POV Mara
El hambre tiene un sonido. Es un rugido hueco, como de cañerías viejas, que me sube desde el estómago hasta la garganta.
Llevo doce horas sin comer. Ayuno estricto para la curva de la glucosa. Para una persona normal, saltarse el desayuno es una molestia. Para una embarazada de cinco meses que fabrica huesos y tejidos a tiempo completo, es una tortura medieval.
Estamos sentados en la sala de espera del laboratorio. Son las ocho y cuarto de la mañana y la luz de los tubos fluorescentes parpadea con un zumbido que se te mete en el cerebro. Odio los hospitales. Huelen a limpio, a miedo y a desinfectante industrial.
Mi pierna derecha rebota arriba y abajo, un tic nervioso incontrolable. El tacón de mi bota golpea el suelo. Tac-tac-tac-tac.
De repente, una mano grande y caliente se posa sobre mi rodilla. Me aprieta con firmeza.
Me quedo paralizada. El movimiento cesa de golpe.
—Deja de mover la pierna —dice Elías en voz baja, sin levantar la vista de su iPad.
Siento el calor de su