Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Elías
El olor a cebolla pochada es capaz de atravesar tres puertas de madera maciza y un pasillo de diez metros. Es un dato científico que acabo de comprobar.
Estoy en mi estudio, intentando revisar los planos de la nueva biblioteca municipal, pero no puedo concentrarme. Mi casa, que siempre ha olido a ambientador de bambú y a nada, ahora huele a sofrito. A vida desordenada. A ella. Llevo media hora mirando la misma línea de cota en la pantalla, sintiendo cómo ese olor denso y casero se me mete por la nariz y, lo que es peor, me despierta un apetito que no quiero tener.
Me levanto, irritado. Me digo que es por la falta de ventilación, pero en el fondo sé que es porque ella ha invadido sensorialmente mi búnker.
Al salir al salón, la encuentro allí. Mara está sentada en el sofá —mi sofá Minotti de lino gris perla— con las piernas cruzadas como un indio, comiendo macarrones de un plato hondo.
Me detengo a observarla un segundo antes de que me vea. Está descalza. Tiene el pelo recogido en un moño precario del que se escapan mechones sobre el cuello. Come con ansia, cerrando los ojos al masticar. Es una visión vulgar, pero tiene una vitalidad animal que hace que el resto de mi salón parezca un decorado muerto.
—Vas a manchar el sofá —digo. Mi voz rompe su momento.
Ella levanta la vista. Tiene una mancha pequeña, roja y brillante de tomate en la comisura del labio.
Me quedo mirando esa mancha. Es un horror en su cara. Siento un impulso absurdo, casi eléctrico, de acercarme. De alargar la mano y pasarle el pulgar por la comisura para limpiarla. Imagino, por un microsegundo, la textura de su labio bajo mi yema. Áspero y caliente.
El pensamiento me repugna y me excita al mismo tiempo. Me meto las manos en los bolsillos rápidamente.
—Tengo cuidado, Elías. Relájate. —Pincha otro macarrón, ajena a mi crisis mental—. Además, el niño quería tomate.
—El feto no quiere tomate. El feto necesita nutrientes, no carbohidratos saturados de aceite. —Hablo como una enciclopedia para tapar lo que acabo de pensar—. Y tenemos que irnos en veinte minutos. La ecografía es a las cuatro.
Mara resopla, deja el tenedor con un ruido metálico sobre el plato y se traga la comida. Se pasa la lengua por el labio, borrando la mancha de tomate. Sigo el movimiento de su lengua con la mirada, hipnotizado a mi pesar.
—Ya estoy lista. Solo tengo que ponerme los zapatos esos que te gustan tanto.
El trayecto en el coche es una tortura, pero no silenciosa. Es una tortura atmosférica.
Mi coche es un espacio sagrado. Cuero negro, aislamiento acústico. Pero con ella dentro, el espacio se encoge. Mara ha movido el asiento del copiloto hacia atrás, estirando las piernas. Huele a esa vainilla barata y a macarrones. Ha colonizado el aire.
Conduzco mirando al frente, apretando el volante. Noto su presencia a mi derecha como un campo magnético. Se mueve mucho. Cambia de postura. Tararea algo en voz muy baja, un zumbido que vibra en el habitáculo.
—¿Puedes parar? —pregunto, con la voz tensa.
—¿El qué?
—El ruido. Ese tarareo. Y deja de moverte.
—Estoy nerviosa, ¿vale? —Se gira hacia mí. El movimiento hace que su rodilla roce, apenas un segundo, la palanca de cambios, cerca de mi mano. Retiro la mano como si me hubiera quemado—. Es la primera eco. ¿Y si no hay nada? ¿Y si se ha parado?
La veo asustada de verdad. Sus ojos oscuros me buscan, pidiendo algo que no está en el contrato: seguridad.
Tengo ganas de decirle que todo irá bien. Tengo ganas de ponerle la mano en la pierna para que deje de temblar. La lucha entre mi frialdad y ese instinto protector me deja mudo un segundo.
—El doctor dijo que los niveles hormonales eran óptimos —respondo finalmente, refugiándome en los datos. Es mi escudo—. Estructuralmente, todo indica que la obra avanza.
—Ya. Los médicos dicen muchas cosas.
No decimos nada más hasta llegar a la clínica.
En la sala de espera, la recepcionista nos escanea. Ve mi traje italiano. Ve sus vaqueros desgastados. Siento un calor vergonzoso en el cuello. Pero esta vez, no es solo vergüenza social. Veo a un tipo sentado enfrente que mira a Mara. Le mira las piernas. Le mira el escote de la camiseta.
