Mundo ficciónIniciar sesiónJúlia solo tenía un objetivo en la vida: venganza. Venganza contra el hombre que la abandonó estando embarazada y causó la muerte de su hija. Cinco años después, se infiltra en su mansión disfrazada de niñera de su hija, acercándose cada vez más a cumplir su deseo y a hacerlo pagar por la muerte de su hija y por todo el sufrimiento que él le había causado con su abandono. Años atrás, Leonardo prometía una vida feliz para Júlia y para la hija que esperaban. Pero un mes después de descubrir que ella estaba embarazada, Leonardo desapareció. No contestaba llamadas ni mensajes. “Conseguí un trabajo en la capital que va a cambiar nuestras vidas, vamos a tener un futuro brillante y próspero, tú, yo y nuestra hija”, esas fueron sus últimas palabras antes de desaparecer. Júlia esperó el regreso de Leonardo, pero él nunca volvió. Así pasaron ocho meses: ocho meses de un embarazo complicado y luchando sola para sobrevivir. Y un día, mientras agonizaba de dolor en su vientre en la cama de un hospital, Júlia vio en la televisión la noticia principal. El heredero Leonardo Almonte anunciaba la llegada de su primera hija con la heredera Carla Mendes. Allí estaba él, sonriendo feliz y saludando a las cámaras junto a una mujer embarazada. Leonardo había reconstruido su vida con otra mujer. Y al ir tras él para exigir una explicación, Júlia sufre un accidente que provoca la muerte de su hija aún en su vientre. Dominada por el dolor, Júlia jura venganza en la tumba de su hija. Cinco años después, encuentra su oportunidad al ver un anuncio buscando niñera para la hija de la poderosa familia Almonte. Pero no esperaba que, al entrar en aquella mansión, oscuros secretos del pasado salieran a la luz.
Leer másMientras agonizaba de dolor en la cama del hospital, corriendo el riesgo de perder a mi hija, en la televisión de la pared podía ver claramente a él, Leonardo Almeida. El hombre que me abandonó hace ocho meses, estando embarazada, con la promesa de que conseguiría un trabajo para darnos una buena vida a mí y a nuestra hija como familia. Pero nunca regresó. Y ahora, en el momento en que más lo necesitaba, estaba al lado de su esposa embarazada, presentando a la hija a punto de nacer a la sociedad, su heredera legítima, aquella que llevaría su sangre y su nombre.
Mientras las lágrimas caían de mi rostro, sostuve mi vientre con firmeza, una súplica silenciosa para que mi hija resistiera… pero fue en vano. ...... 8 meses atrás... Estaba nerviosa, caminando de un lado a otro sin quitar los ojos de la prueba de embarazo sobre el lavabo del baño de la universidad. Ese minuto parecía un año, una eternidad. La alarma de mi celular sonó, anunciando el fin de ese minuto. Con las manos temblorosas, tomé la prueba y la revisé. Dos rayitas. –E-estoy embarazada– No podía creer mis ojos ni mis palabras. Estaba embarazada. Una mezcla de emociones se apoderó de mi cuerpo: sorpresa, ansiedad, miedo. No sabía cómo reaccionaría Leonardo; éramos solo dos jóvenes universitarios. Él, un genio en el último año de su carrera, con varias empresas interesadas en él, y yo, estudiante del segundo año. Ambos éramos huérfanos: él criado en un orfanato que logró todo por mérito y esfuerzo, y yo, que solo tenía a mi abuela como pariente. En otras palabras, todavía teníamos mucho que hacer para estabilizar nuestras vidas, y un bebé era una gran responsabilidad que cambiaría nuestros planes. Vacilante, salí del baño y miré a Leonardo, que esperaba afuera, caminando nervioso. En cuanto me vio en la puerta, se acercó y sostuvo mis manos con firmeza mientras me miraba visiblemente preocupado. –¿Y? ¿Ya viste el resultado?