Mundo ficciónIniciar sesiónFrancesco Mozzi, un joven y prometedor piloto de Fórmula 1 de nacionalidad italiana, tiene una sola meta en la vida: convertirse en campeón del mundo. Para lograrlo, sabe que debe mantenerse enfocado en la pista y alejado de cualquier escándalo mediático que pueda arruinar su imagen. Solo así podrá asegurarse un contrato con la escudería más importante del campeonato. Pero todo se desmorona cuando un video suyo junto a una de las modelos más famosas del momento se vuelve viral, provocando un escándalo que amenaza con destruir su reputación. Con la presión de mantenerse en la cima y la atención del mundo sobre cada uno de sus errores, Francesco comienza a fallar. Sus sueños, una vez tan cerca, ahora parecen escaparse de sus manos. Desesperado por recuperar el control de su vida y su carrera, recurre a su mejor amiga, Sofía Conte. Ingeniera en diseño automotriz, brillante y leal, Sofía siempre ha estado a su lado, dentro y fuera del paddock. Pero ahora, ambos deciden dar un paso más allá: harán creer al mundo que Francesco ha sentado cabeza y está construyendo un futuro estable a su lado. Lo que comienza como una estrategia para salvar su carrera, podría convertirse en algo que ninguno de los dos había previsto.
Leer más«Abel se casó contigo solo por venganza»
Aquella frase retumbaba en la mente de María Luisa Duque. Caminaba en medio de los grandes árboles que rodeaban su hacienda: La Momposina, percibiendo su corazón destrozado en miles de pedazos.
Gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, de un momento a otro, su mundo se derrumbó con aquel terrible descubrimiento. A sus veintidós años, creía tener una vida perfecta, sin más preocupaciones que colaborar con sus padres en los negocios familiares. Había crecido, llena de lujos, comodidades, y sobre todo mucho amor; pero lo que ahora estaba viviendo, parecía una pesadilla. Se detuvo y se aferró al tronco de un árbol, sintiendo que todo daba vueltas a su alrededor.
—Ahora lo comprendo todo —susurró apretando los ojos—, la roya en los cafetales de mi hacienda, el daño de las máquinas en la fábrica, todos los intentos por dañar la imagen de mi familia —resopló—, estabas detrás de eso Abel. ¿Por qué? —se cuestionó percibiendo en su pecho un profundo dolor.
—Fui sincera contigo, te amé sin condiciones, desde que te vi me enamoré, como jamás antes lo había hecho —musitó temblando abrazándose así misma, mientras rompía en llanto—, me mentiste, ahora entiendo tu frialdad después de la boda, las pocas veces que hicimos el amor, todas las noches que no llegabas a casa a dormir, tus coqueteos con la estúpida de Leticia —gruñó—, pero no más Abel Zapata, en este momento me vas a confesar en la cara todo lo que hiciste —rugió sintiendo su respiración agitada.
Antes de enfrentar a su marido, se dejó caer sobre el pasto, se abrazó a sus piernas y desahogó todo su llanto.
—No me vas a vencer —repetía abrazada a sus rodillas, balanceándose—, voy a lograr que los negocios de mi familia, vuelvan a ser los de antes, no nos vas a derrotar, tu odio, no será más poderoso —sentenció.
****
Abel desde el vidrio de la camioneta observaba la vegetación de aquella carretera. Iba acompañado de su mejor amigo Eduardo. A sus treinta y dos años, ambos habían fundado la constructora: Zapata y Asociados.
Viajaban sin decirse nada. Tan solo la melodía: «Quien by Pablo Alborán» acompañaba la travesía.
«De tu corazón con mi corazón. De mis manos temblorosas arañando el colchón. Quién va a quererme soportar, y entender mi mal humor. Si te digo la verdad no quiero verme solo»
Aquel verso de la canción se coló en las fibras más íntimas del corazón de Abel, liberó un largo suspiro, pensando en su esposa.
—¿Por qué tan distraído? —cuestionó Eduardo, girando levemente para verlo.
