LA DECISIÓN

Artemis no podía encontrar paz desde ese momento y mucho menos cuando llegó la oscuridad de la noche.

Estaba de pie en su balcón, mirando las estrellas, su mente dando vueltas en círculos. El viento frío de la madrugada azotaba su rostro, pero apenas le daba importancia. El mensaje de Rifen resonaba una y otra vez en su cabeza como un tambor de guerra.

El Rey Ragnar requiere su presencia. Ya no puedes seguir huyendo de mi llamado. El destino te está alcanzando y si tu no vienes a mi, yo mandaré por ti.

Ella había pasado años con la idea de viajar al Norte Oscuro clavada en su mente como una astilla que no podía sacar. Tiempo de pesadillas donde hería a una bestia y sentía morir algo dentro de ella. Sin olvidarse de las excusas por posponer su viaje y de convencerse a sí misma de que había tiempo y ahora el tiempo se había acabado.

—Sabía que estarías aquí. —dijo Lyra, de manera cuidadosa para no asustarla. Era el que usaba cuando creía que Artemis estaba al borde de tomar una decisión terrible.

—No podía dormir —dijo Artemis sin apartar la mirada de las estrellas.

—No has podido dormir bien en tres años. —Lyra se acercó, envolviéndose en su capa contra el frío—. Desde la primera vez que tuviste ese sueño. —Artemis cerró los ojos. No podía negarlo.

—Dime por qué no fuiste. —preguntó Lyra con curiosidad—. Hace tres años, cuando la idea vino a ti. Cuando pensaste en ir al Norte Oscuro a buscar una alianza. ¿Por qué nunca lo hiciste?

—Porque soy una cobarde. —Las palabras salieron antes de que Artemis pudiera detenerlas. Lyra se quedó en silencio por un momento.

—Tú eres muchas cosas, Art. Una guerrera. Una líder. Una sobreviviente, pero, ¿cobarde? Esa es la última palabra que usaría para describirte.

—¿Entonces qué soy? —Artemis se giró bruscamente, y Lyra pudo ver las lágrimas acumulándose en sus ojos dorados—. ¿Qué clase de Alfa tiene pesadillas sobre un lugar al que nunca ha ido? ¿Qué clase de líder siente dolor por una criatura que ni siquiera sabe si existe?

—Una que está conectada con su destino de formas que no entiende. —Lyra dio un paso adelante, tomando las manos de Artemis entre las suyas—. Y que tiene miedo de lo que ese destino podría significar.

Artemis dejó escapar una risa quebrada.

—Miedo. Sí. Esa es la palabra. —Se apartó, caminando de regreso al borde del balcón—. Tengo miedo de que sea real, Lyra. Tengo miedo de ir allí y encontrar exactamente lo que he estado soñando. Tengo miedo de que ese dolor sea verdadero.

—¿Y tienes más miedo de eso que de perder tu manada a manos de Daemon? —Artemis se giró y apretó la barandilla hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—No voy a perder mi manada. —Sus ojos cambiaron de color nuevamente por un rojo que hizo que Lyra diera un paso hacia atras.

—Entonces tendrás que tomar una decisión. Esta noche. —Lyra se paró junto a ella, mirando también hacia la oscuridad—. Rifen está esperando tu respuesta y no creo que sea el tipo de lobo que acepta un no fácilmente. —Como si hubiera sido invocado por sus palabras, un golpe sonó en la puerta de la habitación.

Artemis y Lyra intercambiaron una mirada. Artemis respiró profundo pensando que fuera eso y no más problemas con Daemon.

—Adelante. —La puerta se abrió y Rifen entró, únicamente en un pantalón de cuero, con su pecho descubierto, sus hombros sostienen la túnica que Lyra le entregó por la mañana. Su mirada fue a Lyra. Muy silenciosa y que lo vendía como un depredador nato. Incluso en forma humana, había algo profundamente salvaje en él.

