Mundo ficciónIniciar sesiónEmma Carter conoció a Dominic Blake en la universidad. Para ella, Dominic era solo un estudiante brillante, reservado y peligrosamente atractivo que parecía cargar con demasiados secretos. Durante dos años compartieron clases, noches de estudio y una relación intensa que creció entre risas, discusiones y mucha química. Dominic hablaba poco de su familia, Emma nunca imaginó que aquello ocultara algo muy grande. Humanos y lobos conviven desde hace generaciones. Se les ve en la política, en grandes empresas y en territorios propios, pero las manadas siguen siendo sociedades cerradas cuyas leyes y jerarquías permanecen envueltas en misterio. Nadie fuera de ellas comprende realmente cómo funciona ese mundo. Emma tampoco lo sabía. Cuando el Alfa de su territorio muere inesperadamente, Dominic es llamado para regresar y asumir el liderazgo que siempre evitó. Emma cree que se trata solo de un asunto familiar, pero pronto descubre que el hombre que ama no es simplemente un lobo. Dominic es el heredero de la manada. Su Alfa. Pero el liderazgo tiene un precio. Para consolidar su poder y mantener la estabilidad entre territorios, Dominic debe casarse con su compañera predestinada: Maya, hija de otro poderoso Alfa. Emma, humana y ajena a ese mundo, se convierte rápidamente en un problema que la manada desea eliminar. Mientras Dominic lucha contra ese destino, otro lobo entra en la vida de Emma: Magnus Stone, el guerrero más temido del territorio. Magnus afirma haber recibido una orden de la Diosa Luna: protegerla, incluso si eso significa desafiar al Alfa. Cuando la presión de la manada obliga a Dominic a aceptar su compromiso con Maya, Emma decide huir. Y Magnus la sigue. Porque Emma no es un simple obstáculo en la vida del Alfa… sino el centro de un destino capaz de unir a dos lobos por la misma mujer.
Leer másCapítulo 1
Emma
Conocí a Dominic Blake en la universidad, en el peor momento posible para hacer el ridículo. Estaba peleándome con una máquina de café que llevaba diez minutos escupiendo monedas cuando él apareció detrás de mí.
La maldita máquina había decidido que mi dinero no era digno de un vaso de café aguado, así que estaba inclinada sobre ella golpeando el panel con la palma, con media facultad pasando por el pasillo. Cuando el vaso cayó finalmente al suelo, vacío, levanté la vista y me encontré con Dominic mirándome como si llevara observando el espectáculo desde hacía rato.
Pensé que iba a reírse de mí, pero no lo hizo. Simplemente dejó su propio café frente a mí y empujó el vaso hacia mi lado del mostrador. Tenía esa manera tranquila de moverse, como si todo a su alrededor fuera más lento que él. Recuerdo que lo miré, luego miré el café, luego otra vez su cara. Fue uno de esos momentos incómodos en los que no sabes si dar las gracias o preguntar qué demonios acaba de pasar.
Dominic era de esos hombres que llaman la atención incluso cuando están quietos.
No era solo su estatura. Era la forma en que el aire se despejaba un metro a su alrededor cuando andaba, casi como si el espacio mismo le rindiera tributo. Los hombros, sí, eran anchos, pero el efecto era más el de una puerta medieval que la de un tipo de gimnasio. Y luego estaban sus ojos. Oscuros, no. Eran dos pozos donde la luz desaparecía, profundos, con una densidad que te hacía sentir observado sin que te mirara directamente. Como si dentro tuviera un motor girando que nadie más oía.
En la universidad no tardó mucho en convertirse en un pequeño fenómeno. Las chicas hablaban de él como si fuera un misterio que necesitaban resolver.
Algunas fingían tropezar cerca de su mesa en la cafetería. Otras se sentaban a su lado en clase con la excusa de pedir apuntes. Recuerdo a una chica de economía que literalmente dejó caer sus libros frente a él para que la ayudara a recogerlos. Dominic los levantó, se los devolvió y siguió caminando. Ni siquiera se detuvo.