Abel traía el cabello enmarañado, el semblante descompuesto.
—Malú me ha dejado, y se ha regresado a la Momposina —explicó con la voz temblorosa, percibiendo su pecho arder—, la extraño, tanto —aseveró.
Eduardo elevó una de sus cejas.
—¿Por qué se ha ido? —indagó el hombre de cabello castaño y ojos azules.
Abel deslizó sus dedos por sus espesos mechones.
—Se ha cansado de mí, de mi frialdad, de mi falta de atención —explicó resoplando.
—Te dije que esa absurda venganza, te arrastraría a ti también —declaró Eduardo enfocando su mirada en la carretera.
Abel ladeó la cabeza.
—¡No quiero perderla! —exclamó percibiendo el temblor de su corazón—. La amo, demasiado.
—Entonces ve y dile la verdad, habla con ella, confiésale todo, espero te entienda. —Frunció los labios.
Abel se quedó pensativo, un escalofrío le recorrió la medula espinal.
«¿Será Malú capaz de perdonarme?» se cuestionó mentalmente, sintiendo como su piel se erizaba del temor de perderla para siempre.
Luego de revisar el estado de aquella carretera, en la cual pensaban dar mantenimiento, regresó a su oficina.
Deambulaba de un lugar a otro, caminando por la oficina. Su oscura y profunda mirada se reflejó en uno de los espejos, varios mechones de su espesa cabellera negra caían por su frente.
Su corazón retumbaba con violencia, durante meses se había debatido entre el amor y el odio, pero lo que verdaderamente sentía por María Luisa, su esposa, rebasaba su resentimiento.
—Voy a confesarte toda la verdad, no puedo seguir así —susurró—, cada vez que te lastimo, se me parte el alma —murmuró y la barbilla le tembló—. No soporto ver tu cara triste, ni tu mirada llena de melancolía, quiero que vuelvas a ser la chica irreverente de quién me enamoré —expuso mientras entrelazaba sus manos con nerviosismo.
Abel se sentó en un mullido sillón.
—Solo espero que puedas entenderme, y no termines odiándome, no lo soportaría, mi vida sin ti, no tiene sentido. —Una lágrima solitaria rodó por sus mejillas. Percibía una opresión en el pecho que no lo dejaba tranquilo.
Abel ansiaba hablar con la verdad, sin imaginar que alguien de su absoluta confianza se le había adelantado.
****
María Luisa llegó a casa y lo primero que hizo fue subir en zancadas las escaleras, y entrar a su alcoba, empezó a sacar todas las cosas de su esposo, buscando las pruebas de su engaño.
Entre una de las gavetas, encontró un antiguo cofre de madera, estaba con candado, pero se dio los modos de romper aquella seguridad.
Su azulada mirada se llenó de horror al ver lo que encontró ahí. Fotografías de Abel con aquella mujer que tanto año le había hecho a su familia, el corazón de Malú terminó por romperse, no había dudas, él y esa mujer orquestaron todo.
Luego encontró una carta, la abrió y leyó:
“Abel mi niño, jamás olvides la promesa que me hiciste, haz justicia, recupera la hacienda la Momposina, destruye a esa familia, solo así podré descansar en paz”
Malú apretó aquella hoja con fuerza.
—¡Esta mujer! —balbuceó enfocando sus azules en ojos en esa imagen. —¡Es ella! ¡Lo que hizo casi destruyó a mi familia una vez! ¡Y casi destruye a mi padre! ¡Y ahora viene a destruirme! ¡Ella estaba confabulada con Abel, Abel con ella, Abel era su sabueso... ¡No!
A Malú le dolía tanto el corazón que no podía respirar, el hombre con el que había compartido su cama, el hombre que había dicho que la amaba, en realidad la había conspirado con otra mujer, ¡durante todos esos años!
—¿Por qué tanto odio? —bramó sin poder contener el llanto—. Fuiste tú m@ldita bruja la que arruinaste la vida de todos, ojalá estés ardiendo en el infierno —musitó apretando la mandíbula.