—Alfa Artemis. Perdone la intrusión. —Sin embargo, su cordialidad no lo liberó de la molestia de la Alfa.

—¿El Rey no puede esperar hasta el amanecer por su respuesta? —preguntó Artemis, manteniendo la calma, pero sin poder controlar el sarcasmo. No le gustaba sentirse presionada y peor en esa situación en la que se encontraba su manada.

Rifen cerró la puerta detrás de él y caminó hacia el balcón, deteniéndose a una distancia respetuosa. Lyra se tensó ligeramente cuando él pasó cerca, y Artemis no pudo evitar notar cómo los ojos del guerrero se deslizaron brevemente hacia su Beta antes de regresar a ella.

—Alfa. La verdad es que… el Rey no sabe que estoy aquí. Actué por mi cuenta al venir a buscarle. —Eso capturó la atención de Artemis.

—¿Actuar por tu cuenta? ¿Un Beta desobedece a su Rey?

—Un beta hace lo que es necesario para salvar a su Rey. —Rifen se cruzó de brazos, su expresión era inquebrantable—. Incluso si eso significa traicionar órdenes directas.

—Explícate. —Rifen miró hacia las montañas del norte, visibles apenas en la distancia bajo la luz de las estrellas.

—Hace tres años, el Rey tuvo... un episodio. Más violento que de costumbre. Destruyó la mitad del ala sur del castillo. Mató a dos guardias antes de que pudiéramos contenerlo. —Relató completamente sin emoción, pero Artemis podía sentir el peso detrás de las palabras—. Cuando finalmente se calmó, lo encontramos sangrando. Heridas que no le habíamos infligido. Heridas en su costado, su garganta. Como si hubiera estado en una batalla.

Artemis sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—Y esa misma noche... —continuó Rifen, girándose para mirarla directamente—, tú tuviste tu primer sueño. ¿No es así? —dijo, tratando a Artemis como su igual.

—Insolente, muéstrale respeto a mi Alfa. —dijo Lyra, pero Artemis subió su mano, indicando que se calmara.

—¿Cómo diablos sabes eso? —preguntó la Alfa de forma titubeante.

—Porque el Rey colapsó al día siguiente. No comió durante semanas. Se volvió... diferente. Más bestia, pero tampoco menos humano. Solo... roto. —Rifen dio un paso hacia ella—. Me tomó meses juntar las piezas. Investigué con los brujos de la manada. Escuché rumores entre las criaturas del bosque y eventualmente, tu nombre llegó a mis oídos. Una Alfa sin mate. Poderosa, pero solitaria y que repentinamente comenzó a mostrar signos de insomnio, de inquietud.

—Eso no prueba nada.

—¿No? —La sonrisa de Rifen era triste—. Entonces explícame por qué cuando pronuncié tu nombre frente al Rey hace dos semanas, él reaccionó por primera vez en tres años. Porque sus ojos se volvieron azules por un momento. Porque me ordenó, con la poca humanidad que le queda, que nunca, bajo ninguna circunstancia, te llevara ante él.

El silencio que siguió fue muy incómodo, pero fue interrumpido por el viento que sopló con fuerza y Artemis podía sentirlo presionando contra su pecho.

—Por eso actúo por mi cuenta. —dijo Rifen suavemente—. Porque mi Rey está atrapado en una maldición que solo tú puedes romper. Y porque tú estás atrapada en una vida que te está matando lentamente. Los he visto a ambos sufrir durante tres años. Y no puedo, no voy a quedarme de brazos cruzados cuando la solución está parada frente a mí.

—No entiendo, no me quiere cerca y me quiere cerca a la vez. Esas fueron tus palabras cuando llegaste. Y ahora según soy una solución —siseó Artemis—. Soy una loba líder de una manada y con responsabilidades.

