POV Elías
El problema no es estético. O al menos, eso intento decirme a mí mismo mientras me termino el café. El problema es circulatorio.
Llevo diez minutos observando a Mara desde la cocina. Está en el salón, sentada en el borde del sofá, intentando ponerse unas zapatillas de deporte. La maniobra es agónica. Se dobla sobre su barriga (que ha crecido exponencialmente en las últimas dos semanas, como si el feto hubiera decidido hacer una ampliación ilegal), se pone roja y suelta un gruñido de frustración. No llega.
Sus vaqueros le aprietan tanto en la cintura que, incluso con el botón desabrochado y sujeto con una goma de pelo —un truco de ingeniería doméstica que me horroriza y me fascina a partes iguales—, le esta cortando la respiración.
Dejo la taza en el fregadero con un golpe seco. No aguanto verla así. No es lástima. Es impaciencia ante la ineficiencia.
Me acerco, me arrodillo delante de ella sin decir nada y le quito la zapatilla de la mano.
—¿Qué haces? —pregunta, sobresalta