El bosque asignado para la primera ronda no era un terreno común.
No era un simple espacio natural delimitado para la competencia, sino una extensión viva del predio del Consejo, adaptada, intervenida y reforzada para soportar pruebas de alto nivel. Árboles centenarios se alzaban como columnas irregulares, el suelo estaba cubierto de hojarasca espesa que amortiguaba pasos y caídas, y entre las raíces se ocultaban desniveles, pasajes estrechos y rutas falsas diseñadas para confundir incluso a los más experimentados.
El aire era fresco, denso, cargado de humedad y de esa energía particular que solo se percibe cuando muchos lobos comparten un mismo espacio con un objetivo común.
Las manadas fueron llamadas de diez en diez.
El Consejo había sido claro: primero competirían aquellas que no habían participado en la edición interrumpida de los Juegos. La medida, además de justa, era estratégica. Permitía observarlas sin referencias previas y evitar comparaciones sesgadas.
Cuando anunciaron a