—Cuando le pregunté sobre qué te diría si estuvieras frente a él. Esas fueron sus palabras y terminó diciendo que eso nunca sucedería. Lo sé, eventualmente, yo recibiré un castigo, pero me debe muchas cicatrices. —Rifen asintió—. Y por eso vine en este momento. Cuando tu manada está bajo amenaza. Cuando necesitas aliados. Cuando una unión con el Rey del Norte no solo salvaría tu trono, sino que también podría salvar su alma.

—Estás jugando con fuego, Rifen.

—He estado viviendo en fuego durante ochenta años, Alfa. —Su voz se endureció—. He visto al mejor Rey que este mundo ha conocido convertirse en un monstruo porque el destino fue cruel con él. He protegido un castillo vacío, he mantenido un reino que se desmorona, he esperado un milagro que pensé que nunca llegaría. —Dio otro paso hacia ella, su presencia invadiendo el espacio entre ellos, pero su mirada seguía en Lyra.

—Y entonces te vi luchar hoy. Vi la forma en que proteges a tu gente. La forma en que te niegas a rendirte incluso cuando todo está en tu contra y supe que eras digna de él. Digna del hombre que era antes de que la oscuridad lo consumiera.

Artemis sintió lágrimas quemando sus ojos nuevamente. Se obligó a no dejarlas caer y mucho menos a dejar que él las viera. Por lo que se giró viendo para el bosque y se las limpió con urgencia.

—¿Y si voy allí y no soy su mate? ¿Y si todo esto es una coincidencia elaborada?

—¿Lo crees realmente? —preguntó Rifen—. ¿Crees que el dolor que sientes en tus sueños es coincidencia? ¿Que el vacío en tu pecho después de años es solo mala suerte?

—No lo sé. —La voz de Artemis se quebró, solo ella sabía lo mucho que le ha dolido a lo largo de los años su soledad—. No sé qué creer.

—Entonces ven a averiguarlo. —Rifen extendió su mano—. Ven al norte. Conoce al Rey y si al final decides que no hay nada ahí para ti, te traeré de regreso yo mismo, pero al menos sabrás. Al menos no pasarás el resto de tu vida preguntándote qué habría pasado si hubieras sido lo suficientemente valiente para descubrirlo.

Artemis miró la mano extendida. Luego miró a Lyra, que había permanecido en silencio durante todo el intercambio.

—¿Lyra? —Su Beta se acercó, tomando su rostro entre sus manos. Lyra, no solo era su leal beta, era su mejor amiga, su hermana, ese apoyo que nunca tuvo de parte de su propia sangre.

—Has pasado toda tu vida siendo fuerte para todos los demás. Tal vez es hora de que seas fuerte para ti misma. —Besó su frente—. Y no importa lo que decidas, estaré a tu lado.

Artemis cerró los ojos, respirando profundamente. Pensó en Daemon y los traidores que esperaban que fracasara. En su manada que necesitaba estabilidad. En las pesadillas que la perseguían. En el dolor fantasma que no podía explicar.

Y pensó en una bestia de ojos rojos que tal vez, estaba esperándola en la oscuridad. Abrió los ojos y tomó la mano de Rifen.

—Iré, pero con condiciones. —Rifen no sonrió, pero respiró aliviado.

—Escucho.

—Primero: Lyra viene conmigo. No es negociable.

—Aceptado.

—Segundo: Antes de partir, voy a asegurarme de que mi manada está protegida. Eso significa dejar órdenes claras, una cadena de mando, y asegurarme de que Daemon no puede intentar nada mientras estoy fuera.

—Razonable.

—Tercero... —Artemis apretó su agarre—, si llego allí y siento que esto es una trampa, que tu Rey es realmente el monstruo que todos dicen que es, me voy y ni tú ni nadie me detendrá. —Rifen la miró a los ojos por un largo momento. Luego asintió lentamente.

—Acepto tus condiciones. —Soltó su mano y dio un paso atrás—. ¿Cuándo partimos? Artemis miró hacia el este, donde la luna iluminaba su manda.

—Al amanecer. —Se giró hacia ellos—. Tengo un ultimátum que cumplir primero.

