Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Mara
Me he duchado tres veces y todavía siento el gel frío del médico en la barriga. Es psicológico, lo sé. Pero me froto con la esponja natural de fibra de no-sé-qué (que rasca como un estropajo) hasta que la piel se me pone roja. Quiero quitarme la sensación de ser un envase. "El producto". "Viable".
Salgo del baño envuelta en una toalla. Es una toalla blanca, enorme y suave, pero sigue siendo solo un trozo de tela. El espejo no se empaña —por supuesto que no, tiene algún sistema antivaho de esos que cuestan un riñón— y me devuelve la imagen: pelo mojado goteando sobre los hombros desnudos, clavículas marcadas y ojos rojos.
Por primera vez, no me importa si dejo huellas de agua en el suelo de mármol. Que se joda el suelo. Que se joda Elías.
Salgo al pasillo. La casa está en penumbra, solo iluminada por las luces de balizamiento de los rodapiés. Son las diez de la noche.
Creo que estoy sola, pero al pasar por el arco del salón, me congelo.
Elías está allí. No está trabajando. Está sentado en su sillón de lectura, con un vaso de whisky en la mano (sin hielo, el hielo hace ruido y el ruido es el enemigo), mirando la ciudad a través del ventanal. Parece un villano de cómic deprimidísimo.
Me ve.
Sus ojos se apartan de la ventana y caen sobre mí. Se queda quieto, con el vaso a medio camino de la boca. Me recorre entera. Mira mi pelo mojado. Mira mis hombros desnudos. Mira el nudo de la toalla sobre mi pecho y las piernas que asoman por debajo.
No es la mirada aséptica del médico. Es una mirada pesada. Oscura. Me entra un calor súbito que no tiene nada que ver con la ducha. Me ajusto la toalla con una mano, nerviosa.
Paso de largo hacia mi habitación, caminando rápido, sintiendo su mirada clavada en mi espalda desnuda. No pienso darle las buenas noches. Soy el servicio, ¿no? El servicio no molesta. Y menos en toalla.
—Hay un paquete para ti —dice su voz desde la penumbra. Suena más grave de lo habitual. Quizás es el whisky. Quizás es la hora.
Me detengo, pero no me giro del todo.
—¿Qué?
—En la isla de la cocina. Llegó esta tarde, mientras te duchabas.
Me acerco a la cocina con desconfianza, dejando un rastro de gotas de agua. Hay una caja enorme de cartón marrón sobre el mármol negro. Rompe totalmente la estética de la casa. La abro con una llave que llevo en la mano, consciente de que Elías se ha levantado y se acerca.
Dentro hay una especie de salchicha gigante de terciopelo gris. Es una almohada. Pero no una normal, es una de esas de embarazo con forma de U, inmensas. De esas que ves en I*******m y piensas: "¿quién se gasta ciento cincuenta euros en un cojín?".
Elías se gasta ciento cincuenta euros en un cojín.
Saco la "salchicha". Es suave. Joder, es obscenamente suave.
—Leí en un foro... —La voz de Elías está justo detrás de mí.
Me giro de golpe. Está demasiado cerca. Huele a ese whisky ahumado y a su colonia de madera seca. Lleva la camisa blanca desabrochada en el cuello, sin corbata, y las mangas remangadas. Ver sus antebrazos desnudos, con los tendones marcados, me produce una extraña sacudida en el estómago.
Se queda mirándome. Sus ojos bajan involuntariamente a mi escote, al nacimiento de mis pechos apretados por la toalla, y suben rápido, culpables, a mis ojos.
—Leí que a partir de la semana doce empiezan los dolores lumbares —continúa, carraspeando un poco—. Y que es difícil encontrar postura para dormir.
Miro la almohada que tengo abrazada contra mi cuerpo casi desnudo. Luego lo miro a él.
—¿Estás intentando comprar mi perdón con un cojín gigante, Elías?
Él apoya las manos en la encimera, acorralándome sutilmente contra la isla, aunque mantiene una distancia de seguridad.
—No es un soborno —dice, defensivo, pero sin dejar de mirarme la boca—. Es ergonomía. Si no duermes bien, el cortisol sube. Si el cortisol sube, afecta al feto. Es una inversión en... bienestar.
Ahí está otra vez. El arquitecto. El hombre de negocios.
—Eres increíble —suelto una risa seca, sin ganas. Doy un paso adelante, rompiendo su burbuja de seguridad. Ahora soy yo la que invade. Él no retrocede—. Esta tarde, ese médico me ha tratado como a una vaca lechera y tú te has quedado mirando el techo. Y ahora me compras gomaespuma viscoelástica para que el "producto" no se estrese.
