Mundo ficciónIniciar sesiónSinopsis La Luna no siempre acierta al unir dos almas. Lucía Lódwood lo aprendió de la forma más cruel cuando, frente a todo el Consejo de Alfas, su pareja destinada —el poderoso Damián Wulfric— la rechazó sin titubear. Desde entonces, su nombre se convirtió en un susurro entre las manadas… y su corazón, en una fortaleza. Seis meses después, Lucía ya no es la misma loba ingenua que creía en los designios del destino. Es fuerte, indomable, y está decidida a no volver a inclinar la cabeza ante ningún Alfa. Pero cuando Damián reaparece alegando haber sido víctima de un hechizo, y exige completar su unión bajo la próxima luna llena, el pasado amenaza con desgarrar nuevamente todo lo que ha reconstruido. Entre mentiras, vínculos rotos y una nueva fuerza que despierta en su interior, Lucía descubrirá que el destino no siempre está escrito en las estrellas… a veces se forja bajo la lluvia, entre sangre, dolor y fuego.
Leer másPOV AriaNo podía dormir.No importaba cuántas veces cerrara los ojos ni cuántas respiraciones profundas intentara forzar; el descanso no llegaba. Mi cuerpo estaba agotado, pero mi mente y mi loba no lo estaban. Layla se movía bajo mi piel como una marea contenida a punto de romper el dique, empujando, insistiendo, reclamando espacio.Desde nuestra última charla, había guardado silencio.No porque se hubiera calmado.Sino porque estaba furiosa.Ese tipo de silencio era peor.—No voy a revelarme —murmuré en la oscuridad, con la voz apenas audible—. Ya oíste al Consejo. Están prohibidas las transformaciones fuera del predio.Layla no respondió.Pero el impulso siguió allí.Una presión constante en el pecho, una urgencia que no tenía palabras claras, solo dirección. Afuera. Lejos de las cabañas. Lejos de los muros, de las cámaras, del control absoluto del Consejo.Hacia el bosque.Me giré sobre la cama, frustrada, observando el techo apenas iluminado por la luz exterior. La cabaña estaba
POV AriaDesde el momento en que crucé el umbral del anfiteatro, supe que algo estaba mal.No fue una visión.No fue una emoción clara.Fue una presión sutil, como si el aire hubiera cambiado de densidad sin previo aviso. Como si el mundo hubiera ajustado su eje apenas unos grados, lo suficiente para que mi cuerpo lo notara antes que mi mente.Layla lo sintió primero.Mi loba se movió inquieta bajo mi piel, un roce interno que no necesitaba palabras para hacerse notar. No era alerta. No era miedo. Era… reconocimiento. Un tirón profundo, incómodo, que me tensó los músculos antes incluso de que pudiera identificar la causa.No.No ahora.No aquí.Había sentido algo parecido el día anterior, apenas un eco lejano que atribuimos al estrés, al viaje, al peso de los Juegos sobre nosotras. Pero esa mañana, al entrar al anfiteatro y respirar ese aire cargado de manadas, de jerarquías y de expectativas, la sensación se volvió innegable.Está aquí.Layla se agitó con más fuerza.—Cálmate —le ord
El regreso al anfiteatro tuvo un peso distinto al de la llegada inicial.No había expectativa ingenua, ni curiosidad abierta. Ahora las manadas regresaban con los cuerpos tensos, los sentidos afilados y la conciencia clara de que los Juegos no eran un espectáculo… sino una prueba real, capaz de dejar marcas visibles e invisibles.La Manada del Norte ocupó nuevamente su sector asignado. Los ayudantes se adelantaron para revisar pequeñas heridas, raspones, golpes mal amortiguados. Nada grave. Nada que no pudiera resolverse con descanso y cuidados básicos. Aun así, el ambiente no era ligero.Desde las gradas, el bosque de la primera ronda seguía visible en las pantallas suspendidas, reproduciendo fragmentos clave de la competencia: caídas, errores de cálculo, trampas activadas en el momento justo para eliminar a equipos enteros del recorrido.Algunas escenas se repetían más de una vez.No por morbo.Sino como advertencia.Aria se sentó con los codos apoyados en las rodillas, los ojos fij
El bosque asignado para la primera ronda no era un terreno común.No era un simple espacio natural delimitado para la competencia, sino una extensión viva del predio del Consejo, adaptada, intervenida y reforzada para soportar pruebas de alto nivel. Árboles centenarios se alzaban como columnas irregulares, el suelo estaba cubierto de hojarasca espesa que amortiguaba pasos y caídas, y entre las raíces se ocultaban desniveles, pasajes estrechos y rutas falsas diseñadas para confundir incluso a los más experimentados.El aire era fresco, denso, cargado de humedad y de esa energía particular que solo se percibe cuando muchos lobos comparten un mismo espacio con un objetivo común.Las manadas fueron llamadas de diez en diez.El Consejo había sido claro: primero competirían aquellas que no habían participado en la edición interrumpida de los Juegos. La medida, además de justa, era estratégica. Permitía observarlas sin referencias previas y evitar comparaciones sesgadas.Cuando anunciaron a
El anfiteatro estaba lleno.No de ruido, sino de presencia.Las gradas circulares, construidas en niveles de piedra pulida y metal oscuro, estaban ocupadas por decenas de manadas provenientes de distintos territorios. Cada grupo permanecía en su sector asignado, delimitado por líneas de seguridad invisibles y discretos campos de contención. No había empujones, ni desplazamientos innecesarios. Todo estaba medido, observado, registrado.Cámaras suspendidas se deslizaban lentamente por rieles aéreos. Otras permanecían fijas, integradas en la arquitectura misma del lugar. Sensores térmicos, de ritmo cardíaco y de actividad lupina recorrían el espacio como una red silenciosa, imposible de ignorar para cualquiera que supiera leer el entorno.Nada de esto pasaba desapercibido.Ezra lo notó apenas entraron.No porque alguien se lo señalara, sino porque el aire se sentía distinto. Más controlado. Más vigilado. Como si el anfiteatro no solo observara… sino que esperara.Aria caminaba con la esp
La noche previa al inicio oficial de los Juegos no fue ruidosa.No hubo fiestas, ni música, ni discursos improvisados. En el predio del Consejo, el silencio tenía una densidad particular, como si cada manada estuviera guardando energía, midiendo respiraciones, eligiendo con cuidado qué mostrar… y qué no.El alojamiento asignado a la Manada del Norte era un conjunto de cabañas modernas, construidas con madera tratada y piedra pulida, conectadas por senderos iluminados con farolas bajas. No era un hotel, pero tampoco un campamento: cada unidad tenía calefacción, cocina mínima, habitaciones privadas y un salón común amplio donde podían reunirse sin estar expuestos a miradas ajenas.Esa noche, el salón estaba tibio. Las luces eran tenues y una chimenea eléctrica simulaba el fuego con una discreción casi elegante. Los ayudantes ya se habían retirado a sus departamentos contiguos, los curanderos descansaban en el ala médica del mismo complejo, y la vigilancia estaba asegurada afuera por el
Último capítulo