EL DESAFÍO

El Gran Salón del Consejo estaba repleto.

No solo los doce miembros del consejo ocupaban sus asientos de roble tallado alrededor de la mesa circular, sino que lobos de todos los rangos se apiñaban contra las paredes, llenaban los balcones superiores, se agolpaban en la entrada. La noticia del incidente con Xandro se había esparcido como pólvora, y todos querían presenciar la justicia de la Alfa o su caída.

Artemis podía oler la traición en el aire, lo podía ver en las miradas de reojo o su cabeza baja, los susurros apenas disimulados entre ellos. Sabía exactamente quiénes en esa sala habían vendido su lealtad a Daemon.

—Déjalos mirar. Que vean lo que cuesta desafiarme. —dijo para sí misma.

Estaba sentada en su trono de piedra negra al final del salón, vestida con una túnica de combate de cuero negro que había visto más batallas de las que la mitad de los presentes podían imaginar. Su cabello rojo, un rasgo poco común que había heredado de su abuela, estaba trenzado con cuentas de obsidiana, apartado de su rostro para que todos pudieran ver sus ojos despiadados.

Lyra estaba de pie a su derecha, tensa como la cuerda del arco en su bolso. A su izquierda, el Consejero Aldric, uno de los lobos más ancianos, el único que había servido desde antes de que Artemis asumiera el liderazgo.

Las puertas dobles se abrieron de par en par.

Daemon entró como si fuera él quien convocara la reunión. Alto, de hombros anchos, con el mismo cabello oscuro de su padre fallecido. Su mate, Cassandra, caminaba dos pasos detrás, una belleza de cabello rubio que emanaba superioridad. Detrás de ellos venían Xandro, con la nariz hinchada y moretones que estaban sanando en su rostro, y su hermano menor, Thosam, un muchacho de apenas dieciocho años que al menos tenía la decencia de parecer avergonzado y en el único que estaba en el corazón de Artemis.

Isla y las otras seis omegas que habían sido llamadas a testificar estaban agrupadas cerca de la entrada, sus rostros pálidos a causa del miedo, pero estaban decididas a ayudar a condenar al hombre que ha venido atormentando sus vidas desde ya hace un par de años.

—Alfa Artemis —dijo Daemon, y el modo en que pronunció su título sonó como un insulto—. Gracias por esta... audiencia. —Artemis no se molestó en responder. Simplemente lo miró, esperando.

Aldric se aclaró la garganta, su voz ronca por la edad resonando en el salón.

—Esta sesión del consejo ha sido convocada para tratar las acusaciones contra Xandro Blackwood, hijo del Consejero Daemon Blackwood, por intento de asalto a la omega Isla Riverstone. Omega Isla, acércate y declara lo sucedido.

Isla avanzó con pasos temblorosos. Cuando comenzó a hablar, su voz era apenas un susurro, pero en el silencio absoluto del salón, cada palabra resonaba como un grito.

Relató todo y fue muy explícita en cómo fue sacada de su cama, las manos de Xandro tocarón su cuerpo contra su voluntad. Sus palabras sobre su "lugar" cuando su padre fuera Alfa. El terror que había sentido.

Xandro intentó interrumpir dos veces. Ambas veces, una mirada de Artemis lo hizo cerrar la boca. Cuando Isla terminó, Aldric asintió gravemente.

—¿Alguien más fue testigo de estos eventos?

—Yo —dijo Artemis, poniéndose de pie. El movimiento hizo que varios lobos retrocedieran instintivamente—. Llegué cuando Xandro tenía a Isla acorralada. Escuché cada palabra que salió de su boca inmunda. Incluyendo sus presunciones sobre el futuro liderazgo de esta manada.

Un murmullo recorrió el salón. Daemon apretó la mandíbula.

—Xandro es joven. Cometió un error...

—¿Un error? —Artemis cortó la declaración de su hermano como un látigo—. ¿Atacar a una omega indefensa es un error? ¿Presumir sobre derrocar a la Alfa actual es un error?

—¡No dijo nada sobre derrocarte! —estalló Cassandra—. Estás exagerando para hacerlo ver mal porque odias que tu hermano tenga lo que tú nunca pudiste conseguir. ¡Una familia! ¡Herederos! ¡Un futuro!

El silencio que siguió fue ensordecedor. Artemis bajó lentamente del estrado. Cada paso resonaba como un tambor de guerra. Se detuvo frente a Cassandra, mirándola hacia abajo gracias a su altura.