En eso el fuerte azotón de la puerta de la casa la sobresaltó. Abel había llegado, y era el momento de encararlo y terminar de descubrir aquella dolorosa verdad.
***
Abel parpadeó inhaló aquel aroma a gardenias tan característico de su mujer. De pronto su vista se clavó en el bolso de ella, el corazón le bramó.
—Malú, cariño —gritó con suavidad. —¿Has vuelto? ¿Estás en casa? —indagó, empezó a subir las escaleras, guardando una leve esperanza en su interior.
Ella no respondió nada, pero a medida que escuchaba los pasos de él, subiendo por las escaleras, el corazón le rugía con fuerza.
Cuando Abel entró a la alcoba, la sangre se le congeló. Observó todo aquel desastre, la mirada acuosa de su mujer, lo alertó. El semblante de ella, era distinto, estaba pálida, sus azules ojos se veían apagados, rojos, su castaño cabello estaba enmarañado.
—¿Qué ha pasado aquí? —indagó Abel con la voz temblorosa.
Malú le dio un vistazo. Abel notó que ella lo veía con decepción.
—¿No se nota? —rugió. —¿Qué secretos, ocultas?
***
Queridos lectores empezamos un nuevo libro, y espero lo disfruten y dejen sus comentarios y reseñas.
Debo advertirles que este libro tendrá escenas eróticas, si son sensibles a ese tipo de contenido, quedan advertidas, aunque no será explícito.
Esta historia forma parte de la Saga familia Duque, pero no necesitan leer ningún libro anterior para entender este. Así que bienvenidas.
[FRANCESCO]Veinte años después.Hay un tipo de ruido que nunca se olvida.No es el rugido del motor —aunque ese también se te queda pegado a los huesos—, sino el silencio que lo antecede. Ese segundo exacto antes de que un coche salga del box y el mundo entero contenga el aire. Lo aprendí joven, lo viví mil veces, y aun así hoy me atraviesa distinto.Porque hoy no soy yo el que va a correr.Hoy, por primera vez, es Giuliano.Lo veo desde el muro, con el casco bajo el brazo, el mono impecable, el cuerpo alto y tenso de quien lleva la herencia en la sangre y la presión en la espalda. Tiene mi mandíbula cuando aprieta los dientes. Tiene los ojos de Sofía cuando decide algo y no hay manera de moverlo.Y yo… yo tengo las manos heladas.Me río por dentro, casi con vergüenza. Soy Francesco Mozzi. Gané carreras que parecían imposibles, sobreviví al circo, a la prensa, a la caída, a la resurrección pública. Pero ver a mi hijo ponerse el casco para su primer Gran Premio… eso me deja más vulner
[FRANCESCO]El 5 de agosto amanece con una calma que no conozco. No es silencio. Es otra cosa. Una quietud que se posa sobre la Toscana como si el mundo hubiese decidido bajar la voz solo para nosotros. La luz entra despacio por las ventanas de la casa antigua donde me preparo, dibujando sombras tibias sobre la piedra, marcando el polvo suspendido como si fueran pequeños latidos en el aire.Respiro hondo. Por primera vez en mi vida, no tengo prisa.Me visto sin apuro. Demasiado despacio para alguien que pasó años persiguiendo décimas, midiendo su valor en segundos. El traje cuelga frente a mí, perfecto, pero no es lo que me pesa. Lo que me pesa —y me sostiene— está a unos metros de distancia, caminando hacia mí sin saberlo todavía.Escucho voces afuera. Risas suaves. Pasos sobre la grava. Reconozco los sonidos de mi familia: mi madre, Alessandra, organizándolo todo con esa autoridad amorosa que siempre tuvo; mi padre, Carlo, más callado que nunca; Tommaso, recorrdandome que tenerlo co
