Mundo ficciónIniciar sesiónAmelia es una mujer sencilla que ama su tranquilidad. Julian es un monstruo antiguo que solo conoce la obsesión. Amelia vive una vida perfecta en su pequeña rutina como restauradora de libros. Pero la paz se rompe cuando empieza a sentir una presencia en su habitación cada noche. No son solo sombras; son regalos imposibles que aparecen en su mesa, susurros en el viento y el aroma metálico de una flor que no debería existir. Alguien la observa. Alguien conoce sus secretos mejor que ella misma. Cuando el misterioso y magnético Julian entra en su librería, Amelia cae rendida ante su encanto gélido y sus ojos de una intensidad sobrenatural. Es el romance que siempre soñó, pero el sueño pronto se convierte en una pesadilla de seda. ¿Es Julian su protector o el depredador que ha estado marcando su territorio desde que ella era una niña? Mientras las desapariciones en la ciudad aumentan y Amelia descubre fotos de ella misma durmiendo escondidas en el despacho de Julian, tendrá que decidir: ¿Escapar para salvar su vida, o entregarse al hambre de un hombre que no la quiere solo por su amor... sino por su sangre?
Leer másEl lujo del ático del Aethelgard era un contraste violento con el lugar hacia donde se dirigían. Amelia sabía que para ganar una guerra no bastaba con ser un dios; necesitaba un ejército de aquellos que no tenían nada que perder.—Los "Suburbios de Sangre" —dijo Julian mientras bajaban por el ascensor privado—. Es donde el Cónclave arroja a los defectuosos. Vampiros que no pudieron controlar su sed, los que fueron convertidos por error, o los que simplemente se negaron a seguir las reglas aristocráticas de Valerius. Viven como ratas, Amelia. No te seguirán por lealtad, sino por hambre.—Entonces les daré algo mejor que sangre, Julian. Les daré propósito —respondió ella, mirando su reflejo en el acero del ascensor.Salieron a las calles laterales, donde los rascacielos proyectaban sombras eternas sobre callejones llenos de vapor y luces de neón parpadeantes. A medida que se adentraban en los barrios bajos de la ciudad, el aire se volvía más denso, cargado con el olor metálico de la
El sol de la mañana no era un verdugo, sino un heraldo.Amelia se detuvo en la cresta de la colina que dominaba el valle de la ciudad. El disco dorado acababa de romper el horizonte, bañando las torres de cristal y los tejados de hormigón con una luz ámbar. A su lado, Julian mantenía la respiración, con los músculos tensos, esperando el dolor abrasador, el olor a carne quemada y la ceniza. Pero no llegó.La luz del sol golpeó la piel de Julian y, en lugar de consumirlo, se refractó en las runas plateadas que ahora corrían bajo su superficie, haciéndolo brillar como si estuviera hecho de polvo estelar y obsidiana.—Es real —susurró Julian, extendiendo una mano hacia los rayos cálidos. Su voz estaba cargada de una reverencia casi religiosa—. Durante doscientos años, el sol fue mi tumba. Ahora... es mi aliado.Amelia lo miró. La conexión entre ellos vibraba con una intensidad nueva. Podía sentir el asombro de Julian, pero también su hambre renovada. Ella ya no se sentía como una hum
La atmósfera en la Abadía de San Judas había cambiado. El aire, antes viciado por el polvo de los siglos, ahora vibraba con una carga estática tan potente que el vello de los brazos de Amelia se erizaba. El amanecer que asomaba por el rosetón roto no traía la paz del día; traía el asedio.Desde su nueva conexión simbiótica, Amelia podía sentir a Julian como si fuera una extensión de su propio cuerpo. Su pulso, su respiración y, sobre todo, su nueva sed de justicia, eran una melodía compartida. Ya no había secretos entre ellos; solo una voluntad de hierro.—Ya están aquí —dijo Julian, ajustándose los puños de la camisa, ahora marcados por las runas plateadas que brillaban bajo su piel—. Valerius no ha venido sola. Siento la presencia de la Guardia de Ébano. El Cónclave ha enviado a sus ejecutores.Amelia se puso en pie en el centro del altar en ruinas. Su presencia parecía llenar el espacio vacío de la abadía.—Que vengan. He pasado demasiado tiempo siendo la presa en sus historias
El viaje a través de las arterias olvidadas de la ciudad fue una prueba de resistencia para ambos. Los túneles de mantenimiento, cubiertos de moho y ecos de trenes fantasmales, parecían estrecharse a medida que se alejaban del centro urbano. Julian caminaba con una rigidez que Amelia sentía a través de su vínculo; cada paso le costaba un fragmento de su menguante energía. Las líneas negras en sus brazos habían subido hasta su cuello, asomando por encima del cuello de su camisa como raíces venenosas que buscaban su garganta.—Ya casi estamos —susurró Julian, su voz era un raspado metálico.Salieron a la superficie en un bosque de pinos densos, donde la niebla se arrastraba por el suelo como un sudario. Frente a ellos, recortada contra un cielo gris plomizo que presagiaba el alba, se alzaba la Abadía de San Judas. Lo que antaño fue un lugar de oración era ahora un esqueleto de piedra, con arcos ojivales que se clavaban en el cielo como costillas expuestas. No había pájaros, ni insect
El silencio que siguió a su unión en el búnker no era de paz, sino de una tregua armada. El aire aún vibraba con la energía estática que Amelia había desatado, y el olor a ozono se mezclaba con el aroma metálico de la sangre. Julian se mantenía sentado al borde de la mesa de metal, observando cómo Amelia se envolvía en una manta de lana gris que había encontrado en un rincón. Ella se movía con una confianza nueva, una elegancia depredadora que hacía que el búnker pareciera pequeño para su presencia.—Me has dado tu poder, Julian —dijo Amelia, rompiendo el silencio. Su voz era tranquila, pero tenía el filo de una navaja—. Pero he sentido algo a través del vínculo. He sentido un vacío en ti que no es solo soledad. Hay una mancha, un dolor que intentas ocultar detrás de tus siglos de arrogancia.Julian no respondió de inmediato. Se pasó una mano por el cabello, deshaciendo la perfección de su peinado. Sus ojos rojos parecían más apagados, como brasas cubiertas de ceniza. Se levantó
El búnker olía a encierro y a una electricidad estática que parecía emanar directamente de los poros de Amelia. Julian había dispuesto una serie de velas en el centro de la sala principal, no por misticismo, sino para que ella tuviera puntos focales en la penumbra. Él sabía que el poder del Primigenio no era algo que se pudiera domar con fuerza bruta; era una cuestión de sintonía, de encontrar la frecuencia exacta entre la voluntad y la realidad.—Siéntate —ordenó Julian. Su voz intentaba recuperar el tono de autoridad que había perdido en el callejón, pero Amelia detectó una grieta de incertidumbre en él—. Tu proyección mental es como un grito en una habitación vacía. Es potente, sí, pero es caótico. Si sigues usándolo así, tu mente se quemará antes de que termine el mes. Debes aprender a susurrar.Amelia se sentó en el suelo frío, cruzando las piernas. El vestido rojo, ahora un harapo glorioso, se abría sobre sus muslos, pero a ella no le importaba la modestia. Miró la llama de l
Último capítulo