Nunca entendí por qué terminó fijándose en mí. Yo no lo perseguí, no me senté cerca en clase, ni siquiera traté de llamar su atención. De hecho, cuando me invitó a salir la primera vez pensé que estaba bromeando. Habíamos hablado dos o tres veces en la biblioteca y, de repente, me estaba preguntando si quería cenar con él esa noche. Me reí. Literalmente. Pensé que era una apuesta con alguno de sus amigos.
No lo era.
Dos años después sigo sin saber exactamente en qué momento Dominic Blake decidió que yo era importante para él. Lo único que sé es que, cuando se mete algo en la cabeza, no parece existir fuerza suficiente para cambiarlo.
O al menos eso creía.
Llevamos seis meses viviendo juntos. Bueno… viviendo es una palabra un poco optimista. Dominic aparece, desaparece, vuelve como si nada hubiera pasado y espera que todo siga exactamente igual que cuando se fue. Al principio pensé que era una fase. Todos tenemos asuntos privados, cosas familiares que no queremos compartir. Pero con el tiempo uno empieza a notar los huecos. Las ausencias. Esos silencios incómodos cuando haces una pregunta demasiado directa.
Dominic lleva una semana sin volver a casa.
No es la primera vez. A veces desaparece dos o tres días. Una vez estuvo fuera casi cinco. Siempre con la misma explicación cuando regresa: asuntos familiares. Lo dice con esa calma suya, como si fuera una respuesta suficiente para cualquier pregunta.
Quizá lo sea para otras personas.
Para mí no.
Estaba por cerrar la cremallera de la maleta cuando pienso en la posibilidad que más me avergüenza admitir incluso cuando estoy sola: a veces creo que Dominic tiene otra familia. Una esposa en otra ciudad, dos niños pequeños que lo esperan cada fin de semana, una vida paralela de la que yo solo soy una especie de pausa agradable. Suena absurdo cuando lo pienso en voz alta, pero cuando pasan siete días sin saber dónde está el hombre con el que vives, la imaginación empieza a llenar los espacios.
El apartamento está demasiado silencioso. Todo parece congelado en el momento en que salió por la puerta hace una semana.
Hace seis meses pensé que mudarme aquí significaba que nuestra relación avanzaba. Ahora tengo la sensación de que estamos atrapados en el mismo punto desde entonces. Ni damos un paso adelante ni terminamos de romper. Simplemente seguimos orbitando alrededor de las mismas preguntas.
Me paso una mano por el cabello mientras miro la maleta abierta sobre la cama.
Cuando escucho la cerradura girar, mi corazón se dispara como si alguien hubiera dado un golpe dentro de mi pecho.
Durante un segundo me quedo quieta, con la mano todavía sobre la cremallera. Luego corro hacia la puerta antes de que pueda pensarlo demasiado.
Entra como si hubiera salido hace diez minutos.
Lleva la misma chaqueta negra de siempre, el cabello sutilmente despeinado, ese olor a aire frío que trae cuando ha estado conduciendo durante horas. Me mira un segundo, luego su mirada recorre el apartamento, se detiene en la maleta detrás de mí y frunce el ceño.
—¿Qué demonios hacía Timmy en mi casa?
Tardo un momento en entender la pregunta.
—¿Qué?
Deja las llaves sobre la mesa del recibidor y se quita la chaqueta con un movimiento rápido.
—Timmy. Estuvo aquí.
La pregunta me desconcierta tanto que ni siquiera siento la rabia al principio.
—¿Cómo sabes eso?
Me mira como si la respuesta fuera obvia.
—Toda la casa apesta a él.
Me quedo quieta en mitad del pasillo. No sé si lo que acaba de decir es un chiste o una acusación, pero en cualquier caso no es lo que esperaba escuchar después de siete días sin verlo.
—¿Eso es lo primero que vas a decir? —pregunto finalmente.
Dominic parece confundido por mi tono.
—Estoy preguntando.
