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EL GUARDIÁN DEL NORTE

Artemis se encontró en sus aposentos, rodeada de armas y decisiones imposibles.

Había pensado que empacar sería simple. Llevaba años viajando ligero, moviéndose rápido, confiando en sus habilidades más que en posesiones, pero esto era diferente. No estaba yendo a la guerra contra un enemigo que conocía. Estaba adentrándose en territorio desconocido, hacia un Rey maldito, guiada solo por sueños y las palabras de un extraño.

—Un extraño muy persuasivo —dijo Scarlett, recordando los ojos azules de Rifen y la historia narrada por el hombre que por más que quiso desmentir. No pudo, porque era exactamente como era y solo ella sabía lo que miraba. Imposible que alguien más lo hubiera hecho y la descripción de las heridas justo donde ella las infligió.

—Llevas mirando esa daga durante diez minutos. —Artemis parpadeó, saliendo de sus pensamientos. Lyra estaba recostada contra el marco de la puerta, ya vestida para viajar con pantalones de cuero negro y una túnica reforzada de combate. Tenía su cabello rubio trenzado apretadamente y una expresión divertida en el rostro.

—Es la daga que me regaló mi padre —dijo Artemis suavemente, pasando el pulgar sobre el mango de hueso tallado—. El día que me nombró su heredera.

—Entonces definitivamente va contigo. —Lyra entró a la habitación y la tomó de las manos de Artemis, guardándola cuidadosamente en la funda que colgaba del cinturón de su amiga—. Necesitarás toda la fuerza de tu linaje donde vamos.

Artemis miró a su Beta, su amiga de más de un siglo, y sintió una oleada de gratitud.

—No tienes que venir, sabes. Podría hacer esto sola.

—Claro que podrías. —Lyra sonrió—. Pero ¿dónde estaría la diversión en eso? Además... —su expresión se volvió más seria—, si hay aunque sea una posibilidad de que ese Rey sea tu mate, entonces quiero estar ahí para asegurarme de que te trata como mereces y si no lo hace…

—¿Lo matarás tú misma?

—Le arrancaré los testículos primero. Luego lo mataré. —Artemis se rió, el sonido la sorprendió a sí misma. ¿Cuándo fue la última vez que había reído tan genuinamente? Antes de los sueños. Antes de que la soledad se volviera tan pesada que apenas podía respirar bajo su peso.

Un golpe en la puerta interrumpió el momento.

—Adelante —llamó Artemis.

La puerta se abrió y Rifen entró, llenando el espacio de una manera que hacía que la habitación pareciera repentinamente más pequeña. Llevaba ropa de viaje oscura, práctica, pero claramente de calidad superior. Dos espadas cruzadas en su espalda y Artemis podía ver al menos tres dagas ocultas en su persona.

Un guerrero en sus genes.

Sus ojos se posaron brevemente en Lyra antes de dirigirse a Artemis, pero ese segundo de contacto fue suficiente para que Artemis notara cómo su Beta se tensaba, cómo su respiración se volvía apenas más superficial.

—Interesante —dijo Scarlet.

—Alfa —dijo Rifen haciendo una reverencia—. ¿Estás lista?

—Casi. —Artemis cerró su bolsa de viaje con un gesto final—. Pero primero, tú y yo vamos a tener una conversación. Una honesta.

Rifen no mostró sorpresa. Simplemente asintió.

—Lyra, ¿nos das un momento? —pidió Artemis. Su Beta vaciló, mirando entre ellos dos, antes de asentir lentamente.

—Estaré afuera. —Pasó junto a Rifen y Artemis no dejó de notar cómo sus hombros se rozaron brevemente, cómo ambos se tensaron ante el contacto.

—Definitivamente interesante. —dijo Scarlet en la cabeza de Artemis.

Cuando la puerta se cerró, Artemis se cruzó de brazos y enfrentó al General del Norte.

—Pregunta directa, Rifen. ¿Qué tan malo es? El Rey, quiero decir, y no me vengas con evasivas diplomáticas. Necesito la verdad. —Rifen la estudió por un largo momento, su expresión es indescifrable. Luego caminó hacia la ventana, mirando hacia el norte como si pudiera ver su hogar desde ahí.

—Eso depende de con qué lo compares, Alfa.

—Comparado con lo peor que puedas imaginar.

—Entonces... —Rifen hizo una pausa larga—, no es tan malo. Comparado con lo mejor... es una pesadilla.