—Cuidado, Cassandra. Que seas la mate de mi hermano no te da derecho a faltarme el respeto en mi propia casa.

—Tu casa por ahora —siseó Cassandra, sus ojos brillando con odio apenas disimulado—. Todos saben que el consejo está considerando...

—¡¿Considerando qué?! —gritó Artemis girando hacia los consejeros, su voz retumbando por todo el lugar—. ¿Traición? ¿Romper dos siglos de tradición? ¿Entregarle mi manada a un lobo que ni siquiera puede controlar a su propio cachorro?

—¡Basta! —rugió Daemon, finalmente perdiendo la compostura—. ¡Basta de esto! Sí, el consejo está considerando un cambio de liderazgo y tienen todo el derecho. Las leyes son claras, un Alfa debe asegurar el linaje. Doscientos tres años, Artemis. Doscientos tres años y no has encontrado a tu mate. No tienes herederos, ninguna garantía de continuidad.

—¿Y tú crees que tu cachorro malcriado es garantía de algo? —Artemis se rio, pero el sonido no tenía nada de humor—. Mira a tu heredero, Daemon. Mírame a los ojos y dime que crees que ese cobarde que ataca omegas indefensas tiene lo que se necesita para liderar.

—¡Es más de lo que tú tienes! —El rostro de Daemon estaba rojo de furia—. Al menos mi línea continúa. Al menos mi lobo encontró a su otra mitad. Tú... tú eres una anomalía. Una Alfa rota. —El dolor atravesó el pecho de Artemis como una estaca, pero su rostro no mostró nada.

—Muy bien. —Su voz era mortalmente calmada—. El castigo para Xandro Blackwood será de cincuenta latigazos. Públicos. Frente a todas las omegas de esta manada. Para que todos recuerden qué les pasa a quienes abusan de los más débiles bajo mi protección.

—¡Eso es excesivo! —gritó Daemon.

—¿Excesivo? —Artemis ladeo la cabeza—. En los viejos tiempos, habría sido castrado y desterrado. Deberías agradecerme por mi misericordia.

—¡Esto es un ultraje! —Daemon avanzó hacia ella, temblando de rabia—. ¡Una ofensa directa a mi familia! Si así quieres jugar, hermana... te desafío. Aquí y ahora. ¡Te desafío por el derecho al liderazgo de la Manada Lobo Salvaje!

El salón explotó en gritos y exclamaciones y Artemis se rio. Una carcajada que resonó en las paredes de piedra. Se rió hasta que las lágrimas se acumularon en las comisuras de sus ojos, hasta que tuvo que doblarse ligeramente, sosteniéndose el estómago.

—Oh, Daemon. —Se limpió los ojos—. Esperaba que dijeras eso. Ya te habías tardado. —La risa murió en su garganta, su expresión volviéndose letal con eso dejó caer su túnica. Ella siempre estaba lista para la batalla.

—Acepto tu desafío. Aquí y ahora. Frente al consejo y cada omega que tu hijo ha hecho sentir insegura en su propio hogar.

El rostro de Daemon palideció ligeramente. Claramente no había esperado que aceptara tan rápido.

—Artemis, espera... quizás deberíamos...

—¿Qué? —Artemis se quitó la armadura, quedando en una ajustada camiseta de combate que mostraba los músculos definidos de sus brazos, las cicatrices de cien batallas—. ¿Asustado, hermanito? ¿Ya te arrepientes de desafiar a la "Alfa rota"? —Cassandra empujó a Daemon hacia adelante.

—Acaba con ella. Demuéstrales quién debería liderar. —Aldric se puso de pie, golpeando su bastón contra el suelo tres veces.

—Un desafío de Alfa ha sido emitido y aceptado. Las reglas son las siguientes… No se permite transformación. El combate será en forma humana. El primer lobo en someterse o quedar inconsciente pierde. —Su mirada anciana recorrió a ambos hermanos—. ¿Están de acuerdo?

—Sí —gruñó Daemon, quitándose su camisa.

—Por supuesto. —Artemis rodó sus hombros, sus huesos crujiendo—. Hagamos esto rápido. Tengo cosas que hacer.

Los lobos se apartaron, creando un amplio círculo en el centro del salón. Artemis y Daemon se colocaron en extremos opuestos. Aldric levantó su mano.

