Un Heredero por Contrato

Un Heredero por ContratoES

Romance
Última atualização: 2026-01-27
maarcoosjc04  Atualizado agora
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Índice

Elías Vázquez ha diseñado su vida como diseña sus edificios: líneas rectas, silencio absoluto y control total. A sus 42 años, este arquitecto de éxito tiene una obsesión: no desaparecer sin dejar rastro. Incapaz de sostener una relación emocional real, decide comprar lo único que le falta: un heredero. Para ello redacta un contrato blindado, paga una cifra obscena y elige a la candidata perfecta por sus métricas genéticas, no por su historia. Mara Durán es un error de cálculo en los planos de Elías. A los 27 años, Mara no busca un futuro, solo sobrevivir al presente. Acepta alquilar su vientre para saldar una deuda que la ahoga, convencida de que podrá mantener la distancia. Pero cuando el contrato exige que se mude al ático minimalista de Elías para una "supervisión constante", la teoría choca contra la biología. Mara trae ruido, desorden y olor a comida barata a un santuario de hormigón y cristal. Lo que empieza como una transacción fría se convierte en una convivencia asfixiante donde el dinero no puede comprar la asepsia emocional. A medida que el embarazo avanza, la barrera entre "empleador" y "empleada" se disuelve entre náuseas, visitas al médico y miedos compartidos. En Cuerpo extraño, el verdadero intruso no es el bebé que crece en el vientre de Mara, sino la intimidad que nace, inevitable y sucia, entre dos personas que solo querían firmar un papel y mirar para otro lado.

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Capítulo 1

LA MALETA ROSA

POV Elías

Lo primero que pensé cuando la vi cruzar el umbral no fue en mi futuro hijo, ni en el milagro de la vida, ni en ninguna de esas gilipolleces que ponen en los folletos de la clínica.

Lo primero que pensé fue que esa maleta iba a rayar el suelo. Y lo segundo, que ella era demasiado... ruidosa visualmente.

Era una maleta rígida, de un rosa chicle ofensivo, con una de las ruedas atascada. Mara la arrastraba sin levantarla, y el plástico duro chirriaba contra la pizarra negra del recibidor. Criiiic. Criiiic. El sonido se me metió en los dientes, pero no pude dejar de mirar cómo los tendones de su antebrazo se tensaban al tirar del peso muerto.

Me quedé quieto, con la mano en el pomo de la puerta abierta, aguantando las ganas de gritarle que parase. Debería haberle dicho que levantara ese trasto, que ese suelo costaba más que todo lo que ella llevaba puesto encima.

Pero no dije nada. Apreté la mandíbula y cerré la puerta. El clic de la cerradura sonó como una sentencia. Estábamos encerrados.

—Joder, qué vistas —dijo ella.

No me miraba a mí. Miraba el ventanal de seis metros que daba a la ciudad. Dejó la maleta en medio del pasillo (bloqueando el paso, rompiendo la simetría del hall) y caminó hacia el cristal.

Me quedé observándola desde atrás. Llevaba unos vaqueros gastados que se le ajustaban de una forma casi agresiva a las caderas y una camiseta de un grupo de rock descolorida. Llevaba unas zapatillas de deporte blancas, de esas abultadas, bastante sucias en la puntera. Contrastaba tanto con la pureza de mi salón que casi dolía mirarla. Era una mancha de tinta en una sábana blanca. Inevitable.

—Quítate los zapatos —dije.

Mi voz sonó más ronca de lo que pretendía. Retumbó en el hormigón, demasiado íntima para ser una orden.

Mara se giró despacio, pivotando sobre los talones. El movimiento hizo que su pelo alborotado le cayera sobre la cara. Tenía ojeras. No ojeras de haber salido de fiesta, sino esas sombras moradas de quien vive al límite. Se mordió una piel del labio inferior antes de contestar, y mis ojos, traicioneros, se clavaron en ese gesto.

—Hola a ti también, Elías.

El nombre en su boca sonó raro. Demasiado familiar. Espeso. Se suponía que yo era el "Señor Vázquez", o al menos eso me había prometido el abogado. Pero ahí estaba ella, invadiendo mi espacio vital, tuteándome con una insolencia que me erizó el vello de la nuca.

—Los zapatos —repetí, señalando el zapatero oculto en el panel de madera, intentando recuperar el control—. En esta casa no se entra con calzado de la calle. Es… antihigiénico.

Mentira. No era por higiene. Era porque no quería que la suciedad de su mundo tocara mi santuario. Y, quizás, porque quería verla obedecer.

Ella me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Tenía los ojos oscuros, inteligentes y burlones. Me escaneó de arriba abajo con la misma precisión clínica con la que yo reviso un plano.

Soltó un suspiro largo, teatral, y obedeció.

Se descalzó apoyándose en la pared (dejando seguramente una huella de grasa de la mano en el estuco veneciano). Primero un pie, luego el otro. Se quedó en calcetines. Uno de ellos tenía un agujero en el dedo gordo.

Miré ese agujero.

Miré la piel pálida de su dedo asomando por la tela rota.

Miré su vientre plano bajo la camiseta ancha, sabiendo lo que iba a ocurrir ahí dentro.

De repente, sentí un vértigo atroz. Un agujero en el estómago.

¿Qué he hecho?

Esa chica era un desastre. Era caos. Al pasar por mi lado, me llegó una bofetada de su olor: tabaco frío, desodorante dulce y algo más... cálido, humano, piel sudada por el viaje. Un olor que se me agarró a la garganta.

Yo acababa de firmar un papel para que su sangre y la mía se mezclaran. Iba a vivir aquí nueve meses. Nueve meses viendo ese agujero en el calcetín y oliendo ese perfume barato que, por alguna razón, hacía que me costara respirar.

—¿Dónde duermo? —preguntó, rompiendo la tensión estática del momento.

—Al final del pasillo. La puerta corredera.

—¿Esa? —Señaló con la cabeza—. Parece la entrada a una nevera.

—Es minimalismo.

—Es gris —corrigió ella, agarrando de nuevo la maleta rosa. Me miró una última vez por encima del hombro, con esa media sonrisa torcida—. Como tú.

Volvió a arrastrar la maleta. Criiiic. Otra vez el chirrido. Esta vez lo hizo a propósito, estoy seguro. Me quedé allí parado, clavado en la entrada, escuchando cómo las ruedas —y ella— se alejaban hacia la habitación de invitados.

Me miré las manos. Me temblaban ligeramente. Y no era de rabia. O no solo de rabia.

Fui a la cocina, abrí el grifo de agua filtrada y bebí dos vasos seguidos sin respirar, intentando ahogar la sensación de invasión. El silencio de la casa, mi precioso silencio, se había roto.

Fui al recibidor, me agaché y pasé el dedo por el suelo, justo por donde había pasado la maleta. No había marca.

Pero cuando acerqué la mano a la pared donde ella se había apoyado, juraría que el estuco todavía guardaba su calor.

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