Mundo ficciónIniciar sesiónArtemis despertó con un grito ahogado en la garganta.
Su cuerpo estaba empapado en sudor, las sábanas de seda estaban enrolladas alrededor de sus piernas como serpientes. Su corazón latía acelerado, todavía sintiendo el fantasma de ese sueño acompañado del dolor desgarrador en su pecho, y podía sentir ese sabor metálico en su boca.
—Solo un sueño. Otra vez ese maldito sueño. Scarlet, ¿qué significa?
—No lo sé, Art, la diosa ignora mis plegarias, en búsqueda de una respuesta. Tienes que ir al Norte Oscuro, si quieres respuestas. Ya no seas una cobarde.
Hacía tres años que la misma pesadilla la perseguía. Tres años de despertar con lágrimas en los ojos y un vacío inexplicable en el alma. Tres años de no hacer absolutamente nada al respecto. Era una cobarde como le decía su loba.
Se incorporó en la cama, pasándose una mano por el rostro. El amanecer aún no comenzaba, pero el reloj en su pared anunciaba que otro día más se acercaba y que significaba otra batalla por mantener el control de su manada mientras su hermano...
Un grito llegó a sus oídos.
Artemis se quedó completamente inmóvil, cerró sus ojos y todos sus sentidos se agudizaron al instante. Era un grito femenino y sonaba muy aterrorizado. Venía del ala este del complejo, cerca de los dormitorios de los omegas.
Se levantó de un salto, sin molestarse en vestirse más que con la delgada túnica de dormir. Sus pies descalzos no hicieron ruido sobre el suelo de mármol mientras corría con rapidez por los pasillos, siguiendo el olor del miedo.
Lo que encontró hizo que su sangre hirviera.
Xandro, su sobrino mayor, veintiséis años de arrogancia y privilegio no ganado, tenía acorralada a Isla contra la pared del pasillo. La pequeña omega temblaba, sus ojos castaños brillantes a causa de las lágrimas no derramadas, su camisón estaba rasgado en el hombro y a la altura de sus piernas.
—Vamos, preciosa —ronroneaba Xandro, su mano atrapando la muñeca de Isla cuando ella intentó escabullirse—. Solo quiero conocerte mejor. Después de todo, pronto seré el hijo del Alfa. Tendrás el honor de servirme como corresponde.
—Yo... yo no quiero... por favor, señor Xandro, déjeme ir...
—¿Dejarte ir? —Xandro se rió, una risa cruel que Artemis reconocía demasiado bien. Sonaba exactamente como su padre—. Todavía no hemos empezado a divertirnos. Cuando mi padre sea Alfa, todas ustedes, pequeñas omegas, aprenderán cuál es su verdadero lugar y ese lugar... —su mano libre subió por el pecho de Isla, haciendo que ella se encogiera—. Es donde yo diga que está.
Artemis sintió que su loba emergía. Su aura de Alfa recorrió el pasillo como una ola de poder puro.
—Suéltala. Ahora. —Xandro se congeló en un instante. Giró lentamente, su expresión de arrogancia desvaneciéndose cuando vio quién estaba detrás de él.
—Tía Artemis, yo solo estaba...
—¿Qué? —Artemis avanzó, cada paso medido, casi letal—. ¿Solo estabas qué exactamente, Xandro? ¿Aterrorizando a un miembro de ¡Mi! manada? ¿Poniendo tus asquerosas manos sobre alguien que claramente te dijo que no? ¿Presumiendo sobre un título que tu padre aún no tiene?
Xandro soltó a Isla como si quemara. La omega se escabulló inmediatamente, corriendo hacia Artemis y escondiéndose detrás de ella. Artemis podía sentir el temblor de su cuerpo, oler las lágrimas saladas, el terror que impregnaba su aroma y sangre de alguna parte del cuerpo de Isla.
Hijo de puta. Susurró Scarlet. Al sentir ese mismo aroma en las uñas de Xandro.
—No es lo que parece...
—¿Ah, no? —Artemis ladeó la cabeza, su sonrisa era puro hielo—. Porque desde donde estoy parada, parece que el cachorro mimado de mi hermano cree que puede hacer lo que le venga en gana con mis omegas. Parece que alguien necesita recordar quién diablos sigue siendo la Alfa aquí.
El orgullo herido brilló en los ojos de Xandro. Era tan joven, tan estúpido. Se irguió, intentando parecer intimidante.
—Mi padre dice que tus días están contados, tía. Doscientos años sin tu pareja destinada, sin herederos... eres una vergüenza para el linaje. Cuando él tome el trono...
La mano de Artemis se cerró alrededor de la garganta de Xandro antes de que pudiera terminar la frase. Lo levantó del suelo con una sola mano, sus pies colgando a varios centímetros del mármol. Sus ojos ya no eran humanos; eran completamente dorados, brillantes con la furia de su loba.
—Así que cuando él tome el trono —repitió cada palabra con una calma letal—. Dime, cachorrito, ¿tu padre te ha estado alimentando con cuentos de hadas? ¿Te ha prometido que serás un príncipe? ¿Qué podrás jugar con los omegas como si fueran tus juguetes? —Xandro jadeaba arañando la mano que aprisionaba su garganta, su rostro poniéndose cada vez más rojo.
