Mundo ficciónIniciar sesiónAmelia es una mujer sencilla que ama su tranquilidad. Julian es un monstruo antiguo que solo conoce la obsesión. Amelia vive una vida perfecta en su pequeña rutina como restauradora de libros. Pero la paz se rompe cuando empieza a sentir una presencia en su habitación cada noche. No son solo sombras; son regalos imposibles que aparecen en su mesa, susurros en el viento y el aroma metálico de una flor que no debería existir. Alguien la observa. Alguien conoce sus secretos mejor que ella misma. Cuando el misterioso y magnético Julian entra en su librería, Amelia cae rendida ante su encanto gélido y sus ojos de una intensidad sobrenatural. Es el romance que siempre soñó, pero el sueño pronto se convierte en una pesadilla de seda. ¿Es Julian su protector o el depredador que ha estado marcando su territorio desde que ella era una niña? Mientras las desapariciones en la ciudad aumentan y Amelia descubre fotos de ella misma durmiendo escondidas en el despacho de Julian, tendrá que decidir: ¿Escapar para salvar su vida, o entregarse al hambre de un hombre que no la quiere solo por su amor... sino por su sangre?
Leer másEl silencio que siguió a la caída de la Estación Ícaro no fue de paz, sino de agotamiento. Tres meses habían pasado desde que el cielo de Argentia dejó de brillar con el azul eléctrico de Silas, recuperando su tono violeta natural. Sin embargo, en el Palacio de los Vance, las luces nunca se apagaban.El Reposo del EscudoEn la cripta real, tallada en el corazón de la montaña de cristal, el cuerpo de Alistair descansaba sobre un lecho de plata pura. No era una tumba, sino un capullo. Las heridas de su piel se habían sellado, pero sus ojos seguían cerrados. Amelia pasaba allí la mayor parte del tiempo. Su luz, antes una explosión solar, ahora era un suave resplandor de vigilia.—Ha pagado el precio de nuestra libertad —susurró Amelia, sintiendo la presencia de Julian a sus espaldas.Julian Vance ya no vestía su armadura de batalla. Su brazo de cristal negro, ahora inerte y opaco, colgaba a su costado como un recordatorio de la tiranía que habían derrocado. Se acercó a su esposa y puso s
La Estación Ícaro no era una construcción. Era una estrella hueca. Ubicada en la corona de la estrella más cercana a Argentia, la superestructura de los Arquitectos brillaba con una luz blanca cegadora, pero su interior era un laberinto de cristal negro y éter condensado. La familia Vance emergió del portal de sangre y luz en una plataforma de observación que ofrecía una vista vertiginosa del corazón del reactor.El calor era insoportable, pero el cuerpo de Julian, ahora más conectado que nunca a su Sed Primigenia, lo absorbía como si fuera una manta. Amelia irradiaba su luz para proteger a Alistair y Elias de la radiación. Alistair, con su armadura de plata emitiendo un brillo protector, mantenía su espada lista. Elias, envuelto en sus sombras, miraba los flujos de datos que recorrían las paredes como si leyera un libro abierto.—Aquí está el cerebro de Silas —dijo Julian, su voz resonando con una mezcla de furia y concentración—. Todo lo que ha asimilado, cada mente que ha pervertid
El amanecer en Argentia Magna no trajo consuelo. El cielo, antes de un azul cobalto, estaba ahora surcado por nubes de estática electromagnética, un efecto secundario del "Protocolo de Recolección" que Silas había activado desde la mente de Julian. La ciudad se sentía como un animal acorralado; el aire vibraba con una frecuencia que ponía los nervios de punta y hacía que los animales domésticos aullaran sin cesar.Julian Vance estaba en el balcón del Gran Salón, observando el despliegue de las tropas de la Guardia Real. Sin embargo, no eran sus órdenes las que se estaban ejecutando. Abajo, en la plaza, Valerius estaba moviendo los batallones de Ecos hacia el Nexo, pero las lanzas de éter no apuntaban hacia el espacio. Apuntaban hacia el palacio.—Míralos, Julian —susurró la voz de Silas, ahora con una claridad cristalina en su mente—. Tu perro más fiel ha olido la podredumbre en su amo. La lealtad es un concepto biológico muy frágil. Se rompe con un poco de miedo y una buena dosis de
La victoria sobre los mercenarios de la Fundación Tierra había devuelto el orden a las calles de Argentia, pero no la paz al palacio. Julian Vance estaba de vuelta en su trono, pero el asiento de obsidiana se sentía más frío que nunca. Aunque su memoria había regresado con la fuerza de un alud, el Julian que habitaba ahora su cuerpo no era el mismo. Había algo... una interferencia en la señal de su propia existencia.Julian se encontraba en sus aposentos privados, frente al gran espejo de plata. Se había quitado la túnica, dejando al descubierto el entramado de cicatrices que recorría su torso. Su brazo derecho temblaba levemente.—Mírate, Julian —una voz resonó no en la habitación, sino en el centro de su lóbulo temporal—. Un rey con un solo brazo, sosteniendo un reino de cristal roto con hilos de sangre. Qué desperdicio de potencial.Julian apretó los dientes, cerrando su único puño. —Cállate, Silas. Estás muerto. Te vi desintegrarte en la Fundición.—¿Muerto? Un algoritmo no muere,
El cielo de Argentia se había teñido de un gris ceniza, surcado por las estelas de fuego de las cápsulas de desembarco de la Fundación Tierra. Los mercenarios, soldados de fortuna mejorados con biotecnología ilegal, no buscaban diálogo; buscaban los depósitos de éter refinado que Julian había acumulado durante años. La ciudad, privada de su Malla protectora, era una herida abierta que atraía a los carroñeros del espacio.Julian Vance, o el hombre que creía ser el Cabo Julian Miller, caminaba por el patio de armas. Llevaba una pechera de cuero y su espada de obsidiana colgada a la espalda, un peso que le resultaba extraño pero extrañamente reconfortante. A su alrededor, los Ecos se movilizaban con una eficiencia gélida, ignorándolo por órdenes de Valerius.—¿Estás listo, "Cabo"? —preguntó Alistair, acercándose con su armadura de plata reluciente. Su tono era amargo, pero sus ojos delataban una preocupación profunda.—No entiendo vuestra tecnología, chico —respondió Julian, ajustándose
El despertar de Julian Vance no fue acompañado por el estruendo de la guerra, sino por un silencio blanco y aséptico. Se encontraba en la enfermería real, un espacio que Amelia había intentado impregnar con el aroma de jazmines frescos para mitigar el olor a ozono y medicina. La luz del sol de Argentia se filtraba por las ventanas, pero Julian no veía el planeta que había gobernado; veía fantasmas.Sentada a su lado, Amelia sostenía su mano de carne. Sus ojos plateados estaban enrojecidos por la falta de sueño. Cuando Julian abrió los ojos, ella dejó escapar un suspiro que fue mitad sollozo, mitad alivio.—Julian... gracias a los dioses. Estás de vuelta.Julian parpadeó con lentitud. Miró a la mujer que tenía enfrente como si fuera una aparición de un sueño febril. Intentó incorporarse, pero el dolor en su hombro izquierdo lo devolvió a la almohada.—¿Quién...? —su voz era un hilo ronco, carente de la autoridad de un rey—. ¿Dónde está el Capitán Miller? Se supone que teníamos guardia
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