5. ¡Eres tú!

Gael

Todo ha sido una m****a desde que todo se fue a la m****a.

No hay una forma elegante de decirlo. No hay metáfora que lo maquille ni frase inspiradora que lo haga sonar menos patético. Las cosas empezaron a torcerse después de eso —no pienso nombrarlo, no ahora— y desde entonces no han hecho más que ir en picada. Lento. Silencioso. Como una grieta que se abre bajo tus pies y solo te das cuenta cuando ya estás cayendo.

Este lugar se suponía que iba a ser un paréntesis.

Un refugio.

Un punto muerto en el mapa donde nadie hace preguntas.Compré esta casa por eso.

Porque está lejos. Porque no importa. Porque aquí puedo olvidar por un momento todo lo que he perdido.

Estoy en la cocina, apoyado contra la encimera, con una taza de café frío entre las manos. Ni siquiera recuerdo haberlo preparado. Afuera el cielo sigue gris, cargado, como si el pueblo entero contuviera la respiración. El silencio aquí es espeso, incómodo. No el silencio que calma, sino el que presagia problemas.

Hay una extraña durmiendo en una de las habitaciones. Una mujer que se desmayó en mi porche como un saco de papas.

Aprieto la mandíbula.

No me gusta esto. No me gusta nada.

No me gusta tener gente en mi casa. Mucho menos gente que no invité. Muchísimo menos gente que llegó cargando problemas que no son míos y decidió desplomarse justo frente a mi puerta.

No debería haberla traído. Joder se supone que tengo que estar solo y pasar desapercibido y todo eso es porque estoy huyendo.

Huyo de la prensa, de las preguntas que no quiero responder, de un problema que no tiene nombre en voz alta pero que me sigue como una sombra. Huyo de mí mismo, si soy honesto. Y aun así, cometí el error de abrir la puerta anoche y dejarla entrar.

No me reconoció. Eso fue lo primero que me descolocó.

No hubo ese segundo incómodo en el que la gente abre los ojos, ese microgesto de sorpresa, ese intento torpe por fingir normalidad. Nada. Me miró como se mira a un extraño cualquiera. O es muy buena actriz… o realmente no tenía idea de quién era yo.

Y eso, en vez de tranquilizarme, me inquietó más.

Y aún asi me digo que hice lo correcto. Que no podía dejarla tirada bajo la lluvia. Que no soy un monstruo.

Pero también sé esto: desde que la crucé por el umbral, algo se desacomodó. Como si este refugio que construí a base de control, silencio y distancia hubiera desarrollado una grieta.

Y las grietas siempre crecen.

Escucho un ruido.

Es leve. Apenas perceptible. El sonido de unos pasos torpes, de algo moviéndose donde no debería. Mi cuerpo se tensa de inmediato. Dejo la taza sobre la encimera sin hacer ruido y avanzo por el pasillo.

No debería andar con cuidado. Es mi casa.

La pagué.

La sangré. Cuando llego a la sala, la veo.

Está de pie frente al mueble bajo, con el cabello aún húmedo cayéndole por la espalda, envuelta en una de mis camisas como si no tuviera derecho a estar ahí… y sosteniendo la foto entre los dedos.

Mi foto.

La única.

—No toques eso —digo.

Mi voz sale más dura de lo que pretendía. Más baja. Más peligrosa.

Ella se sobresalta. Da un pequeño salto y gira hacia mí, como si no me hubiera escuchado llegar. Sus ojos se abren, sorprendidos, y por un segundo parece que va a disculparse… hasta que algo cambia en su expresión.

No miedo.

No culpa.

Confusión.

—Lo siento —dice al fin, bajando la foto con cuidado—. No sabía que…

Se queda callada.

La observo con atención ahora. Como no lo hice antes. Es una mujer grande. No alta, pero sí sólida. Curvas evidentes, presencia. No intenta esconderse ni hacerse pequeña, aunque hay algo en sus hombros, una ligera tensión, como si estuviera acostumbrada a ocupar espacio y a ser juzgada por ello.

Y entonces lo noto.

La forma en que me mira. Ella acaba de darse cuenta de quién soy, y eso confirma mis sospechas de que antes no tenía ni idea.

Es eso o es una excelente actriz que solo busca quitarme la casa o sacarme o sacarme dinero. Sea como sea se está metiendo en donde no la llaman.

—No mires mis cosas —le digo—. No estás invitada.

Aprieta los labios.