—Comiencen. —Y sin más, la dejó caer.

Daemon atacó primero, cargando directo hacia ella con un rugido. Artemis lo esquivó fácilmente, demasiado fácil. Él era fuerte, sí, pero predecible. Cada movimiento que ella misma les enseñó en los años de entrenar a su manada a lado de su padre.

—¿Es esto todo lo que tienes, hermano? —se burló Artemis, bailando fuera de su alcance—. Me pregunto cómo sobreviviste tanto tiempo con técnicas tan patéticas.

—¡Cállate! —Daemon se lanzó nuevamente, esta vez conectando un golpe en el hombro de Artemis, pero ella apenas lo sintió. Había soportado mucho peor.

—¿Sabes qué es triste, Daemon? —dijo, bloqueando su siguiente golpe y respondiendo con uno propio que lo hizo retroceder tambaleándose—. Que tú realmente crees que mereces esto. Que tener a tu mate te hace más apto para liderar.

—¡Al menos tengo uno! —escupió Daemon, sangre brotando de su labio partido—. ¡Al menos no soy una perra vieja y sola que ni siquiera la Diosa Selene quiso bendecir!

—Ahí está. —Artemis sonrió, fría—. Ahí está el verdadero Daemon. Lleno de amargura y celos. —La siguiente combinación de golpes la obligó a retroceder. Daemon peleaba sucio ahora, apuntando a sus costillas. Artemis gruñó de dolor, pero no cedió.

—¿Sabes por qué papá me eligió como su heredera? —dijo, esquivando, golpeando, moviéndose como agua—. No por ser la mayor, sino porque incluso cuando éramos cachorros, ya sabía que tú no tenías lo que se necesita. Eres débil, Daemon. Siempre lo has sido.

—¡Cállate!

—Escondes tu debilidad detrás de Cassandra, detrás de tus hijos, detrás de política y conspiraciones. —Artemis lo golpeó en el estómago, haciéndolo doblarse—. Un verdadero Alfa no necesita esconderse. ¡Un verdadero Alfa lidera! —Daemon rugió, perdiendo todo control. Se lanzó hacia ella sin técnica, solo rabia pura. Lo cual fue un tremendo y estupido error de su parte.

Artemis lo agarró del brazo extendido, usó su propio impulso contra él, y lo lanzó al suelo con una maniobra que había perfeccionado en el campo de batalla. Antes de que pudiera reaccionar, estaba sobre él, su antebrazo presionando contra su garganta, sus rodillas clavadas en las muñecas de Daemon manteniéndolo completamente inmovilizado.

—Ríndete —siseó, recordando que era su hermano.

—¡Jamás! —Daemon intentó liberarse, retorciéndose, pateando, pero Artemis había peleado contra alfas tres veces su tamaño. Mantenía la posición sin esfuerzo aparente.

—¡Esto es trampa! —gritó Cassandra—. ¡Está usando su peso!

—¿Trampa? —Artemis se rio—. ¿Quieres hablar de trampa? Háblame de cómo compraron votos del consejo y de cómo envenenaron mi reputación durante años. —Daemon dejó de pelear. Por un segundo, Artemis pensó que se rendiría.

Entonces sintió el cambio. Los huesos de Daemon comenzaron a crujir, a reformarse. Pelaje negro brotando de su piel.

—¡No! —rugió Aldric—. ¡La transformación está prohibida! ¡Traición! —Pero ya era tarde. El lobo de Daemon emergió con un aullido de rabia, más grande que su forma humana, pero aún así... pequeño. Tan pequeño comparado con Scarlet.

Sus garras se enterraron en las piernas de Artemis, rasgando carne. Ella gruñó de dolor, pero no soltó su agarre en el cuello ahora cubierto de pelaje.

—¿Así quieres jugar, maldito traidor? —susurró, sintiendo a Scarlet emerger en su interior, presionando contra su piel—. Muy bien.

Dejó que su loba saliera, pero no completamente. Mantuvo su forma humana mientras su mano se transformaba en una garra masiva, su fuerza multiplicándose por diez. El lobo de Daemon se congeló, sus ojos amarillos ampliándose en terror cuando sintió el verdadero poder de Scarlet presionando contra su tráquea.

Y entonces Scarlet habló. Su voz resonó en la mente de cada lobo en el salón, desbordando poder absoluto.

