9. ¡¿Qué haces con ella?!

Anabell

No pasan ni dos horas desde que acepté el trato cuando la casa deja de sentirse como un refugio improvisado y empieza a parecerse a otra cosa.

Una que no me gusta.

Primero llega el auto.

Luego otro.

Después, gente.

Escucho voces que no reconozco, pasos firmes, risas educadas. El sonido de alguien acomodando papeles, de una puerta que se abre y se cierra con autoridad. Me quedo de pie en el pasillo, con la absurda sensación de haber perdido el control de mi propio cuerpo… y del espacio que piso.

Así que esto es.

Firmé un acuerdo y, con él, entraron desconocidos a mi vida.

Gael aparece a mi lado como si pudiera leerme la mente.

—Llegó la hora —dice, en voz baja.

—¿La hora de qué? —pregunto, aunque una parte de mí ya lo sabe.

—De hacerlo oficial.

Mi estómago se encoge.

—¿Ahora?

—Ahora —confirma—. Si vamos a fingir, no podemos titubear desde el principio.

Quiero decirle que no estoy lista.

Que necesito tiempo.

Que todo esto pasó demasiado rápido.

Pero no lo hago.

Porque ya firmé.

Porque necesito esa casa.

Porque necesito volver a empezar.

Entramos al estudio y ahí están: John, el abogado, una mujer elegante que supongo es parte del equipo. Todos se giran hacia mí con sonrisas medidas, profesionales.

—Anabell —dice John—. Gracias por venir.

Cómo si tuviera a dónde ir…

El papel frente a mí pesa más de lo que debería.

No por su grosor, sino por lo que significa.

Mis dedos recorren las líneas del contrato mientras el abogado de Gael explica cláusulas que suenan frías, técnicas, ajenas a la realidad que me está cayendo encima. Uso de imagen. Apariciones públicas limitadas. Confidencialidad absoluta. Penalizaciones. Todo parece escrito para protegerlo a él.

Siempre a él.

Gael está recostado en el respaldo del sillón, relajado, como si esto fuera un trámite más entre reuniones. John, su representante, revisa su celular cada pocos segundos, atento a cualquier notificación que pueda arruinar el plan incluso antes de empezar.

Yo me siento… fuera de lugar.

No por la habitación, ni por la casa.

Por la mesa.

Por estar sentada negociando mi vida con hombres que hablan de mí como si fuera una variable.

—¿Alguna duda? —pregunta el abogado, mirándome por encima de los lentes.

Tengo muchas. Pero solo digo una.

—Quiero agregar una condición. Aparte de las que ya estipulamos.

Gael levanta la vista, curioso.

—Adelante.

Trago saliva.

—Esto no incluye sexo.

El silencio cae como una losa.

John se aclara la garganta. El abogado levanta una ceja. Gael sonríe.

Una sonrisa lenta. Ladeada.

—Créeme, Anabell —dice—, no iba a ser un problema.

La frase me golpea más fuerte de lo que esperaba.

Porque sé que no lo dijo para herirme… y aun así lo hace.

Aprieto los labios.

—Quiero que quede por escrito.

—Por supuesto —dice el abogado, rápido—. Se añadirá como cláusula explícita.

Asiento, aunque una parte de mí se siente ridícula por tener que pedir algo tan básico.

—Está bien.

La pluma llega a mis manos.

Pienso en mi padre.

En la cochera.

En el reloj.

Firmo.

Cuando Gael firma después, ni siquiera mira el papel. Y ahí lo entiendo: para él esto es estrategia.

Para mí, es supervivencia.

Cuando dejo la pluma sobre la mesa, siento que algo se cierra.

O se abre.

Todavía no sé qué.

—Bien —dice John, levantándose—. Entonces empecemos.

—¿Empezar cómo? —pregunto cuando nos quedamos solos.

Gael se acerca al perchero y toma su chaqueta.

—Saliendo.

—¿Saliendo… a dónde?

—A donde haya gente —responde—. Sin alfombra roja. Sin cámaras oficiales. Algo normal.

Normal. La palabra me parece casi ofensiva.

—¿Hoy? —insisto.

—Hoy.