Elías aprieta la mandíbula. Veo cómo se le marca un músculo en la mejilla. Sus ojos brillan con algo que parece rabia, pero no sé si es contra mí o contra él mismo.
—Me bloqueé —dice. La confesión sale rápida, ronca.
Me quedo callada. El aire entre nosotros vibra.
—¿Qué?
—En la consulta —murmura. Baja la vista. Mira mis pies descalzos, húmedos sobre el suelo negro—. Me bloqueé. Arriaga es un imbécil, lo sé. Pero es una eminencia. Y yo... no soy bueno en las confrontaciones improvisadas. No supe qué decir.
Levanto una ceja. Me acomodo la toalla, que empieza a resbalarse peligrosamente. Elías sigue el movimiento de mi mano con los ojos, hipnotizado.
—Eres un tío que dirige una empresa de millones. Te he oído gritarle a un contratista por el tono del cemento. ¿Y no puedes decirle a un médico que no llame "cosa" a tu hijo?
Elías levanta la vista. Sus ojos grises me atrapan. Estamos solos, de noche, en una cocina en silencio. La tensión sexual es tan densa que casi se puede masticar.
—Con el cemento sé lo que hago, Mara. El cemento es lógico. Esto... —hace un gesto vago con la mano hacia mi barriga, pero su mano se queda flotando en el aire, cerca de mi piel desnuda, como si quisiera tocarme pero no se atreviera—... esto no tiene lógica. Me da pánico. Todo el rato. Siento que estoy conduciendo un coche sin frenos y no quiero que nadie se dé cuenta.
El silencio que sigue es pesado. Íntimo. Es la primera verdad que me dice en dos meses. Y me la dice mirándome como si yo fuera lo único real en su mundo de diseño.
Podría atacarle. Podría decirle que es un cobarde. Pero estoy cansada, semidesnuda y él huele jodidamente bien.
Suspiro y abrazo la almohada gigante contra mi pecho, usándola de escudo entre su camisa y mi toalla.
—Es viscoelástica de alta densidad —añade él, volviendo al tono comercial, intentando desesperadamente recuperar el control de la situación.
—Ya, se nota.
Me doy la vuelta para irme a mi habitación. Siento su mirada pegada a mi nuca, bajando por mi espalda, quemándome la piel.
—Mara —me llama antes de que cruce el pasillo.
Me detengo.
—¿Qué?
—El doctor Arriaga no llevará el parto. Buscaré a otro. A una doctora. Me han recomendado a una que tiene... mejores reseñas en trato humano.
No me giro para que no me vea la cara, pero siento un nudo raro en la garganta. No es gratitud, exactamente. Es alivio. Y una punzada de calor por saber que le importo lo suficiente para cambiar sus planes perfectos.
—Vale —digo, con la voz suave—. Y gracias por el cojín, Elías. Aunque sea feo de cojones.
Oigo que da un paso hacia mí. Se detiene.
—Es gris antracita —murmura, casi divertido—. Combina con el sofá.
—Es feo —insisto.
Entro en mi habitación y cierro la puerta. Me apoyo contra la madera, respirando agitada, con el corazón latiéndome en la garganta.
Me tiro en la cama. Me enrosco en la almohada. Se adapta a mi cuerpo como un guante. Maldita sea, es comodísima. Hundo la cara en el terciopelo, que todavía huele un poco a la caja... y a él.
Fuera, escucho los pasos de Elías. Se acercan a mi puerta. Se detienen. Veo la sombra de sus pies por debajo de la rendija. Está ahí parado, al otro lado. Inmóvil.
Imagino su mano levantada, a punto de tocar el pomo. Imagino que quiere entrar. La idea me aterroriza y me electriza a la vez.
Se queda ahí un minuto entero. Luego, la sombra se aleja muy despacio.
Cierro los ojos, abrazando con fuerza la almohada que él me ha comprado para que duerma en su casa. Mi corazón sigue latiendo demasiado rápido, así que intento poner orden en mi cabeza. Necesito recordarme quién soy y quién es él. Necesito un maldito manual de seguridad si quiero salir de esta casa sin romperme.
Mientras el sueño me vence, redacto mentalmente las nuevas cláusulas de mi contrato personal:
Instrucciones de uso para sobrevivir a Elías Vázquez:
1. No esperes cariño; él no sabe darlo.
2. Acepta los objetos caros; es el único idioma que habla.
3. Y la más importante: nunca, bajo ningún concepto, vuelvas a dejar que te mire así cuando solo llevas una toalla encima.