Siento una punzada agria en el estómago. Me muevo en la silla, incomodísimo. No quiero que piensen que estamos juntos, pero tampoco quiero que ese imbécil la mire así. Dejo una silla vacía entre nosotros, pero me giro un poco, bloqueando el ángulo de visión del tipo con mi espalda. Un acto territorial patético.
—Señor Vázquez —llama el doctor Arriaga.
Entramos. Luz tenue. Olor a alcohol. Arriaga, bronceado y exitoso, me saluda como si estuviéramos en el club de golf.
—Elías, qué bueno verte.
—Hola, Julián.
—Túmbate ahí, bonita. Súbete la camiseta —le ordena a Mara sin mirarla a los ojos.
Mara obedece. Se tumba. El papel de la camilla cruje bajo su peso. Se sube la camiseta y se desabrocha el botón del vaquero, bajándolo un poco.
Queda expuesta su piel pálida. Sus costillas marcadas. La curva suave, todavía pequeña, de su vientre bajo.
Arriaga echa un chorro de gel frío sobre su piel. Mara se estremece, arqueando la espalda, y suelta un joder bajito.
Me tenso. Ver las manos de Arriaga, enguantadas en látex, tocando la piel desnuda de Mara me produce una reacción violenta. Sé que es médico. Sé que es su trabajo. Pero me molesta. Me molesta la intimidad del gesto. Me molesta que otro hombre toque lo que, de alguna manera retorcida, considero "mi territorio".
—Veamos... útero bien posicionado... —Arriaga mueve el transductor, presionando la carne blanda de ella.
Miro la pantalla para no mirar su cuerpo semidesnudo.
—Ahí —señala—. Eso es el embrión.
Es una judía. Una mancha. No siento la epifanía mística. Siento extrañeza. Eso es mi material genético creciendo dentro de esta mujer que come macarrones en mi sofá. La conexión es biológica, pero la tensión en la sala es humana.
—¿Y el latido? —pregunta Mara. Su voz tiembla.
El doctor pulsa un botón.
Wush-wush-wush-wush.
El sonido llena la habitación. Es brutal. Rápido. Violento. Como un tren de mercancías a toda velocidad.
Me quedo paralizado. Miro a Mara. Tiene los ojos llenos de lágrimas, mirando el techo, mordiéndose el labio inferior con fuerza. Está llorando en silencio.
Y de repente, me olvido de Arriaga. Me olvido del contrato. La miro a ella. Veo la vulnerabilidad absoluta en su cara. Veo la vida corriendo por sus venas.
—Frecuencia cardíaca de 160. Perfecta —dice el doctor, apagando el sonido—. Todo en orden, Elías. El producto está viable.
El producto.
La palabra cae como una piedra. Veo cómo Mara se pone rígida. Se limpia el gel con un trozo de papel áspero, con movimientos bruscos, rabiosos. Se baja la camiseta rápido, escondiendo su cuerpo de nuestra vista. Se siente sucia. Y yo me siento sucio por ser cómplice.
—Gracias, doctor —digo. Mi voz suena metálica, cobarde.
Salimos de la consulta. Mara camina rápido, huyendo.
En el ascensor, estamos solos. Las puertas se cierran y el espacio se vuelve minúsculo. Ella respira agitada. Huele a sudor frío y a rabia.
—Es un gilipollas —dice, mirando al metal de las puertas.
—Es uno de los mejores ginecólogos del país —defiendo, automáticamente, aunque el sabor de la bilis me quema la garganta.
—Es un gilipollas —repite. Se gira de golpe.
Me clava esos ojos oscuros, encendidos por la furia. Está preciosa cuando se enfada. El pensamiento me golpea antes de que pueda filtrarlo. Tiene las mejillas encendidas, el pecho subiendo y bajando.
Se acerca un paso a mí. Me invade.
—Y tú eres un cobarde —escupe—. Por no decirle nada cuando me ha llamado "producto". Tienes tanto miedo de sentir algo real que prefieres tratar a tu hijo como una mercancía.
Estamos a centímetros. Podría sentir su aliento si respirara. La tensión sexual y la ira se mezclan en el aire viciado del ascensor. Quiero gritarle. Quiero decirle que callar ha sido lo más difícil que he hecho. Quiero agarrarla por los hombros.
—Mara... —empiezo, con voz ronca.
—No me hables —me corta.
El ascensor hace ding. Las puertas se abren.
Me quedo quieto un segundo, sintiendo el golpe. No físico, pero real. Un puñetazo en el ego. Y algo más profundo: la certeza de que esta mujer, con su furia y sus calcetines rotos, me está desmontando pieza a pieza.
Salgo detrás de ella. La veo cruzar el lobby con la cabeza alta, digna a pesar de todo. Y yo la sigo, como un perro arrepentido, sintiendo que el control de mi vida se ha quedado olvidado en aquella consulta.