Mi corazón empieza a latir más rápido. Esto tiene que ser una broma y es que ¿Por qué demonios no me avisaron?

—No, no, no. Nadie dijo que empezariamos hoy, no estoy preparada ni arreglada, mucho menos…

—No te preocupes —dice, mirándome—. No vamos a hacer nada complejo, solo dejar que nos vean en… ¿El cine, tal vez? O podemos ir a comer algo, lo que sea, pero va a ser hoy. No quiero alargar más esta situación.

Sus palabras tienen efectos contradictorios, pues una parte se tranquiliza al saber que no será ninguna salida de alta sociedad, pero la otra no puede dejar de pensar en cómo dijo que no quería alargar esto… y solo puedo mirarme a mí misma para entender por qué.

Al final decide que el restaurante es más apto que el cine asi que aqui estamos.

El restaurante está lleno de voces conocidas.

No porque las reconozca de inmediato, sino porque mi cuerpo sí lo hace. Hay algo en la forma en que la gente se mueve aquí, en cómo se saludan por el nombre, en cómo se observan sin pudor, que me devuelve de golpe a la niña que fui.

La hija de Daniel Granger.

La gordita del pueblo.

La que vivía en la casa del porche azul.

—¿Quieres algo de beber? —me pregunta Gael.

Asiento demasiado rápido.

—Voy yo —digo—. A la barra.

Necesito un segundo lejos de las miradas, aunque sé que es una ilusión.

Camino hasta la barra sintiendo cada paso. Cada roce de mis muslos. Cada movimiento de mi cuerpo grande en un espacio que, de pronto, se siente demasiado pequeño.

Pido agua.

—Anabell… ¿eres tú?

El corazón se me hunde antes incluso de girarme. La reconozco apenas la veo.

Mismo cabello perfectamente alisado. Misma sonrisa afilada. Mismo brillo de curiosidad mal disimulada.

—Hola, Karen —respondo.

Nunca nos llevamos bien.

Ella siempre supo exactamente dónde clavar el comentario.

—¡Cuánto tiempo! —dice, recorriéndome de arriba abajo sin disimulo—. Estás… igual.

Igual.

La palabra pesa más que cualquier insulto.

—Volviste al pueblo —continúa—. Pensé que nunca lo harías. ¿Y Marcelo? ¿No vino contigo?

Aprieto la quijada.

—No —respondo—. Nos divorciamos.

Sus ojos se iluminan. No de tristeza. De interés.

—¿Divorciada? —repite—. Ay, Ana… no debiste hacer eso.

Trago saliva.

—¿Perdón?

—Vamos —dice, bajando la voz, como si me hiciera un favor—. Con todo respeto… ¿quién crees que va a quererte ahora?

La pregunta se me clava en el pecho.

—Tenías que haber aguantado —añade—. Aprovechar mientras pudiste.

Miro el vaso de agua como si pudiera salvarme.

Pienso en el juzgado.

En mi madre.

En Marcelo mirándome como si yo fuera el error.

Me siento pequeña.

Humillada.

Exactamente como juré no volver a sentirme.

—Karen, yo…

No llego a terminar la frase.

Una mano enorme se posa en mi cintura.

El contacto es firme. Seguro. Innegable.

—Cariño —dice una voz grave detrás de mí—, ¿por qué tardas tanto? Te estoy esperando.

Me congelo.

El cuerpo reacciona antes que la mente. Mi espalda se tensa. Mi respiración se desordena.

Karen se queda muda.

La veo levantar la vista lentamente. Su expresión pasa de suficiencia a incredulidad en segundos.

—Eres… —balbucea—. ¿Eres Gael Thompson?

Él no le sonríe.

—Sí —responde—. ¿Y tú eres..?

El silencio es brutal. Karen me mira. Luego a él. Luego a mí otra vez. No hay que ser brujo para adivinar que está pensando, pero aún asi ella decide exteriorizarlo y el pánico me llena.

—¿Qué haces… con ella? —pregunta, como si yo no estuviera ahí.

Siento la mano de Gael afirmarse un poco más en mi cintura.

—Es mi novia —dice, sin dudar—. Y ahora, si no te molesta, nos estás interrumpiendo.

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