POV Mara
Las puertas del ascensor privado se cierran a nuestras espaldas con un siseo suave, cortando de raíz el zumbido de Madrid, los flashes de las cámaras y el eco de los violonchelos de la Fundación.
En el instante en que el cerrojo del ático hace clic, me agacho, me desabrocho las correas de los tacones de aguja y los dejo caer al suelo de madera con un golpe seco. El suelo radiante bajo las plantas de mis pies desnudos es el mayor alivio que he sentido en las últimas cinco horas.
Suelto