– preguntó, y no pude saber por su rostro qué respuesta esperaba. Suspiré intentando calmarme. –Es positivo, estoy embarazada– Miré a Leonardo, recelosa de su reacción, pero lo que vi me sorprendió: su rostro se iluminó, sus ojos se agrandaron y una sonrisa llenó sus labios. –¡VOY A SER PADRE!– gritó Leonardo y me levantó del suelo, comenzando a girar. –¡Voy a ser padre! ¡Voy a ser padre!– Sonreí, sorprendida y emocionada por su reacción. No esperaba que se alegrara tanto, y verlo tan feliz con la noticia tranquilizó mis miedos e incertidumbres. Leonardo me volvió a colocar en el suelo con delicadeza. –Perdóname, perdóname, ahora tengo que tener el doble de cuidado contigo; después de todo, estás llevando a nuestro hijo, a nuestro bebé.– Leonardo acarició mi vientre liso con la mirada llena de ternura y cariño. –Hicimos un bebé, nosotros dos vamos a ser padres, vamos a ser una familia a través del amor y la sangre– No pude contener la lágrima de emoción y felicidad que se escapó de mi ojo y recorrió mi rostro, pero Leonardo pronto la secó con su pulgar y continuó mirándome con amor y ternura. –Entonces… ¿eso significa que quieres tener al bebé?– pregunté con recelo. –¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Por supuesto que quiero al bebé! Me vas a dar un hijo; ¿cómo podría rechazar una parte de la mujer que amo? Me darás aquello que nunca tuve: una familia.– Leonardo acercó su rostro al mío y apoyó sus labios en los míos, comenzando un beso sencillo y apasionado. Ese beso era todo lo que necesitaba para calmarme y asegurarme de que todo estaría bien a su lado. Leonardo separó el beso sin apartar nuestros rostros y me miró, pronunciando esas frases que siempre me conmovían, sin importar cuántas veces las dijera. –Te amo, Júlia, y siempre te amaré– Sonreí mirándolo y tomé sus labios en un beso que correspondió de inmediato. –Te amo, Leonardo. Y estoy feliz de llevar una parte de ti dentro de mí– En ese momento, algo cruzó por mi mente y volví a dudar. –Pero… no podré quedarme más en el dormitorio; las reglas prohíben chicas embarazadas, y no tengo dónde vivir aquí. Mi beca solo cubre los estudios, y de aquí a la ciudad donde vive mi abuela hay más de cinco horas de viaje y…– Leonardo me interrumpió con un beso. –Buscaré la manera, no te preocupes. Desde hoy voy a cuidarte a ti y a nuestro bebé. He recibido varias ofertas de trabajo, así que las analizaré y veré cuál puedo comenzar incluso antes de obtener el certificado de graduación; así podré cuidar mejor de ti y de nuestro bebé.– Leonardo rodeó mi cintura con sus manos y volvió a sonreír con ternura. –Te cuidaré hoy, mañana y siempre.– Y con esa promesa, volvimos a besarnos, esperanzados y emocionados por el futuro que nos esperaba. ...... Un mes después, estaba sola en la habitación del dormitorio estudiando para la semana de exámenes que se aproximaba, cuando escuché golpes en la puerta. Me levanté y fui a abrir, y mis ojos brillaron y sonreí automáticamente al ver a Leonardo, pues casi no nos veíamos en las últimas semanas. –¡Leonardo, qué haces aquí? ¡Está prohibida la entrada de hombres en el dormitorio femenino!– dije, reprendiéndolo, aunque esa regla casi nadie la respetaba. –No podía pasar un día entero sin verte.– Leonardo me besó y entró en la habitación, cerrando la puerta detrás de él, y pude notar la amplia sonrisa inusual en su rostro. –¿Qué pasa? ¿Por qué estás tan animado? ¿Aprobaste tu monografía?– pregunté emocionada. –¡Mucho mejor! Conseguí un trabajo en la capital, pagan muy bien y me contratarán incluso antes del certificado.– respondió Leonardo, emocionado. –¿De verdad?– pregunté igualmente emocionada. –¡Felicidades, amor!