[SOFÍA]Varias semanas después: 4 de agostoEl tiempo, cuando una está enamorada y asustada a la vez, deja de avanzar en línea recta. Se vuelve una sucesión de momentos intensos, de aeropuertos que se confunden, de domingos que pesan más que otros, de noches en hoteles donde el mundo entero parece quedar lejos… y al mismo tiempo demasiado cerca.Desde mayo hasta el parate de verano, la temporada fue un vértigo.Miami llegó envuelta en calor y exceso. Luces, ruido, titulares que ya no hablaban solo de carreras. Francesco estuvo sólido, concentrado, feroz cuando debía serlo. Yo lo miré desde el muro, con una mano siempre cerca del vientre y la otra sobre la tablet, aprendiendo a medir mis fuerzas como nunca antes. El resultado fue bueno. No perfecto. Pero firme. Como nosotros.Luego vino Europa, con su ritmo implacable.Barcelona fue dura. El calor, la degradación, una estrategia que no terminó de cerrarse. Francesco llegó a puntos importantes, pero bajó del coche frustrado. Esa noche n
[SOFÍA]MonacoMayo llega sin pedir permiso, con esa sensación extraña de calendario apretado y corazón en expansión. El mundo sigue corriendo —siempre corre—, pero yo empiezo a medir el tiempo de otra manera: en semanas, en latidos, en respiraciones que se acomodan.El consultorio es discreto, blanco, silencioso. Demasiado silencioso para alguien que vive entre motores. Francesco está a mi lado, con la mano firme sobre la mía, aunque intenta disimular la ansiedad mirando cualquier cosa menos la camilla. Yo, en cambio, no puedo dejar de observar la pantalla apagada frente a mí, como si supiera que ahí adentro está ocurriendo algo sagrado.—Doce semanas —dice la médica, revisando el informe—. Todo marcha perfecto.Doce.La palabra cae suave y pesada a la vez. Doce semanas de un secreto que dejó de serlo. Doce semanas de un cuerpo que aprendió a adaptarse. Doce semanas de miedo, ilusión, náuseas, risas nerviosas y noches en las que Francesco se despertó antes que yo para preguntarme si
[SOFÍA]El rugido de los motores vuelve a instalarse en mi pecho incluso antes de que el semáforo se apague. Es curioso cómo el cuerpo aprende a reconocer ciertos sonidos como advertencias. Este no es peligro. No es miedo. Es regreso. Regreso al mundo real: a los horarios estrictos, a las miradas curiosas, a los flashes que no preguntan si una está lista.La escapada a la Toscana ya empieza a sentirse como un sueño hermoso, de esos que se recuerdan primero con el cuerpo y recién después con la memoria. Pero hoy estamos aquí. Otra vez en un paddock. Otra vez con la adrenalina vibrando en el aire caliente del desierto.Y, aun así, todo es distinto.Bahréin despierta bajo un cielo limpio, sin nubes, con ese sol que no da tregua ni siquiera temprano. El asfalto ya empieza a irradiar calor, como si el circuito se preparara para la batalla desde antes que nosotros. A lo lejos, las tribunas brillan y el trazado se dibuja entre arena y acero.Camino junto a Francesco por el pit lane. Él avanz
[SOFÍA]El amanecer en la Toscana llega sin pedir permiso. La luz se filtra entre las cortinas de lino como un susurro tibio, deslizándose por las paredes de piedra, dibujando sombras suaves sobre la cama. No es una luz que despierte de golpe; es una que invita a quedarse un poco más.Abro los ojos y lo primero que siento es su respiración. Francesco está despierto. Lo sé por la forma en que su cuerpo está tenso, alerta, como si llevara rato mirándome. Su brazo rodea mi cintura con firmeza contenida, y su mano descansa en mi espalda baja, cálida, segura.—Buenos días… —murmura, con la voz todavía áspera de sueño.—Buenos —respondo, apenas.No hace falta más.Me acerco, buscando su boca, y el beso llega lento, profundo, cargado de todo lo que no dijimos anoche porque el cansancio nos ganó. Sus labios recorren los míos con una intención distinta: no hay urgencia, pero sí hambre. Una que arde despacio.Su mano sube, me atrae más cerca, como si necesitara sentir que sigo ahí, que no fue u
Último capítulo