Mundo ficciónIniciar sesiónElías Vázquez ha diseñado su vida como diseña sus edificios: líneas rectas, silencio absoluto y control total. A sus 42 años, este arquitecto de éxito tiene una obsesión: no desaparecer sin dejar rastro. Incapaz de sostener una relación emocional real, decide comprar lo único que le falta: un heredero. Para ello redacta un contrato blindado, paga una cifra obscena y elige a la candidata perfecta por sus métricas genéticas, no por su historia. Mara Durán es un error de cálculo en los planos de Elías. A los 27 años, Mara no busca un futuro, solo sobrevivir al presente. Acepta alquilar su vientre para saldar una deuda que la ahoga, convencida de que podrá mantener la distancia. Pero cuando el contrato exige que se mude al ático minimalista de Elías para una "supervisión constante", la teoría choca contra la biología. Mara trae ruido, desorden y olor a comida barata a un santuario de hormigón y cristal. Lo que empieza como una transacción fría se convierte en una convivencia asfixiante donde el dinero no puede comprar la asepsia emocional. A medida que el embarazo avanza, la barrera entre "empleador" y "empleada" se disuelve entre náuseas, visitas al médico y miedos compartidos. En Cuerpo extraño, el verdadero intruso no es el bebé que crece en el vientre de Mara, sino la intimidad que nace, inevitable y sucia, entre dos personas que solo querían firmar un papel y mirar para otro lado.
Leer másPOV ElíasHace cuatro años, si alguien hubiera dejado un bloque de plástico de colores primarios tirado en medio del salón, habría despedido a todo el personal de limpieza sin pestañear. Mi mundo era un lienzo en blanco y negro, una cuadrícula perfecta donde cada línea recta tenía un propósito y el silencio era mi religión.Hoy, cuando la planta de mi pie descalzo pisa de lleno un bloque rojo de Lego a las siete de la mañana, lo único que hago es apretar los mandíbulas, ahogar una maldición en la garganta y cojear en silencio hasta la isla de la cocina.Dejo la pieza de plástico sobre la encimera de mármol y me sirvo la primera taza de café del día, apoyando la cadera contra el mueble mientras observo mi salón.O, mejor dicho, el campo de batalla en el que se ha convertido mi salón.La luz dorada del amanecer se filtra por los inmensos ventanales de la casa que construimos en la sierra. Ilumina el suelo de roble cálido, los sofás enormes y cómodos que Mara insistió en comprar —«necesi
POV ElíasHe asistido a docenas de bodas a lo largo de mi vida. Eventos de alta sociedad, catedrales góticas, fincas pretenciosas y banquetes donde el caviar importaba más que los novios. Siempre las consideré un error de cálculo monumental: una exhibición pública de promesas frágiles que, estadísticamente, acabarían colapsando en menos de una década.Pero hoy, de pie sobre una inmensa losa de hormigón recién fraguado en medio de la sierra de Madrid, me doy cuenta de que el único error de cálculo de mi vida fue pensar que podía vivir sin ella.Me ajusto los gemelos de plata del traje oscuro a medida, aunque, por primera vez, he prescindido de la corbata. El viento de finales de primavera agita los pinos que rodean nuestra parcela. El cielo está despejado, de un azul tan intenso que casi duele mirarlo.No hay bóvedas góticas ni alfombras rojas. Nos estamos casando exactamente en el punto geográfico donde, dentro de ocho meses, estará el salón de nuestra nueva casa. La cimentación ya es
POV MaraHan pasado tres semanas desde la gala. Veintiún días exactos desde que el mundo entero decidió que nuestra vida era el culebrón del año. Al principio, el asedio fue asfixiante: fotógrafos acampados en la acera de enfrente, teléfonos sonando a todas horas y portadas de revistas diseccionando cada una de mis pecas.Pero Elías cumplió su palabra. Levantó un muro de contención de hormigón armado a nuestro alrededor. Sus abogados enviaron un par de requerimientos letales, su departamento de prensa cerró filas y, de repente, el huracán se convirtió en una brisa inofensiva que ya ni siquiera roza los cristales de nuestro ático.El ático.Suspiro, apoyando la espalda contra el marco de la puerta del despacho de Elías.Las dos de la madrugada de un jueves. Leo lleva durmiendo del tirón desde las diez —un pequeño milagro arquitectónico en sí mismo— y yo debería estar haciendo lo mismo en nuestra inmensa cama gris. Pero al sentir el lado izquierdo del colchón vacío, el instinto me ha ar
POV ElíasTodo gran impacto estructural trae consigo réplicas. Es una ley física inevitable. Cuando sacudes los cimientos de un edificio —o, en este caso, los cimientos de la alta sociedad madrileña—, tienes que estar preparado para que el suelo tiemble bajo tus pies a la mañana siguiente.El problema es que, ahora mismo, el único temblor que me importa es el suspiro suave que Mara suelta contra mi pecho mientras duerme.Me despierto con la luz del sol filtrándose por las rendijas del estor. Mi brazo derecho está completamente entumecido porque ella lo está usando como almohada, pero me cortaría la mano antes de moverme y despertarla. Tiene una pierna enredada con las mías por debajo del edredón y su pelo castaño, indomable y salvaje, se desparrama por toda mi clavícula.Giro la cabeza ligeramente hacia la izquierda. En el suelo, junto a la puerta del dormitorio, el vestido rojo de seda yace en un charco brillante, mezclado con mi esmoquin de tres mil euros.Una sonrisa de suficiencia
POV MaraLas puertas del ascensor privado se cierran a nuestras espaldas con un siseo suave, cortando de raíz el zumbido de Madrid, los flashes de las cámaras y el eco de los violonchelos de la Fundación.En el instante en que el cerrojo del ático hace clic, me agacho, me desabrocho las correas de los tacones de aguja y los dejo caer al suelo de madera con un golpe seco. El suelo radiante bajo las plantas de mis pies desnudos es el mayor alivio que he sentido en las últimas cinco horas.Suelto un suspiro largo, echando la cabeza hacia atrás, y me giro hacia Elías.Sigue exactamente igual de imponente que en la alfombra roja, pero la máscara de hielo del CEO se ha resquebrajado. Ya se ha deshecho el nudo de la pajarita negra, que ahora cuelga suelta alrededor del cuello de su camisa inmaculada, y se está desabrochando los gemelos de plata con una lentitud que resulta casi hipnótica.—Sobrevivimos —murmuro, apoyando la espalda contra la pared del recibidor—. Y creo que no he derramado c
POV ElíasEl interior del coche negro es un refugio temporal, una caja hermética de cuero y silencio que nos aísla del mundo exterior mientras cruzamos el centro de Madrid. Las luces de las farolas y de los semáforos entran a ráfagas por los cristales tintados, iluminando el perfil de Mara de forma intermitente.Está mirando por la ventanilla, tensa como la cuerda de un violín. Inconscientemente, se lleva el dedo índice a los labios, un viejo hábito de cuando se mordía las uñas hasta hacerse sangre en sus días de estrés crónico en las cocinas.Alargo la mano y aparto su mano de su boca con suavidad, entrelazando sus dedos con los míos. Sus nudillos están fríos.—Si sigues torturando esa uña, voy a tener que pedirle al chófer que dé la vuelta —murmuro, atrayendo su mano hacia mí para dejar un beso lento en su dorso.Mara gira el rostro hacia mí. Sus ojos oscuros brillan bajo la escasa luz del coche, reflejando una mezcla de terror absoluto y una determinación feroz que me encoge el est
Último capítulo