POV Mara
El restaurante es tan oscuro que necesito la linterna del móvil para leer la carta, pero no la enciendo porque sé que a Elías le daría un infarto estético.
Es uno de esos sitios donde los camareros te susurran los platos como si te estuvieran contando un secreto sucio y donde el agua cuesta lo mismo que una botella de ginebra en mi barrio. Estoy sentada en una silla de terciopelo verde que es preciosa, sí, pero que me clava una barra de metal justo en las lumbares.
El bebé se mueve. Creo que odia el jazz suave que suena de fondo. Yo también lo odio.
—Pide el rodaballo —dice Elías sin levantar la vista de su menú—. Es salvaje. Tienen un proveedor gallego que solo les trae piezas de anzuelo.
—Elías, en esta carta no hay precios —susurro, inclinándome hacia él sobre la mesa de mármol. Al hacerlo, mi rodilla choca con la suya bajo la mesa. Él no se aparta.
—Es un menú de temporada. No te preocupes por eso.
—Me preocupo porque me da ansiedad pedir algo que cueste más que el alquil