La presión que llevaba acumulando toda la semana sube de golpe, como si alguien hubiera quitado el tapón de una botella demasiado llena. Siento el ardor detrás de los ojos antes de darme cuenta de que estoy llorando.
—Desapareces una semana entera —digo, señalándolo con la mano— y cuando vuelves lo primero que haces es preguntarme por Timmy.
Dominic abre la boca para decir algo, pero me giro antes de escucharlo y camino de vuelta al dormitorio. No quiero verlo ahora mismo. No quiero escuchar otra vez la misma explicación vacía.
Cierro la maleta y la arrastro hacia la puerta. Dominic aparece en el marco justo cuando intento pasar a su lado.
—Emma, ¿qué estás haciendo?
—Me voy.
Intento rodearlo, pero se mueve lo justo para bloquear el paso.
—No te vas.
Su mano se cierra alrededor de mi muñeca cuando intento apartarlo. No aprieta fuerte, pero el gesto es suficiente para detenerme.
—Quítate —digo.
Me mira como si de verdad no entendiera qué está pasando.
—Emma, escúchame.
—No —respondo, tirando de mi brazo—. Llevo una semana sin saber dónde estás, Dominic. Una semana. Y cuando apareces hablas del olor de Timmy como si eso fuera lo importante. ¡¿Y a qué demonios huele Timmy?! ¡Vino hace cinco días para hablar contigo! Sigo… Sigo sin entender si te importo, juegas conmigo o solo fui la opción más fácil. No me gusta compadecerme ni meterme en el papel de la víctima; no tengo nada que hacer aquí, no seré como esta casa que la dejes y regresas cuando te da la gana, sabiendo que ella no irá a ninguna parte. Yo sí puedo irme… y elijo dejarte. Terminamos.
Él aprieta la mandíbula. Puedo verlo pensando en qué decir, midiendo cada palabra antes de soltarla.
—Son asuntos familiares.
Me río. No porque sea gracioso, sino porque es exactamente lo que esperaba.
—Claro que lo son, siempre es lo mismo. —La risa se apaga rápido—. Estoy cansada de esto. Ya no sé si “asuntos familiares” significa que te has ido con tu otra familia, puede ser cualquier cosa y nunca lo sabré, porque no me dices nada más.
Dominic baja la mirada un segundo.
—Emma…
—No sé si me engañas —continúo, antes de que pueda interrumpirme—. No sé si tienes otra familia en algún sitio o si un día vas a desaparecer para siempre y simplemente no volver. Y lo peor es que ni siquiera intentas explicarme nada.
La habitación se queda en silencio. Dominic sigue mirándome, pero su cara no cambia.
—Te amo —digo finalmente—, pero no puedo vivir así.
Intento pasar otra vez.
Esta vez se coloca frente a la puerta.
—Nuestra relación… —empieza.
—¿Qué?
Respira hondo.
—Nuestra relación es complicada.
—No. No es complicada. Es confusa. Porque tú no me cuentas nada. ¡¿Cómo es que llevo años con lo mismo?! ¡Solo una tonta como yo acepta algo así! ¡Yo sí te amo! Pero esto está acabando conmigo. No puede ser que amarte deba doler tanto.
Levanta la vista.
—Está prohibida.
—¿Qué?
—No debería estar contigo.
El suelo parece moverse bajo mis pies.
—¿Por qué?
Guarda silencio unos segundos antes de responder.
—Porque tú eres una humana.
Frunzo el ceño.
—Dominic, ¿de qué demonios hablas? ¡Los dos somos humanos! ¿Ahora dirás que eres un extraterrestre o algo así? Joder, puedes trabajarte una mejor excusa. Como si vienes de Marte… Eso no evitará que esta relación acabe.
Su mirada no se aparta de la mía.
—No soy un extraterrestre y esto no es una excusa —dice—, soy un hombre lobo. Y está prohibido emparejarnos con los humanos.
