El rugido del Alfa Karl hizo vibrar el aire, tan potente que incluso los árboles parecieron inclinarse ante su autoridad.
Su aura llenó el jardín como una tormenta: densa, aplastante, innegable.
Jacob gruñó bajo, aún con los colmillos manchados de sangre, mientras Damián yacía en el suelo, jadeando y cubriéndose las heridas.
Ambos estaban a medio camino entre la forma bestial y la humana, respirando con dificultad, con los ojos ardiendo de furia.
—¡Les ordeno que se transformen ahora! —bramó Ka