Mundo ficciónIniciar sesiónA sus 203 años, Artemis ha sobrevivido a tragedias que habrían destrozado a cualquier otra loba. Como Alfa de la Manada, Lobo Salvaje ha demostrado ser una líder implacable, justa y poderosa, pero el tiempo corre en su contra. Sin un mate a su lado y sin herederos que aseguren su linaje, su hermano menor, Daemon, ve la oportunidad perfecta para arrebatarle el trono que por derecho le pertenece a ella. Con su compañera destinada y dos hijos varones que prometen estabilidad, Daemon ha comenzado a tejer una red de traición entre los miembros del consejo. Artemis no se rendirá sin luchar. Si la tradición exige un mate y herederos, los conseguirá. Su plan es audaz y desesperado. Viajar al Norte Oscuro y proponer una alianza matrimonial al mismísimo Rey Ragnar, el lobo más poderoso de todos los territorios, quien tampoco ha encontrado a su pareja destinada. Sin embargo, las leyendas sobre el Rey del Norte son tan aterradoras como contradictorias. Algunos dicen que es un fantasma. Otros, que es un monstruo que devora a quienes osan acercarse a su fortaleza. Lo que nadie sabe es la verdad que se oculta tras los muros de obsidiana de su castillo. Cuando Artemis cruza el umbral del Norte Oscuro buscando un aliado, lo que encuentra es una bestia colosal de pelaje negro como la noche y ojos que arden con furia ancestral. Un ataque. Sangre. Dolor desgarrador en su propio corazón. Y una pregunta que podría cambiar su destino para siempre. ¿Por qué le duele tanto herir a una criatura que intentó matarla? En un mundo donde la traición acecha en las sombras y los secretos pueden ser mortales, Artemis deberá decidir si confía en su instinto... o en las advertencias que llegan demasiado tarde.
Leer másLa nieve caía sobre el bosque del Norte Oscuro, tan espesa que Artemis apenas podía distinguir los árboles que se alzaban como centinelas espectrales a ambos lados del camino. Cada copo que tocaba su piel se derretía al instante, incapaz de sobrevivir al calor que irradiaba de su cuerpo tenso, preparado para cualquier peligro.
Ella no tenía miedo. El miedo era un lujo que había enterrado hacía más de un siglo, junto con las cenizas de su familia.
—Alfa, aún estamos a tiempo de regresar —murmuró Lyra a su espalda, su Beta y única compañera en este viaje suicida. Su voz apenas temblaba, mostrando un matiz que sólo alguien que la conociera desde cachorra podría detectar.
Artemis no se detuvo. Sus botas se hundían en la nieve con esa determinación implacable que tanto viejos como niños en su manada conocían muy bien.
—No hay regreso, Lyra. Lo sabes tan bien como yo. —respondió Artemis.
El castillo apareció ante ellas como una aparición nacida de las pesadillas. Muros de obsidiana negra que parecían absorber la poca luz del día, torres que se clavaban en el cielo gris como garras. No había guardias visibles, no había antorchas encendidas, no había señales de vida.
Solo el fuerte soplar del viento y el silencio.
Un silencio que hacía que cada instinto de supervivencia en el cuerpo de Artemis gritara que huyera.
—Dicen que nadie que ha entrado aquí ha vuelto a salir —susurró Lyra.
—Entonces seremos las primeras. —Artemis alzó su barbilla, sus ojos dorados brillando lista para un desafío—. Toca la puerta.
Lyra obedeció, aunque su mano tembló al golpear el metal oscuro tres veces. El sonido resonó como un trueno, demasiado fuerte.
La puerta se abrió sola y Artemis entró sin vacilar, aunque su loba interior se revolvía inquieta bajo su piel. El gran salón estaba vacío, iluminado apenas por pequeñas brasas en una chimenea muy alta. Las paredes estaban decoradas con armas antiguas y estandartes destrozados, trofeos de batallas que debieron ser épicas.
Artemis estaba fascinada, pero recordó que era lo que hacía en ese lugar.
—¿Rey Ragnar? —Su voz resonó por todo el lugar—. Soy Artemis, Alfa de la Manada Lobo Salvaje. Vengo a solicitar una audiencia. —Nada. Sólo el crepitar del fuego agonizante.
—Vengo en son de paz, con una propuesta que beneficia a ambos—. Dio un paso adelante, sus sentidos alerta—. Sé que estás aquí. —dijo al escuchar el latir de un acelerado corazón adicional al de Lyra.