– lo felicité con un fuerte abrazo y luego con un beso. –Con mi primer salario alquilaré un apartamento y podrás mudarte allí. Tendré que quedarme algunos días en la capital hasta estabilizarme, pero vendré a verte a ti y a nuestro bebé cada semana. Y cuando consiga un cargo fijo después de obtener el certificado, nos mudaremos juntos a la capital, o mejor, los tres.– Leonardo acarició mi incipiente barriga, se arrodilló frente a mí y depositó un largo beso sobre ella mientras sostenía mi cintura. –Papá cuidará de ti y de mamá; solo tenemos que pasar este periodo difícil, pero pronto tendremos una vida feliz y brillante, los tres, y quién sabe, quizás con más hermanitos– Al escuchar su confesión, sonreí y acaricié su cabello mientras pensaba en lo afortunada que era de haberme enamorado de él, un amor a primera vista para ambos, una pasión intensa. Y contrario a lo que mi abuela siempre decía sobre los hombres, Leonardo era honesto, me amaba de verdad, siempre me respetó, inteligente, buen estudiante, y a pesar de ser huérfano y criado en un orfanato precario, era educado, lleno de valores y con planes para el futuro. Esos eran solo algunos de los muchos motivos por los que me enamoré de él, y cada día estaba más segura de que amaba al hombre correcto, segura de que él era el hombre de mi vida. Poco sabía yo que esas serían las últimas palabras que escucharía de él, que esas promesas pronto se convertirían en polvo, y que aquel sería nuestro último momento juntos… antes de que me abandonara.Tras largos segundos mirándonos intensamente a esa mínima distancia entre nosotros, Leonardo finalmente habló.–¿Está segura de que nunca nos hemos visto? Señorita Helena–Lo miré confundida e incrédula, apretando los puños."¿Entonces vas a continuar con ese juego? ¿Realmente fingirás que me olvidaste en solo cinco años?"–Es la segunda vez que me hace esta pregunta, señor Leonardo. ¿De dónde cree que nos conocemos? O mejor, ¿de dónde cree que me conoció?– pregunté, mirándolo fijamente.Él me observó por un momento más con esa mirada extraña otra vez, pero pronto desvió la mirada hacia un lado.–Debe ser solo mi impresión, disculpe por insistir en ello, por favor, vamos a mi oficina–Él fue adelante y yo lo seguí, observando su espalda exageradamente ancha y musculosa. Antes se limitaba a estudiar y no tenía tiempo para deportes ni para ejercitarse, pero ahora estaba allí, el doble de grande que en esa época. Al parecer, la vida de heredero empresario le estaba yendo muy bien.Bajé l
Al escuchar la voz de la niña, miré a Leonardo, que estaba en shock y sorprendido. Rápidamente se levantó de la alfombra donde dibujaba y se acercó; luego se agachó frente a la niña.–Mi amor, ¿hablaste? ¿Realmente hablaste?– preguntó, sonriendo emocionado. –Habla otra vez para que papá escuche, por favor– pidió, pero la niña solo bajó la mirada, apoyándose más en mis piernas.Leonardo se levantó y me miró. –¿Tú también lo escuchaste? ¿La escuchaste hablar, verdad?– preguntó, como desesperado por una confirmación, como si tuviera miedo de que hubiera sido una alucinación.Solo asentí ligeramente con la cabeza, confirmando, y él sonrió: una sonrisa genuina de alegría y alivio. Luego volvió a agacharse.–Querida, por favor, di solo una palabra, por favor–Ella continuó mirando hacia abajo.Leonardo soltó un suspiro, dejando caer los hombros, pero pronto levantó la cabeza y me miró, luego se quedó de pie frente a mí.–¿Puedes… puedes pedirle que hable?––¿Qué?– pregunté, confundida.–No