—¡Suficiente! —El lobo de Daemon se encogió, sometiéndose instintivamente ante el poder de una Alfa verdadera— ¡Miren bien, traidores. Miren a quien desafiaron!

Artemis dejó que Scarlet tomara control total. Su cuerpo creció, músculos abultándose, su aura de poder llenando el salón como una tormenta. Su otra mano se transformó, sosteniendo al lobo de Daemon sin esfuerzo.

Tienen hasta el amanecer. Hasta que el sol toque el horizonte para tomar su decisión. Los que quieran seguir a este perdedor... —escupió la palabra como veneno—. Pueden irse con él. Pueden abandonar nuestro territorio, nuestro hogar, nuestra manada que hemos protegido con sangre y sacrificio.

Recorrió el salón con la mirada, identificando cada rostro que había conspirado.

—Pero si se quedan... si eligen permanecer bajo nuestra protección... entonces su lealtad será absoluta. No habrá más conspiraciones, ni más cuestionamientos.

Soltó al lobo de Daemon, permitiéndole arrastrarse lejos. El pobre animal temblaba, herido, completamente humillado.

—Elijan sabiamente. —Artemis comenzó a girarse, a retirarse victoriosa retomando el control de su cuerpo volviendo a su forma humana, y luego lo sintió. 

El ataque venía desde atrás. El lobo de Daemon, cobarde hasta el final, lanzándose hacia su espalda expuesta con sus colmillos abiertos.

No iba a girar a tiempo para bloquearlo, pero no tuvo que hacerlo.

Un destello gris interceptó a Daemon en el aire. El impacto fue brutal. Dos lobos, uno negro y uno gris, chocaron en una explosión de gruñidos y golpes. El lobo gris era enorme, casi tan grande como Scarlet, con cicatrices atravesando su pelaje y ojos de un azul glacial que brillaban con furia letal.

El combate duró unos segundos. El lobo gris tenía a Daemon contra el suelo, sus colmillos cerrados alrededor de su garganta en una clara advertencia.

Una advertencia que Daemon, finalmente, tuvo el sentido común de acatar.

El lobo gris lo soltó. Daemon se transformó de vuelta, desnudo y sangrando, antes de arrastrarse hacia donde Cassandra ya estaba corriendo para ayudarlo.

El lobo gris se volvió hacia Artemis. Sus ojos se encontraron y había algo en esa mirada. Algo familiar hizo que el corazón de Artemis diera un vuelco inexplicable.

El lobo comenzó a transformarse. Lyra, siempre eficiente, ya estaba allí con una túnica, cubriéndolo antes de que la transformación se completara. Cuando el hombre emergió, Artemis sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Era... impresionante. Alto, con músculos definidos, cabello castaño oscuro que caía desordenado sobre sus ojos azules. Cicatrices atravesaban su torso, su rostro, marcas de una vida de violencia sobrevivida.

Él tomó la túnica de Lyra, sus dedos cerrándose alrededor de la muñeca de la beta con una fuerza que la hizo jadear, sus ojos vieron a Lyra por un momento, lo cual hizo que la beta dejara de pelear, luego sus ojos volvieron a Artemis.

—Alfa Artemis de la Manada Lobo Salvaje —dijo, con voz grave y áspera, como piedras arrastrándose sobre metal—. He sido enviado a buscarle. —El salón estaba tan silencioso que se podía escuchar caer un alfiler.

—Mi nombre es Rifen. Soy beta y general de la guardia del Norte Oscuro —soltó a Lyra, pero no se movió, su postura era de un guerrero listo para la batalla—. El Rey Ragnar requiere su presencia en su palacio.

Artemis sintió como si el suelo se moviera bajo sus pies.

El Rey Ragnar. El mismo rey que había estado posponiendo contactar durante tres años. El mismo rey de sus pesadillas recurrentes.

La estaba llamando.

—¿Por qué? —logró preguntar, manteniendo su voz firme, olvidando a los presentes. Algo brilló en los ojos de Rifen. Algo que podría haber sido lástima.

—Eso, Alfa, es algo que solo el Rey puede revelar —Hizo una reverencia, sorprendentemente formal viniendo de alguien que acababa de llegar y masacrar a un lobo—, pero me ordenó decirle esto de manera textual. Ya no puedes seguir huyendo de mi llamado. El destino te está alcanzando y si tú no vienes a mí, yo mandaré por ti



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