Luego, un gruñido resonó desde las sombras al fondo del salón como el retumbar de un terremoto.
Artemis sintió cómo cada vello de su cuerpo se erizaba. Ese no era el gruñido de un lobo común. Era algo más poderoso, más... salvaje.
—Lyra, sal. Ahora.
—Alfa, no pienso dejarte…
—¡Es una orden! —gritó, pero la bestia emergió de las sombras antes de que Lyra pudiera moverse.
Era inmensa.
Tan grande que su cabeza llegaba casi hasta el techo del salón, su pelaje negro lo hacía parecer parte de la obsidiana de las paredes, sus ojos... Diosa Selene, sus ojos ardían con un rojo carmesí que no tenía nada de natural. Espuma blanca goteaba de sus fauces repletas de colmillos del tamaño de dagas.
No había rastro de humanidad en esa mirada. Solo hambre y furia.
El lobo negro se lanzó directo hacia ella, pero Artemis se transformó en un segundo. Sus ropas estallaron mientras su cuerpo se expandía, huesos recolocándose, pelaje largo y rojo brotando de su piel. Su loba era grande, poderosa, la expresión física de dos siglos de supervivencia y dominio, pero esta criatura la superaba en tamaño por mucho.
La mandíbula del monstruo se cerró donde su cuello humano había estado un instante antes. Artemis rodó sus garras buscando carne, encontrando el costado de la bestia y abriéndolo en cuatro surcos profundos.
La criatura aulló, un sonido tan terrible que hizo temblar las paredes de piedra. Se giró con una velocidad imposible para algo tan masivo y embistió. Artemis intentó esquivarlo, pero no fue lo suficientemente rápida.
El impacto la lanzó contra un pilar de piedra. Sintió dos de sus costillas quebrarse.
—Levántate. Levántate o mueres aquí. —le dijo a Scarlet, su loba, quien estaba en control total.
Se puso de pie justo cuando aquellos feroces colmillos volvían a lanzarse hacia ella. Esta vez, Artemis no esquivó. Se lanzó hacia adelante, directo a la garganta de la bestia.
Sus colmillos encontraron carne. Sangre caliente inundó su boca mientras mordía con toda la fuerza que sus colmillos podían generar. La bestia se sacudió violentamente, intentando desprenderla, pero Artemis se aferró con las patas delanteras a su cuello masivo, sus garras hundiéndose profundamente en el pecho de la bestia.
Tenía que terminar esto, con un movimiento brutal y rápido, desgarró el cuello de su oponente. Sintió la yugular ceder bajo sus colmillos.
La bestia se desplomó.
Artemis retrocedió, jadeando, su pelaje empapado en sangre oscura. La criatura yacía inmóvil en el suelo de piedra, un charco carmesí expandiéndose lentamente bajo su enorme cuerpo.
Debería sentirse victoriosa o aliviada por haber vencido a su oponente, pero entonces el dolor llegó. No el dolor de sus costillas rotas o sus músculos magullados. Eso era diferente, como si alguien hubiera clavado garras ardientes directamente en su corazón y las estuviera retorciendo, arrancando algo vital de su interior.
Artemis se transformó de vuelta a su forma humana, desnuda y ensangrentada, cayendo de rodillas. Se llevó una mano al pecho, sin poder respirar.
¿Qué nos está pasando, Scarlet...? —le preguntó a su loba, pero Scarlet solo se fue a una esquina de su mente guardando silencio.
La bestia tampoco se había movido. La sangre ya no fluía de su garganta. Su enorme pecho no se elevaba.
Artemis gateó hacia ella, ignorando el dolor de sus costillas, ignorando también la voz de Lyra gritando su nombre desde algún lugar lejano.
Sus manos temblaban cuando tocaron el pelaje negro. Todavía estaba tibio.
—No... —susurró, sin entender por qué las lágrimas quemaban sus ojos—. No, no, no...
¿Por qué le dolía tanto? ¿Por qué sentía que acababa de arrancar un pedazo de su propia alma?
Y entonces, bajo su palma, sintió un latido débil. Casi inexistente, pero estaba ahí.
—¡Lyra! —Su voz sonó rota, desesperada—. ¡Lyra, necesito ayuda! ¡¡Ahora!! —No sabía por qué. No entendía esa necesidad irracional de salvar a la criatura que había intentado matarla.
Solo sabía que la aterraba hasta los huesos, que si esa bestia moría… Algo en ella moriría también.
