Mundo de ficçãoIniciar sessãoElías Vázquez ha diseñado su vida como diseña sus edificios: líneas rectas, silencio absoluto y control total. A sus 42 años, este arquitecto de éxito tiene una obsesión: no desaparecer sin dejar rastro. Incapaz de sostener una relación emocional real, decide comprar lo único que le falta: un heredero. Para ello redacta un contrato blindado, paga una cifra obscena y elige a la candidata perfecta por sus métricas genéticas, no por su historia. Mara Durán es un error de cálculo en los planos de Elías. A los 27 años, Mara no busca un futuro, solo sobrevivir al presente. Acepta alquilar su vientre para saldar una deuda que la ahoga, convencida de que podrá mantener la distancia. Pero cuando el contrato exige que se mude al ático minimalista de Elías para una "supervisión constante", la teoría choca contra la biología. Mara trae ruido, desorden y olor a comida barata a un santuario de hormigón y cristal. Lo que empieza como una transacción fría se convierte en una convivencia asfixiante donde el dinero no puede comprar la asepsia emocional. A medida que el embarazo avanza, la barrera entre "empleador" y "empleada" se disuelve entre náuseas, visitas al médico y miedos compartidos. En Cuerpo extraño, el verdadero intruso no es el bebé que crece en el vientre de Mara, sino la intimidad que nace, inevitable y sucia, entre dos personas que solo querían firmar un papel y mirar para otro lado.
Ler maisPOV Elías
Lo primero que pensé cuando la vi cruzar el umbral no fue en mi futuro hijo, ni en el milagro de la vida, ni en ninguna de esas gilipolleces que ponen en los folletos de la clínica. Lo primero que pensé fue que esa maleta iba a rayar el suelo. Y lo segundo, que ella era demasiado... ruidosa visualmente. Era una maleta rígida, de un rosa chicle ofensivo, con una de las ruedas atascada. Mara la arrastraba sin levantarla, y el plástico duro chirriaba contra la pizarra negra del recibidor. Criiiic. Criiiic. El sonido se me metió en los dientes, pero no pude dejar de mirar cómo los tendones de su antebrazo se tensaban al tirar del peso muerto. Me quedé quieto, con la mano en el pomo de la puerta abierta, aguantando las ganas de gritarle que parase. Debería haberle dicho que levantara ese trasto, que ese suelo costaba más que todo lo que ella llevaba puesto encima. Pero no dije nada. Apreté la mandíbula y cerré la puerta. El clic de la cerradura sonó como una sentencia. Estábamos encerrados. —Joder, qué vistas —dijo ella. No me miraba a mí. Miraba el ventanal de seis metros que daba a la ciudad. Dejó la maleta en medio del pasillo (bloqueando el paso, rompiendo la simetría del hall) y caminó hacia el cristal. Me quedé observándola desde atrás. Llevaba unos vaqueros gastados que se le ajustaban de una forma casi agresiva a las caderas y una camiseta de un grupo de rock descolorida. Llevaba unas zapatillas de deporte blancas, de esas abultadas, bastante sucias en la puntera. Contrastaba tanto con la pureza de mi salón que casi dolía mirarla. Era una mancha de tinta en una sábana blanca. Inevitable. —Quítate los zapatos —dije. Mi voz sonó más ronca de lo que pretendía. Retumbó en el hormigón, demasiado íntima para ser una orden. Mara se giró despacio, pivotando sobre los talones. El movimiento hizo que su pelo alborotado le cayera sobre la cara. Tenía ojeras. No ojeras de haber salido de fiesta, sino esas sombras moradas de quien vive al límite. Se mordió una piel del labio inferior antes de contestar, y mis ojos, traicioneros, se clavaron en ese gesto. —Hola a ti también, Elías. El nombre en su boca sonó raro. Demasiado familiar. Espeso. Se suponía que yo era el "Señor Vázquez", o al menos eso me había prometido el abogado. Pero ahí estaba ella, invadiendo mi espacio vital, tuteándome con una insolencia que me erizó el vello de la nuca. —Los zapatos —repetí, señalando el zapatero oculto en el panel de madera, intentando recuperar el control—. En esta casa no se entra con calzado de la calle. Es… antihigiénico. Mentira. No era por higiene. Era porque no quería que la suciedad de su mundo tocara mi santuario. Y, quizás, porque quería verla