Pocas horas después,

El gran salón estaba lleno cuando Artemis entró dos horas después. El sol apenas comenzaba a elevarse sobre el horizonte, pintando todo de dorado y carmesí. Los lobos que habían presenciado el desafío se habían quedado toda la noche esperando. Esperando para ver quién se iría y quién se quedaría.

Daemon y su familia estaban en un extremo del salón, rodeados de los tres consejeros que claramente habían elegido su lado. Xandro, su rostro era una máscara de resentimiento y sin señales de los golpes de la Alfa. Cassandra mantenía su barbilla alta, desafiante hasta el final.

Los leales estaban del otro lado. Aldric al frente, su bastón golpeando el suelo rítmicamente. Isla y las otras omegas agrupadas cerca de la entrada. Los guerreros que habían peleado junto a Artemis en guerras pasadas. Los ancianos que recordaban cómo había salvado la manada de la extinción y en el centro, esperando, estaba la decisión de cada lobo.

Artemis caminó hasta su trono, pero no se sentó. Se paró frente a él, Lyra a su derecha, Rifen a su izquierda imponente.

—Es hora —dijo Artemis—. El amanecer ha llegado y con él, la decisión que cada uno de ustedes debe tomar.

Recorrió el salón con la mirada, identificando cada rostro.

—Los que permanezcan bajo mi liderazgo lo hacen sabiendo que los protegeré con mi vida. Que nunca permitiré que los débiles sean abusados. Que la justicia será impartida sin favoritismos, sin importar el linaje o el rango —Sus ojos se posaron en Daemon—. Y que la traición no será tolerada jamás. —Se giró hacia los que habían dudado.

—Los que elijan irse lo hacen sabiendo que esta decisión es final. No habrá segundas oportunidades. No habrá regresos. Una vez que crucen el límite de nuestro territorio, dejan de ser parte de la Manada Lobo Salvaje para siempre.

El silencio era absoluto.

—Así que elijan. Ahora. —Para su sorpresa. Thosam se alejó de sus padres.

—Pido disculpas públicamente por la avaricia y codicia que abruma a mi familia. No obstante, no dejaré que me arrastren con ellos. Por eso si me lo permite, Alfa. Quiero quedarme. He encontrado a mi mate y no pienso dejar que un status me aleje de ella. —Durante un momento eterno, nadie se movió. Luego todo estalló en murmullos. Las palabras de Thosam, parecían difíciles de creer para algunos en el lugar, pero Artemis conocía el corazón noble de Thosam. Estaba feliz por su sobrino.

—Te lo concedo, Thosam. —Él se alejó del todo de sus padres y se colocó cerca de Alfrin.

—¡Eres un maldito traidor! No debí permitir que tu madre te diera a luz.

—Lo hubieras hecho, padre. Así nos estaríamos ahorrando el mal momento. —Daemon quería descuartizar a su hijo. Despellejarlo vivo, pero no lo podía hacer. Mucho menos enfrente de la manada. Entonces, uno de los consejeros que había estado junto a Daemon dio un paso adelante. Luego otro. Caminaron hacia Artemis y se arrodillaron.

—Perdónanos, Alfa —dijo el primero, intentando encontrar su voz—. Fuimos tontos. Nos dejamos llevar por palabras vacías.

—Queremos quedarnos —añadió el segundo—. Si nos permites redimir nuestro error.

Artemis los estudió por un largo momento. Podía oler su miedo, su arrepentimiento genuino. Podía también oler la rabia que emanaba de Daemon al ver su apoyo desmoronarse.

—Se quedan —dijo finalmente—. Pero en el momento en que vuelva a detectar siquiera un atisbo de traición, no habrá misericordia.

—Gracias, Alfa. Gracias. —Los dos consejeros se levantaron y se movieron hacia el lado de los leales.