----
Sean bienvenid@s a esta nueva historia, será un desafío al ser mi primera novela de fantasía romántica. Espero que disfruten mucho de esta nueva historia.
Ragnar no tuvo tiempo de pensar.Solo de reaccionar.Scarlet se estrelló contra él con la fuerza de un terremoto, sus garras rasgando, sus mandíbulas buscando su garganta. Ragnar rodó, apenas esquivando, sintiendo sus colmillos rozar su hombro con suficiente fuerza como para rasgar piel.—¡Artemis! —gritó, no atacando de vuelta, solo defendiéndose—. ¡Artemis, soy yo! ¡No soy tu enemigo!Pero Scarlet no escuchaba. O no podía escuchar. Sus ojos eran oro sólido, sin rastro de reconocimiento, solo furia pura destilada.—Mentiroso. —La voz que salió de la loba era distorsionada, múltiple, como si mil voces hablaran al unísono—. Traidor. Asesino.Se lanzó de nuevo, y esta vez Ragnar no pudo esquivar completamente. Sus garras abrieron su costado, el dolor explotó a través de su sistema nervioso.Es real. El dolor aquí es real.—¡No quiero pelear contigo! —Ragnar retrocedió, sus manos levantadas—. ¡Por favor, solo escúchame!—¿Escucharte? —Scarlet se rió, el sonido áspero y quebrado—. Te escu
El amanecer llegó frío y gris sobre Lunaris. Ragnar no había dormido. Había pasado la noche entera en el bosque, luchando con demonios que no podía vencer con garras o colmillos. Finalmente, cuando el sol tocó el horizonte, tomó su decisión.Huir no resuelve nada. Esconderse no protege a nadie.Se vistió con la ropa que Rifen había dejado y caminó de regreso al castillo con pasos pesados pero decididos.El patio principal estaba dividido en dos campos claramente separados. A la izquierda, lobos de Lunaris se agrupaban, sus expresiones oscuras, sus posturas defensivas. A la derecha, lobos de Lobo Salvaje hacían lo mismo, algunos con vendajes todavía de sus heridas de cautiverio, pero todos con la misma mirada de traición y furia apenas contenida.El espacio entre ambos grupos era como un abismo invisible. Nadie lo cruzaba. Nadie siquiera lo miraba.Rifen estaba en el medio, junto con Tormund y algunos otros guerreros de confianza que recién habían llegado, intentando mantener algún sem
Artemis corrió.No caminó con dignidad de Alfa, no mantuvo la compostura. Simplemente corrió, sus pies descalzos golpeando la piedra fría del castillo, sus pulmones quemando, su visión borrosa por lágrimas que no podía detener.Las imágenes seguían reproduciéndose en su mente como un buque interminable.Las garras de Ragnar perforaron su abdomen hace un siglo. Sus ojos, los mismos ojos azules que la habían mirado con tanto amor días atrás y hace solo unos minutos atrás, ya la habían visto llenos de odio puro."Maldita sea, Selene, por emparejarme con una loba asesina como tú."Las palabras habían sido suyas. De su Ragnar. De su mate. Pareciera que hubieran sido dichas en otra realidad, pero las palabras eran reales. El odio era real y él la había herido. Había intentado matarla.Artemis llegó a su habitación, cerrando la puerta de golpe detrás de ella. Se desplomó contra la madera, deslizándose hasta el suelo mientras los sollozos la sacudían completamente.—No es justo. —Las palabras
Un día antes de la llegada de Tormund,La ceremonia de unificación se había planeado para el anochecer, cuando la luna llena se elevaría sobre Lunaris en todo su esplendor.El patio principal del castillo había sido transformado. Antorchas ardían en círculos, sus llamas proyectando sombras vivientes sobre la piedra de obsidiana. Flores que Artemis nunca había visto antes, nacidas de la magia del bosque, brotaban entre las grietas, emitiendo un resplandor suave y hermoso.Todos los habitantes estaban presentes, determinados a presenciar ese momento histórico.Artemis estaba de pie en el centro del círculo más interno, vestida con una túnica ceremonial de color blanco que reflejaba la luz de la luna como agua líquida. Su cabello estaba trenzado con cuentas de obsidiana y cristal, símbolos tanto de Lobo Salvaje como de Lunaris entrelazados.Su mano descansaba inconscientemente sobre su abdomen, donde su hijo crecía. Cuatro semanas ahora y su cachorro ya se hacía notar. Su periodo de gest
Último capítulo