—No estaba… husmeando —responde—. Solo… estaba ahí.

—Me importa una m****a —replico—. No toques lo que no es tuyo.

Algo se enciende en sus ojos.

—¿Tuyo? —repite—. Hasta hace unas semanas, todo esto era mío.

Ahí es cuando exploto.

—¡Ya basta! —digo, dando un paso hacia ella—. Compré esta casa legalmente. No soy responsable de los problemas de tu matrimonio, ni de tus malas decisiones, ni de nada de esta maldita historia.

El silencio cae entre nosotros como una losa. La veo encogerse de miedo, solo un poco, pero es suficiente para notarlo. Como si mis palabras le hubieran dado justo donde ya estaba rota.

Y aun así, no me disculpo. No puedo, ella no sabe nada de mí. No sabe lo que yo perdí.

No sabe por qué estoy aquí.

—¿Dónde están las cosas de mi padre? —pregunta de pronto.

Parpadeo. Y ahora de que mierd4 está hablando.

—¿Qué?

—Las cosas de él —repite, más bajo—. Sus relojes. Sus libros. Sus… recuerdos. No las botó, ¿verdad?

Su voz tiembla. Apenas. Pero lo suficiente.

Maldición. Exhalo despacio.

—Están en la cochera —digo—. No he decidido qué hacer con ellas. Iba a donarlas.

La veo tragar saliva.

—Son lo único que me queda de él —dice—. ¿Puedo… puedo verlas?

No quiero decir que sí.

No quiero involucrarme más.

Pero algo en su expresión —en esa mezcla de orgullo y súplica— me incomoda.

—Haz lo que quieras —respondo—. No me interesa.

Asiente. Da un par de pasos… y se detiene.

Se gira hacia mí, roja hasta las orejas.

—¿Qué pasa ahora? —pregunto, impaciente.

—Estoy… mojada —dice.

¿QUÉ?

Frunzo el ceño.

—¿Cómo?

—La ropa —aclara rápido y yo siento que la sangre vuelve a circular por mi cuepo—. Salí bajo la lluvia. Está empapada. ¿Tiene… algo que pueda prestarme?

La observo entonces. De verdad.

Mi camisa le cuelga del cuerpo, holgada incluso sobre sus curvas. En alguien como yo, esa prenda es ajustada. En ella se pierde. Y aun así… no se ve ridícula. No se ve incómoda. Ocupa espacio sin disculparse por ello.

Me aclaro la garganta.

—Espera en la habitación —digo—. Ya te llevo algo.

Busco entre mis cosas y saco una camiseta vieja de hockey y un pantalón de chándal. Mido casi un metro noventa y cinco; dudo que el pantalón le sirva, pero la camisa…

Cuando se la entrego, no dice nada. Solo asiente.

Mientras tanto, preparo lo único que sé hacer sin quemar la casa: pan, mermelada, crema de maní.

Escucho pasos detrás de mí.

—¿Eso es lo que cenas? —dice su voz—. ¿Eso?

Me giro.

Está solo con la camisa puesta.

Mi camisa.

Me recorre una incomodidad extraña.

—El pantalón era enorme… incluso para mi —explica—. No encontré con qué sujetarlo.

Asiento, seco.

—No hay problema.

Pasa a mi lado.

—Si quieres, puedo cocinar algo —ofrece—. No tengo problema.

—No hace falta —respondo—. Pedimos algo.

Pedimos pizza.

Cuando el repartidor llega y abre la puerta, lo veo en su cara. El reconocimiento. La sorpresa. La emoción.

—¿Eres tú…?

—Cierra la boca —le digo.

Desde atrás, la voz de ella:

—¿Pongo la mesa?

El chico nos mira. A ella, a mí. Me puedo dar cuenta de la locura que pasa por su mente y no tengo tiempo para estupideces. Cierro la puerta.

Comemos en silencio, tenso, incómodo. Ella me lanza miradas de reojo cuando cree que no la veo y yo la miro sin disimulo alguno porque bueno, es mi put4 casa y puedo mirar a donde quiera.

Además, creo que me divierte incomodarla, luego de todo lo que me ha hecho pasar en menos de 24 horas, se lo merece un poco.

Hasta que mi celular empieza a vibrar sin parar. Lo miro.

Titulares. Mensajes. Fotos.

“Gael Thompson tiene un nuevo amor.”

La imagen muestra mi casa. Mi mesa. A ella.

Todo se va a la m****a.

Otra vez.

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