Mundo de ficçãoIniciar sessão
Anabell
Es mi aniversario. Hoy estoy cumpliendo siete años de casada y quiero hacer algo memorable para Marcelo.
Pues si bien las cosas no están en su mejor momento debido a su trabajo, que lo tiene todo el día ocupado o de viaje, quiero darle algo para que siempre me tenga presente.
Me recuerde. Y tengo en mente el regalo perfecto, es por eso que me vine hasta la Lakewoods Falls, el pequeño pueblo a unas horas de la ciudad en dónde crecí, le dije a Marcelo que pasaría la noche con mi mejor amiga Melany, y gracias Dios no puse objeción.
Me bajo del taxi con la emoción bullendo dentro de mi y la nostalgia llenando mi pecho, esta es la casa de mi infancia.
Todos los buenos recuerdos que me quedan de papá están aquí. Incluido el reloj de oro hecho a medido que pienso darle a Marcelo.
Aparco fuera de la casa y me bajo bullendo de emoción mientras subo las esc aleras del porche. Saco la llave del bolsillo interior de mi chaqueta. La introduzco en la cerradura.
No gira. La giro de nuevo.
Nada.
Frunzo el ceño y lo intento otra vez. Empujo un poco más fuerte. Vuelvo a girar.
—Vamos… —murmuro.
La cerradura no cede.
Intento con la otra llave. Luego con la primera otra vez. Empujo la puerta con el hombro, con la cadera, como si pudiera convencerla de abrirse a la fuerza.
Nada.
El nudo en mi pecho empieza a apretarse.
—No… no, no, no —susurro, mirando la cerradura como si me hubiera traicionado.
Me inclino, acerco el rostro, reviso. Es la misma puerta. La misma cerradura. Pero algo está distinto. El metal luce nuevo. Demasiado nuevo.
La frustración me sube por la garganta como una marea caliente. Me quito uno de los aretes —el único par decente que me quedó— y lo introduzco con torpeza, intentando forzar el mecanismo como vi alguna vez en una película.
—Genial, Anabell. Excelente idea —me digo—.Van a pensar que estoy chiflada o soy una ladrona.
—Si vas a robar una casa, al menos ten la inteligencia de hacerlo sin hacer tanto ruido.
La voz me cae encima como un balde de agua helada.
Me giro y entonces… quedo paralizada.
El hombre frente a mí es, sin exagerar, el más atractivo que he visto en mi vida y por alguna razón se me hace levemente familiar, pero estoy segura de que si lo hubiese conocido antes, lo reconocería.
Lo primero que veo es un pecho ancho cubierto por una camiseta oscura que se ajusta de manera obscenamente perfecta. Luego brazos fuertes, tensos, cruzados con evidente impaciencia. Subo la mirada despacio, demasiado despacio, hasta encontrarme con un rostro duro, de mandíbula marcada, barba de uno o dos días y unos ojos claros que me observan como si fuera una plaga.
—¿Perdón? —digo, enderezándome, el efecto de su abrumadora belleza desaparece por lo horrible de su actitud—. No estoy robando.
El fastidio y la rabia sigue siendo evidente en su cara, pero ahora el combo se completa cuando una ceja se le alza con burla.
—Claro que no. ¿Y el arete en la cerradura es decoración?
La forma condescendiente en que me habla, como si fuera estúpida me enoja mucho más que cualquier otra cosa.
Es que ¿Quién se ha creído que es este tipo?
Me ruborizo, furiosa.
—Puedo quitarme el arete si quiero, porque esta es mi casa. No entiendo que haces tú en mi porche.
Él me mira incrédulo por unos segundos en los que ninguno dice nada y cuando creo que se ira, lo que hace es que suelta una risa corta, incrédula.
—Oh si claro, y yo soy el lobo de caperucita. Por favor, no insulte m inteligencia. Eso dicen todos los que intentan entrar a mi casa sin permiso.