—Porque déjame aclararte algo, pedazo de basura arrogante. —Artemis acercó su rostro al de él, su voz bajando a un gruñido que hizo temblar las paredes—. Yo he sobrevivido a masacres que tu padre apenas puede imaginar en sus peores pesadillas. He matado alfas el doble de grandes que tú antes de tu primer cambio. He construido esta manada con sangre, sudor y lágrimas mientras tu padre jugaba a ser importante.
Lo soltó. Xandro cayó al suelo tosiendo y jadeando.
—Y si crees, por un segundo, que voy a entregar ¡MI! trono, ¡MI! manada, ¡MI! gente a un cobarde que envía a su cachorro a abusar de omegas indefensas... —se agachó, clavando un dedo en el pecho de Xandro—, entonces eres incluso más estúpido de lo que pensaba.
—¡Esto es un ultraje! —Xandro escupió, arrastrándose hacia atrás—. ¡Mi padre sabrá de esto!
—Oh, tu padre va a saber muchas cosas. —Artemis se enderezó, cruzándose de brazos—. Isla, cariño, ¿puedes ir a buscar a Lyra y pedirle que convoque al consejo? A primera hora de la mañana.
—S-sí, Alfa. —La voz de Isla todavía temblaba, pero había gratitud en sus ojos cuando pasó corriendo junto a Xandro.
Una vez que la omega desapareció por el pasillo, Artemis volvió su atención al patético bulto en el suelo.
—Levántate. —Xandro obedeció con piernas temblorosas. Quería utilizar su poder alfa sobre él, pero necesitaba saber hasta dónde podía llegar la arrogancia de su sobrino.
—Vas a ir a tu habitación. Vas a quedarte ahí hasta que yo te mande llamar y vas a rezarle a la diosa Selene que yo esté de buen humor cuando llegue el momento de decidir tu castigo. Porque créeme, Xandro... —sus ojos brillaron peligrosamente—, lo que acabas de hacer es un delito que en los viejos tiempos se pagaba con destierro o peor.
—No puedes... el consejo nunca...
—¿El consejo? —Artemis se rio, pero no había humor en el sonido—. Pequeño idiota. Dos tercios del consejo todavía son lobos que me deben sus vidas. Lobos que lucharon a mi lado cuando la Manada de los Colmillos Dorados intentó exterminarnos. Lobos que saben exactamente qué tipo de líder soy.
Se acercó más, obligándolo a retroceder contra la pared.
—Tu padre puede haber comprado la lealtad de algunos con promesas vacías y política de salón, pero cuando llegue el momento de la verdad, cuando tenga que demostrar que es digno de liderar... —sonrió, y era la sonrisa de un depredador—, descubrirá que se necesita más que tener un mate y dos cachorros malcriados para ser un verdadero alfa.
—Eres una perra amargada —siseó Xandro, recuperando algo de su valentía estúpida—. Una solterona que no pudo cumplir su destino. Mi padre tiene razón. No mereces… —El puñetazo lo mandó directo al suelo nuevamente. Artemis se sacudió la mano, mirando con satisfacción cómo la sangre brotaba de la nariz rota de Xandro.
—Esa boca tuya te va a meter en más problemas de los que tu padre puede sacarte, niño. —Se dio la vuelta, dándole la espalda a su sobrino dirigiéndose hacia sus aposentos—. Y Xandro... si vuelvo a encontrarte cerca de cualquiera de mis omegas sin supervisión, si vuelvo a escuchar que has puesto una sola garra sobre alguien que no quiere tus atenciones...
Miró por encima de su hombro, y el peso completo de sus doscientos años de existencia brilló en sus ojos.
—Te arrancaré la garganta yo misma. Consejo o no. Familia o no. ¿Entendido? —Xandro asintió frenéticamente, todavía en el suelo, sosteniendo su nariz sangrante.
Artemis continuó su camino, sintiendo cómo la adrenalina todavía corría por sus venas. Podía escuchar movimiento en todo el complejo ahora. Su pequeño altercado había despertado a más de uno.
—Bien. Que todos supieran que la Alfa todavía tenía colmillos. —se dijo para si misma, pero mientras caminaba, mientras el sol comenzaba a iluminar los pasillos, sintió ese vacío conocido expandirse en su pecho nuevamente. Ese dolor fantasma que la perseguía desde aquella pesadilla recurrente.
Doscientos tres años sin mate, sin su pareja destinada.
Las palabras de Xandro, aunque crueles, no eran mentiras. El consejo estaba inquieto. La manada necesitaba estabilidad, una sucesión y ella necesitaba tomar una decisión.
Antes de que alguien más la tomara por ella.
Llegó a sus aposentos y se dirigió directo al balcón. El territorio de la Manada Lobo Salvaje se extendía ante ella, bañado en luz dorada del amanecer. Bosques, montañas, el río que serpenteaba como una cicatriz plateada a través del valle.
Todo esto era suyo. Lo había protegido, mantenido a salvo y no iba a renunciar a ello sin luchar.
—Lyra va a matarme —murmuró para sí misma, apoyando las manos en la barandilla de piedra.
Porque sabía exactamente lo que tenía que hacer. Lo mismo que había estado posponiendo durante tres años.
Tenía que ir al Norte Oscuro y encontrar al Rey Ragnar. Especialmente, averiguar por qué diablos soñaba cada noche con una bestia de ojos rojos... y por qué su corazón todavía dolía como si hubiera perdido algo que nunca supo que tenía.
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Bienvenid@s Hermosuras.
Cuéntenme qué les va pareciendo hasta ahora... Yo solo puedo decirles que amooo escribir algo completamente diferente.