Artemis esperó, sabiendo que había más.

—Cuando conocí a Ragnar, era el mejor rey que había visto en mis ciento cincuenta años de vida. Era un rey justo, fuerte, compasivo cuando era necesario, despiadado cuando lo requería. Luchó en la Guerra de las Tres Manadas y salvó a cientos de lobos inocentes de ser masacrados. —Se giró para mirarla.

—Pero incluso entonces, había algo oscuro en él. Una inquietud en su interior que hasta para él era difícil ignorar. Así fueron pasando los años y no encontraba a su mate. Cincuenta años pasaron, luego otros, eventualmente ciento cincuenta, y con cada década que pasaba, su lobo se volvía más salvaje, más difícil de controlar.

—¿Qué pasó? —preguntó Artemis suavemente.

—Hace cincuenta años, hubo un incidente. —Rifen apretó la mandíbula—. Un grupo de lobos renegados atacó una aldea en nuestro territorio. Aldeanos humanos, inocentes. Ragnar llegó demasiado tarde para salvar a la mayoría. Encontró cuerpos desmembrados de niños. —El dolor en su voz era palpable.

—Algo se rompió en él esa noche. Su lobo tomó el control y Ragnar no pudo, o no quiso, detenerlo. Masacró a los renegados. Luego siguió matando a cualquiera que oliera, algunos eran inocentes, otros no. Cuando logré juntar suficientes guerreros para detenerlo, había matado a veintisiete lobos.

Artemis sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—¿Vein… veintisiete? —preguntó con incredulidad.

—La diosa Selene apareció esa noche. —Rifen cerró los ojos—. Nunca la había visto antes. Nunca la he vuelto a ver, pero estaba ahí, radiante y muy enojada, y le dijo a Ragnar que había cruzado una línea que no se podía cruzar. Que había permitido que su bestia devorara su humanidad.

—La maldición.

—La maldición. —Rifen asintió—. No puede volver a su forma humana hasta que alguien lo ame como bestia. No por obligación de mate, no por lástima, sino por elección genuina. Solo entonces su humanidad podrá regresar.

—Y si nadie lo hace?

—Entonces permanece como bestia hasta que muera. Lo cual, considerando nuestra longevidad, podría ser otros quinientos años de tormento.

Artemis caminó hacia su balcón, procesando la información. Veintisiete lobos. Algunos inocentes. No podía, no debía ignorar eso.

—¿Por qué me estás contando esto? —preguntó finalmente—. Si quieres que me enamore de él, revelarme que es un asesino masivo no parece la mejor estrategia.

—Porque me ha pedido la verdad. —Rifen se acercó, deteniéndose a una distancia respetuosa—. Y porque la verdad completa es más complicada que un “asesino masivo”. Los veintisiete lobos que mató... veintitrés eran renegados que habían participado en la masacre de la aldea. Los otros cuatro eran sus cómplices, lobos que sabían del ataque y no hicieron nada para detenerlo.

Artemis se giró bruscamente.

—¿Qué?

—Investigué después. Durante años. —Rifen la miró directamente—. Ragnar, en su forma de bestia, guiado por algún instinto que no entendemos, fue directamente hacia los culpables. Todos y cada uno. No hubo inocentes, Artemis. Solo justicia salvaje.

El corazón de Artemis latía acelerado.

—Entonces ¿por qué la maldición?

—Porque el cómo importa tanto como el qué. —Rifen se encogió de hombros—. Mató sin juicio, sin proceso. Es el rey, pero las leyes están establecidas por una razón. El actuó como verdugo, juez y jurado y en el proceso, se entregó completamente a su bestia. Selene no lo castigó por matar a los culpables. Lo castigó por perder su humanidad en el proceso.

Artemis dejó que eso se asentara. Era complicado, más de lo que esperaba. No era un simple monstruo. No era un héroe caído, era algo intermedio.

Como todos.

—¿Y ahora? —preguntó Artemis—. ¿Cómo es ahora?

—Peligroso. —Rifen no dudó—. Salvaje. La mayoría del tiempo no hay rastro de Ragnar en esos ojos rojos. Solo la bestia. Ataca a cualquiera que se acerque demasiado. Ha matado a tres guardias en los últimos años en episodios violentos.

—¿Y por qué diablos crees que yo sobreviviría acercándome?

