El anfiteatro estaba lleno.
No de ruido, sino de presencia.
Las gradas circulares, construidas en niveles de piedra pulida y metal oscuro, estaban ocupadas por decenas de manadas provenientes de distintos territorios. Cada grupo permanecía en su sector asignado, delimitado por líneas de seguridad invisibles y discretos campos de contención. No había empujones, ni desplazamientos innecesarios. Todo estaba medido, observado, registrado.
Cámaras suspendidas se deslizaban lentamente por rieles aére