¿¡QUÉ!? Un momento, él ha dicho ¿SU CASA? Bueno luego la que está loca soy yo.
Esta vez es mi turno de reirme antes de dejar salir la rabia.
—¡No es su casa! —espeto—. Es mía. Siempre lo ha sido. Ahora FUERA.
Lo veo parpadear sorprendido, como si el echo de que alguien lo enfrente sea nuevo para él.
Pero bueno, es que ¿quién se cree que es?
Da un paso hacia mí y su presencia se vuelve abrumadora. Huele a frío, a algo limpio, masculino. Irritante.
—Escucha —dice, con voz baja y peligrosa—. Te voy a dar dos opciones. O te bajas de mi porche ahora mismo… o llamo a la policía.
Y dale con que es su casa…
—Llámela —respondo sin pensar—. Porque la que va a denunciarlo soy yo.
Eso parece sorprenderlo.
—¿Ah, sí?
—Sí —digo, sacando el celular con manos temblorosas—. Porque esta casa era de mi padre. Y ahora es mía.
Me observa durante unos segundos que se sienten eternos. Luego niega con la cabeza.
—Mala historia. Buen intento.
La rabia me explota en el pecho.
—¡No estoy mintiendo! —grito—. ¿Cree que me divertiría inventar esto?
Abro la galería de fotos con movimientos torpes y le extiendo el teléfono.
—Mire.
Fotos de mi padre y yo sentados en ese mismo porche. Sonriendo. Abrazados. Una navidad. Un verano.
El cambio en su expresión es mínimo, pero lo veo. Algo se mueve detrás de sus ojos.
—Bueno, esto será incómodo. Espera aquí —dice al fin.
—¿A dónde va?
No responde. Entra a la casa y cierra la puerta en mi cara.
Me quedo allí, helada, humillada, mirando la madera que debería haber sido mi refugio. El viento sopla más fuerte. El cielo empieza a oscurecerse.
—Genial —murmuro—. Simplemente… genial. Hay un loco invadiendo mi casa.
Pasan minutos. Diez. Quince.
Empiezo a temblar. El frío se me mete en los huesos, en los dedos, en el alma. Pienso en hoteles. En precios. En mi cuenta casi vacía. No tengo a dónde ir.
La puerta se abre de golpe cuando un trueno retumba sobre nosotros.
Él sale con unos papeles en la mano.
—Aquí —dice, tendiéndomelos—. La casa es mía.
Los tomo sin entender y entonces lo veo.
Contrato de compraventa.
La firma.
—Yo no firmé esto… No es valido, yo no… —susurro.
—No necesitabas hacerlo —responde—. Le diste poder legal al representante de la venta. La venta es válida. La casa es mía.
El mundo se me viene encima. No… no puede ser cierto.
Yo no le he dado poder a nadie.
Entonces un nombre viene a mi mente Marcelo…Pero no, él prácticamente ni conoce esta casa, nunca hablamos de vender.
—Miente… esto es falso, debe serlo. Él nunca.
—Mire, la verdad no tengo tiempo para tonterías, yo diría que usted iría a hablar con su apoderado, ahora adiós.
El cuerpo entero me tiembla cuando me subo de nuevo al auto, las dos horas en carretera me sirven para pensar. Debe ser un error, un estafador, voy a decirle a Marcelo que vengamos con la policía, hay que desalojarlo lo antes posible.
Llego a la casa un poco más calmada, y me sorprende ver el saco de Marcelo en la sala, pensé que hoy trabajaría hasta tarde.
Pero agradezco que esté en casa, asi podemos solucionar esto desde ya.
Subo las escaleras y cuando llego al rellano me quedo paralizada, porque desde la habitación principal se escuchan…. gemidos.
Con el corazón desbocado me acerco al picaporte y al abrir siento que el mundo bajo mis pies de tambalea, porque ahí, en mi casa, está el hombre que juró amarme, desnudo, con su secretaria.