obedecer. Ella me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Tenía los ojos oscuros, inteligentes y burlones. Me escaneó de arriba abajo con la misma precisión clínica con la que yo reviso un plano. Soltó un suspiro largo, teatral, y obedeció. Se descalzó apoyándose en la pared (dejando seguramente una huella de grasa de la mano en el estuco veneciano). Primero un pie, luego el otro. Se quedó en calcetines. Uno de ellos tenía un agujero en el dedo gordo. Miré ese agujero. Miré la piel pálida de su dedo asomando por la tela rota. Miré su vientre plano bajo la camiseta ancha, sabiendo lo que iba a ocurrir ahí dentro. De repente, sentí un vértigo atroz. Un agujero en el estómago. ¿Qué he hecho? Esa chica era un desastre. Era caos. Al pasar por mi lado, me llegó una bofetada de su olor: tabaco frío, desodorante dulce y algo más... cálido, humano, piel sudada por el viaje. Un olor que se me agarró a la garganta. Yo acababa de firmar un papel para que su sangre y la mía se mezclaran. Iba a vivir aquí nueve meses. Nueve meses viendo ese agujero en el calcetín y oliendo ese perfume barato que, por alguna razón, hacía que me costara respirar. —¿Dónde duermo? —preguntó, rompiendo la tensión estática del momento. —Al final del pasillo. La puerta corredera. —¿Esa? —Señaló con la cabeza—. Parece la entrada a una nevera. —Es minimalismo. —Es gris —corrigió ella, agarrando de nuevo la maleta rosa. Me miró una última vez por encima del hombro, con esa media sonrisa torcida—. Como tú. Volvió a arrastrar la maleta. Criiiic. Otra vez el chirrido. Esta vez lo hizo a propósito, estoy seguro. Me quedé allí parado, clavado en la entrada, escuchando cómo las ruedas —y ella— se alejaban hacia la habitación de invitados. Me miré las manos. Me temblaban ligeramente. Y no era de rabia. O no solo de rabia. Fui a la cocina, abrí el grifo de agua filtrada y bebí dos vasos seguidos sin respirar, intentando ahogar la sensación de invasión. El silencio de la casa, mi precioso silencio, se había roto. Fui al recibidor, me agaché y pasé el dedo por el suelo, justo por donde había pasado la maleta. No había marca. Pero cuando acerqué la mano a la pared donde ella se había apoyado, juraría que el estuco todavía guardaba su calor.POV MaraMe despierto tarde. El reloj de la mesilla —un cubo negro sin números que solo da la hora si le das un golpe, diseño absurdo marca Elías— marca las diez y media.Me quedo un rato mirando el techo, recordando.Mi memoria corporal es traicionera. Todavía siento la presión de sus manos grandes en mi pantorrilla. Todavía siento el calor de su pecho desnudo contra la planta de mi pie. Y lo peor de todo: recuerdo perfectamente cómo me miraba. Como si yo fuera la última botella de agua en el desierto.Me tapo la cara con la almohada y suelto un gemido de frustración.—Eres idiota, Mara —me digo a mí misma, con la voz ahogada en la espuma viscoelástica—. Es tu jefe. Es un robot con traje. Te paga para que no le des problemas, no para que le pongas la pierna encima en plena madrugada.Pero el recuerdo de su pulgar acariciando mi rodilla me provoca un calambre que no tiene nada que ver con el músculo. Es un calambre en el bajo vientre.Me levanto. Mi pierna derecha está un poco dolorid
POV ElíasSon las tres de la madrugada y el aire acondicionado ha decidido rendirse. O quizás funciona perfectamente y el calor es interno. No lo sé.Doy vueltas en la cama, enredándome en las sábanas de algodón egipcio que ahora se sienten como papel de lija. No puedo dormir. Cada vez que cierro los ojos, veo mi propia mano sobre su tobillo. Siento el peso de su talón en mi muslo.No estaba fingiendo.La confesión se repite en mi cabeza en bucle. ¿Por qué diablos le dije eso? El contrato especifica distancia. Yo redacté las cláusulas de esa distancia. Y ahora estoy aquí, sudando como un adolescente, pensando en la piel de la mujer que duerme en mi salón.Me levanto. Necesito agua. Necesito hielo. Necesito que el cerebro se me congele y deje de proyectar imágenes prohibidas.Salgo al pasillo en bóxers, descalzo. La casa está en silencio, pero es un silencio eléctrico, cargado.Al llegar al umbral del salón, me detengo.No se ha ido a la cama. Sigue allí.Mara está dormida en el sofá,
