que… —se encoge— mi físico no ayuda.
La miro como si me hubiera hablado en otro idioma.
—¿Qué demonios pasa con tu físico?
Suspira, cansada.
—Gael, no juegues conmigo. Ya hablamos de esto. Sé cómo soy.
—No —digo—. Lo que sé es que dejaste que alguien te pisoteara.
Sus ojos se encienden.
—Claro que no.
—Sí lo hiciste.
—¡No! —su voz baja, pero firme—. Simplemente… no es tan sencillo como crees.
—Claro que lo es —respondo—. Así como no dudaste en mandarme a la m****a a mí.
Se queda callada.
—¿Por qué a ella no?
Traga saliva.
—¿Podemos… dejarlo así? —pide—. Solo… cenar.
La observo unos segundos más. Luego asiento.
—Está bien.
Comemos en silencio. Fingimos sonrisas cuando notamos cámaras. Justo como estaba planeado. Pero algo se siente distinto.
Al volver a la casa, el cansancio se instala pesado.
—¿Estás instalada? —le pregunto.
—Sí. Gracias.
Hace una pausa.
—Voy a salir un momento —añade—. A ver carteles de vacantes.
Frunzo el ceño.
—¿Vacantes?
—Sí. Necesito un trabajo.
—No —respondo.
Se gira, incrédula.
—¿Cómo que no?
—Eso no puede pasar.
—Gael —dice, exasperada—, no todo el mundo puede vivir del aire. Necesito trabajar.
—No si vas a hacerte pasar por mi novia.
—¿Perdón?
—¿Qué clase de trabajo piensas buscar?
—Lo que salga —responde—. Camarera, si hace falta.
—Ni hablar. Entonces habrá que modificar el contrato —digo, con la voz baja, controlada.
Anabell se gira despacio.
No parece asustada.
Parece cansada.
—¿Modificarlo cómo? —pregunta.
—No puedes buscar trabajo —respondo—. No mientras dure esto.
Por un segundo no dice nada. Me observa como si estuviera midiendo algo. No a mí. A la situación.
Luego sonríe.
Pero no es una sonrisa amable.
—No.
La palabra cae seca.
—¿Cómo que no?
—Como que no —repite—. El contrato dice que fingimos ser novios. No dice que renuncio a mi vida.
Aprieto la quijada.
—Esto nos expone.
—No —corrige—. Te expone a ti.
Silencio.
—No voy a volver a depender de nadie —continúa—. Ya lo hice una vez. Y casi me destruye.
Hay algo en su voz que no había escuchado antes. No rabia. No miedo. Decisión.
—Si quieres una novia decorativa —dice—, búscala en otro lado.
Da media vuelta.
—Anabell.
No se detiene.
Camina hacia la puerta, toma su abrigo y se lo pone con movimientos firmes, como si cada gesto fuera una declaración.
—El trato sigue en pie —dice sin mirarme—. Pero no voy a permitir que controles el resto de mi vida.
Abre la puerta.
—Buenas noches, Gael.
Y se va.
Tarde pero seguro!!! aquí lo tienen