Eso dejó solo uno junto a Daemon. Un lobo viejo llamado Maddox, que había servido con el padre de Artemis y siempre había resentido que ella fuera elegida sobre Daemon.

—¿Maddox? —preguntó Artemis—. ¿Cuál es tu decisión? —El viejo lobo escupió en el suelo.

—Me voy con el verdadero heredero. Con el que debió ser Alfa desde el principio.

—Así sea. —Artemis no mostró emoción—. ¿Alguien más? —Nadie se movió. Incluso algunos que había pensado que apoyarían a Daemon se quedaron inmóviles, mirando al suelo.

Cassandra siseó su frustración.

—¡Cobardes! ¡Todos ustedes!

—Cassandra. —La voz de Daemon era cansada—. Basta. —Se adelantó, llevando a su mujer y a su hijo, Xandro todavía intentaba parecer desafiante, pero su miedo era muy evidente en su rostro.

—Nos vamos —dijo Daemon, mirando a Artemis—. Pero esto no termina aquí, hermana.

—Oh, pero sí termina. —Artemis bajó del estrado, caminando hacia él hasta que estuvieron cara a cara—. Porque si alguna vez, vuelvo a verte en mi territorio, si alguna vez intentas dañar a mi gente, si te atreves a amenazar lo que he construido… —Se inclinó cerca, su voz bajando a un susurro letal que solo él podía escuchar.

—No habrá juicio ni consejo que valga. Te mataré con mis propias manos y dormiré como un bebé esa noche. ¿Entendido? —Daemon tragó con dificultad, pero mantuvo su mirada.

—Entendido.

—Bien. —Artemis se enderezó—. Tienes hasta el mediodía para recoger tus cosas y salir de mi territorio. Maddox, tú también.

Se giró hacia el resto de la manada.

—Para todos los demás, esto es un nuevo comienzo. Un nuevo capítulo para la Manada Lobo Salvaje y les prometo que será glorioso. Las celebraciones explotaron en el salón. Los lobos aullaban su aprobación, golpeaban el suelo con los pies, gritaban su nombre.

Artemis los dejó celebrar por un momento antes de levantar una mano para silenciarlos.

—Ahora, hay algo más que deben saber.

Los murmullos cesaron inmediatamente.

—Estaré ausente durante un tiempo. Viajo al Norte Oscuro en misión diplomática. —No mencionó el matrimonio, no todavía—. En mi ausencia, Aldric actuará como regente. Thosam supervisará el consejo y cualquier decisión importante esperará mi regreso.

Más murmullos, estos preocupados.

—¿Es seguro, Alfa? —preguntó uno de los guerreros—. El Norte es...

—Soy consciente de los peligros. —Artemis sonrió ligeramente—. Pero también soy consciente de que necesitamos aliados y el Rey del Norte podría ser el aliado más poderoso que jamás hayamos tenido. —Miró a Rifen, quien asintió casi imperceptiblemente.

—Confíen en mí. Como siempre lo han hecho, cuando regrese traeré noticias que cambiarán nuestro futuro. —Aldric golpeó su bastón tres veces.

—Entonces que así sea. Que la diosa Selene guíe tus pasos, Alfa Artemis.

—Que así sea —repitió la manada al unísono. Artemis asintió, más tranquila al saber que contaba con toda su manada. Luego se giró y salió del salón, con Lyra y Rifen detrás de ella.

En el pasillo, lejos de oídos curiosos, Lyra finalmente habló.

—¿Estás segura de esto? —Artemis se detuvo, mirando hacia una ventana que daba al norte. Hacia montañas distantes cubiertas de nieve. Hacía un castillo de obsidiana que solo había visto en sueños.

—No —admitió con honestidad—. No estoy segura de nada, pero voy de todas formas.

Porque por fin, en la oscuridad del Norte, encontraría las respuestas que había estado buscando durante muchos años.

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Hermosuras,

Las actualizaciones por aquí comenzarán a ser diarias desde el 1 de febrero, pero les iré subiendo en lo que pueda.

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