POV ElíasEl silencio en el coche no es el habitual. Normalmente, el silencio entre Mara y yo es un muro de hormigón armado: ella a su lado, yo al mío, separador de carriles de por medio.Hoy el silencio es... denso. Húmedo. Cargado de electricidad estática. Como si la atmósfera fingida del restaurante se hubiera colado en la tapicería de cuero y se negara a salir.Miro de reojo al asiento del copiloto. Mara se ha quedado dormida. Tiene la boca ligeramente abierta y la cabeza apoyada contra la ventanilla fría, vibrando con el movimiento del motor. Se ha quitado el cinturón de seguridad de la parte de abajo para que no le apriete la barriga, sujetándolo con una mano protectora incluso en sueños.En un semáforo en rojo, me permito mirarla. No es un vistazo rápido. Es una inspección detallada.No es mi tipo. Nunca lo ha sido. A mí me gustan las mujeres pulidas, simétricas, que parecen salidas de un render de arquitectura. Mara es un caos orgánico. Tiene una mancha de mantequilla en la ma
POV MaraEl restaurante es tan oscuro que necesito la linterna del móvil para leer la carta, pero no la enciendo porque sé que a Elías le daría un infarto estético.Es uno de esos sitios donde los camareros te susurran los platos como si te estuvieran contando un secreto sucio y donde el agua cuesta lo mismo que una botella de ginebra en mi barrio. Estoy sentada en una silla de terciopelo verde que es preciosa, sí, pero que me clava una barra de metal justo en las lumbares.El bebé se mueve. Creo que odia el jazz suave que suena de fondo. Yo también lo odio.—Pide el rodaballo —dice Elías sin levantar la vista de su menú—. Es salvaje. Tienen un proveedor gallego que solo les trae piezas de anzuelo.—Elías, en esta carta no hay precios —susurro, inclinándome hacia él sobre la mesa de mármol. Al hacerlo, mi rodilla choca con la suya bajo la mesa. Él no se aparta.—Es un menú de temporada. No te preocupes por eso.—Me preocupo porque me da ansiedad pedir algo que cueste más que el alquil
POV ElíasEl problema no es estético. O al menos, eso intento decirme a mí mismo mientras me termino el café. El problema es circulatorio.Llevo diez minutos observando a Mara desde la cocina. Está en el salón, sentada en el borde del sofá, intentando ponerse unas zapatillas de deporte. La maniobra es agónica. Se dobla sobre su barriga (que ha crecido exponencialmente en las últimas dos semanas, como si el feto hubiera decidido hacer una ampliación ilegal), se pone roja y suelta un gruñido de frustración. No llega.Sus vaqueros le aprietan tanto en la cintura que, incluso con el botón desabrochado y sujeto con una goma de pelo —un truco de ingeniería doméstica que me horroriza y me fascina a partes iguales—, le esta cortando la respiración.Dejo la taza en el fregadero con un golpe seco. No aguanto verla así. No es lástima. Es impaciencia ante la ineficiencia.Me acerco, me arrodillo delante de ella sin decir nada y le quito la zapatilla de la mano.—¿Qué haces? —pregunta, sobresalta
POV MaraMe despierto con la sensación de que me ha atropellado un camión y luego ha dado marcha atrás para rematarme.La habitación está a oscuras, pero sé que es tarde porque la luz que se cuela por debajo de la puerta no es la del sol; es la luz artificial y fría del pasillo. Me intento incorporar. Mala idea. El mundo da una vuelta de campana. Me vuelvo a dejar caer sobre la almohada gris (que, lo admito, es el mejor invento de la humanidad después de la penicilina y ahora es mi única amiga).Tengo sed. Tengo ganas de hacer pis. Tengo sueño. Es un ciclo infinito de necesidades fisiológicas básicas. Me siento como un Tamagotchi estropeado.Escucho pasos fuera.No son los pasos rápidos y eficientes de Elías yendo al despacho. Son pasos lentos. Arrastrados. Se detienen justo delante de mi puerta. La sombra de sus pies corta el haz de luz.—¿Se puede? —La voz llega amortiguada por la madera lacada. Suena grave, profunda.—Estoy decente, si es lo que preguntas —grazno. Mi voz suena a li





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