—Porque... —Rifen buscó las palabras correctas—, porque hace tres años, cuando tuviste tu primer sueño, algo cambió. Como si parte de Ragnar hubiera despertado y porque tengo que creer que el vínculo de mates es más fuerte que la maldición.

—Eso es mucha fe.

—He visto milagros antes, Alfa. —Rifen sonrió ligeramente—. Y tú pareces el tipo de loba que hace que sucedan milagros.

Artemis lo estudió. Había honestidad en sus ojos, pero también desesperación. Un lobo que había servido a su Rey durante casi toda su vida, viéndolo sufrir, incapaz de ayudar.

—Una última pregunta —dijo Artemis—. ¿Qué pasa si llego allá y la bestia me ataca? ¿Me defenderás o defenderás a tu Rey?

Rifen no vaciló ni un segundo.

—Te defenderé a ti. Porque si te mata, Ragnar nunca me lo perdonaría y preferiría morir defendiéndote que vivir sabiendo que permití que su última oportunidad de redención fuera asesinada.

Era la respuesta correcta. La única respuesta que Artemis hubiera aceptado.

—Bien. —Se enderezó, adoptando su postura de Alfa—. Entonces vamos a hacerlo. Vamos a tu Norte Oscuro. Vamos a conocer a tu Rey bestia y vamos a descubrir si el destino es tan sabio como todos dicen. —Rifen se inclinó hacia delante en señal de gratitud.

—Gracias, Alfa Artemis.

—No me agradezcas todavía. —Artemis tomó su bolsa—. Todavía podría decidir que tu Rey no vale la pena el riesgo y arrancarle la garganta yo misma.

—Eso también sería tu derecho.

Salieron juntos de la habitación, encontrando a Lyra esperando en el pasillo. La Beta se enderezó inmediatamente, cayendo en paso junto a Artemis mientras caminaban hacia la entrada principal del complejo.

Aldric estaba esperando con un grupo de lobos leales. Isla estaba ahí también, junto con las otras omegas y Thosam a su lado. Algunos guerreros. Familias que habían servido a Artemis durante décadas.

—Alfa. —Aldric golpeó su bastón—. Que la diosa Selene guíe tu camino y te traiga de vuelta sana y salva.

—Cuida de ellos mientras no estoy, viejo amigo. —Artemis puso una mano en su hombro—. Y si Daemon intenta algo...

—Lo sabrás antes de que pueda hacer daño real. Tienes mi palabra. —Isla se adelantó tímidamente, sosteniendo algo envuelto en tela.

—Alfa, yo... hice esto para usted. Para el viaje.

Artemis desenvolvió el regalo. Era un pañuelo bordado con el símbolo de su manada. Una luna llena rasgada por garras en el centro rodeada de lobos. El trabajo era exquisito, cada puntada perfecta.

—Isla... —Artemis sintió que su garganta se cerraba—. Es hermoso.

—Quería que tuviera algo que le recordara que tiene un hogar al cual regresar. —Los ojos de Isla brillaban con lágrimas—. Gente que la ama. Que la necesita.

Artemis se inclinó y abrazó a la pequeña omega.

—Gracias. Lo llevaré conmigo. Siempre.

Cuando se separaron, Thosam tomó la mano de Isla. Isla se sonrojó. Los ojos de Artemis se abrieron en sorpresa y con un gesto con su mano señaló con su dedo índice entre ambos.

Thosam asintió y sonrió apenado. Él sabía que eso podría causarle molestia a su tía, quiso ser discreto, pero al ver el afecto que sentía por Isla. Quería darle tranquilidad de que ahora ella tenía quien la defendiera.

Thosam dejó la mano de Isla y abrió sus brazos a su tía. Quien nunca se había negado a abrazarlo. Artemis se emocionó ya que nunca habían podido darse ese tipo de muestras de cariño públicamente. Thosam era como su cachorro, ya que siempre desde pequeño fue marginado por sus padres. Artemis lo abrazó con fuerza y Thosam le susurró.

—Alfa... espero que encuentre lo que está buscando allá afuera. Merece ser feliz. Merece ser amada. —Artemis tuvo que parpadear rápidamente para contener las lágrimas que amenazaban con caer. Se separaron, ella acarició la mejilla del joven y guardó el pañuelo cuidadosamente en su bolsa.

—Volveré pronto. Lo prometo. —Con un último asentimiento a su manada, Artemis se giró hacia el norte. Lyra a su derecha, Rifen a su izquierda.

Juntos, comenzaron a caminar.

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