Capítulo 4EmmaNo dije que sí.«No puedo hacerlo sin ti»Pero yo ya estaba retrocediendo, sacudiendo la cabeza como si eso pudiera borrar los últimos minutos. El beso todavía me quemaba los labios, pero no era suficiente. Nada de lo que había dicho era suficiente. Me solté de sus manos y di otro paso atrás, tropezando.—No —dije, haciendo que mi tono fuese firme, no podía dejarme convencer con palabras bonitas, no hablábamos de irnos a vivir a otra ciudad, otro país, sino… de cosas sobrenaturales que solo deberían de existir en las películas—. No voy a ir a ninguna parte contigo. Hemos terminado.Vi el cambio en su cara. Ese destello de sorpresa que duró menos de un segundo antes de que volviera a poner la máscara de calma. Abrió la boca para hablar, pero levanté la mano.—Necesito pensar. Sola. Y tú… tú necesitas resolver lo que sea que tengas que resolver sin arrastrarme a mí. Porque esto —señalé el espacio entre los dos— ya no es solo una relación complicada. Es una puta locura.N
Capítulo 3EmmaDespierto sin entender por qué siento el pecho tan apretado. Durante unos segundos me quedo quieta, mirando el techo, dejando que mi respiración se acomode mientras intento ubicarme. La habitación está en silencio, la luz entra por la ventana como cualquier otro día, y no hay nada fuera de lugar. Todo parece exactamente igual que siempre.Me giro despacio, buscando con la mano el borde de la cama, la sábana, la almohada… todo está en su sitio. Estoy en casa.Cierro los ojos otra vez y dejo escapar el aire lentamente, intentando ordenar lo que queda flotando en mi cabeza. Hay imágenes, pero no terminan de formarse del todo. Recuerdos que se rompen antes de tener sentido: el bosque, la oscuridad, el cuerpo de Dominic cambiando de una forma que no debería ser posible, esos ojos que ya no eran humanos. Trato de sostenerlos, de darles forma, pero se deshacen como si fueran humo.Fue un sueño.Tiene que serlo.Me acurruco mejor, abrazando la almohada contra el pecho, buscand
Capítulo 2Emma—No soy un extraterrestre y esto no es una excusa —dice—, soy un hombre lobo. Y está prohibido emparejarnos con los humanos.Lo miro un segundo. Solo uno. Intento sostenerle la mirada como si eso fuera suficiente para desarmar lo que acaba de decir, como si en algún punto fuera a romper a reír y decir que todo es una broma de mal gusto. Pero no lo hace. No hay rastro de ironía en su cara, ni en sus ojos, ni en la forma en que se queda quieto frente a mí, esperando algo que no entiendo.Y entonces me río.¿Qué más puedo hacer? ¡Reír! No es una risa controlada. Me sale de golpe, como si mi cuerpo hubiera decidido por mí que esa es la única respuesta posible. Me llevo la mano a la boca, intento contenerme, pero no puedo. Cuanto más intento parar, más se me escapa, más absurda me parece la situación. Me doblo un poco hacia adelante, negando con la cabeza mientras lo miro otra vez, buscando alguna señal que confirme que esto no es real.—¿Un hombre lobo? —consigo decir entr
Capítulo 1EmmaConocí a Dominic Blake en la universidad, en el peor momento posible para hacer el ridículo. Estaba peleándome con una máquina de café que llevaba diez minutos escupiendo monedas cuando él apareció detrás de mí.La maldita máquina había decidido que mi dinero no era digno de un vaso de café aguado, así que estaba inclinada sobre ella golpeando el panel con la palma, con media facultad pasando por el pasillo. Cuando el vaso cayó finalmente al suelo, vacío, levanté la vista y me encontré con Dominic mirándome como si llevara observando el espectáculo desde hacía rato.Pensé que iba a reírse de mí, pero no lo hizo. Simplemente dejó su propio café frente a mí y empujó el vaso hacia mi lado del mostrador. Tenía esa manera tranquila de moverse, como si todo a su alrededor fuera más lento que él. Recuerdo que lo miré, luego miré el café, luego otra vez su cara. Fue uno de esos momentos incómodos en los que no sabes si dar las gracias o preguntar qué demonios acaba de pasar.D
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