Inmediatamente me reprendí y sentí una culpa terrible por desearle daño a una niña, y corrí hacia ella.Me arrodillé frente a ella y mi pecho se apretó al mirar su rostro pálido, sus ojos muy abiertos, y por la forma en que respiraba noté que no era un simple ataque de pánico: también tenía asma, y ambas estaban reaccionando al mismo tiempo.Rápidamente abrí mi bolso y saqué un inhalador que siempre llevaba para los niños del centro. La hice apoyarse en mí y puse el inhalador en su boca. Pronto comenzó a inhalar mientras masajeaba lentamente su cuerpo con mi otra mano, susurrándole palabras suaves y tiernas.–Está bien, querida, ya pasó, ya pasó, todo está bien. Respira despacio, tranquila, estoy aquí, ya pasó, ya pasó–Se fue calmando poco a poco. Aparté los mechones de su rostro mientras la miraba fijamente, y mi pecho se apretó hasta doler. Era hermosa, perfecta: cabello castaño claro, ojos grises, la nariz y la boquita perfectas y delicadas como las de Leonardo, con el lunar debaj
Entré en la oficina ansiosa y con el corazón acelerado; mis manos sudaban mientras agarraba las asas de mi bolso, y cuando levanté la vista, mi corazón golpeó tan fuerte que dolió al ver a él.Leonardo.Después de cinco años, lo tenía frente a mí. Ese momento no parecía real; lo miraba y no podía asociar a aquel hombre con el que me había abandonado en la universidad. Estaba más alto, con un porte físico mayor, hombros anchos y brazos fuertes bajo la camisa blanca que marcaba sus músculos, el chaleco negro apenas ajustado a su pecho. Sus rasgos ya no eran suaves ni juveniles, ahora eran firmes y masculinos; sus ojos, más profundos y serios. Cuando levantó la cabeza, apartando la vista de los documentos sobre su mesa, y me miró, sentí un golpe en el estómago al encontrarse sus ojos castaño oscuro con los míos.Fue como si el tiempo se detuviera en ese instante.No sé cuánto tiempo nos miramos, solo sé que ninguno de los dos desviaba la mirada ni parecía tener intención de hacerlo.“¿Me
Después de dar clases a los niños y jugar con ellos, aproveché mientras descansaban y me quedé en la sala de informática haciendo mi currículum y cambiando mi nombre en los documentos. Siempre fui buena en informática y me habría graduado en esa carrera si no hubiera perdido la beca en la universidad, así que modificar los documentos no fue un gran problema. No podía dejar que él reconociera mi nombre en el currículum y me descartara de inmediato, así que cambié mi nombre: Helena Lima. Ese fue el nombre que elegí. Había posibilidad de que me reconociera por mi apariencia, ya que mi rostro no había cambiado mucho en estos cinco años, así que hice algunas ediciones en la foto que enviaría. Tenía que intentarlo; necesitaba al menos la oportunidad de estar frente a él ahora que era un hombre importante e inaccesible. Esa era la única oportunidad que tenía de acercarme a él y entrar en su vida.Después de modificar la información en los documentos, me concentré en el currículum, dándole un
5 años después…Después de cinco años sin mi hija, aún estaba allí, sentada en la cama, mirando la ropita que le había comprado con tanto amor. Gran parte de ella ya la había donado, pero decidí quedarme con algunas prendas; así podía, aunque fuera por un segundo, sentir que ella estaba cerca de mí.–¡Júlia!– oí golpes en la puerta principal y reconocí por la voz y por la hora quién era.Era Joaquim, el hombre que me había ayudado a llegar al hospital aquella noche, que me llevó del hospital a casa cuando perdí a mi bebé y que se encargó del entierro de mi hija. Se había convertido en un hermano para mí y, como siempre, todas las mañanas venía a mi casa para verme. Era un hábito que había desarrollado durante la época en que perdí a mi hija y caí en depresión: no salía de casa, no comía, solo me quedaba acostada en la cama abrazando la ropita que le había comprado y que ella nunca llegó a usar.Abrí la puerta y allí estaba él, con su sonrisa amplia y habitual en el rostro, y una cesta





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