El aire en la oficina olía a madera vieja, a autoridad y a luna llena. Las antorchas iluminaban las paredes cubiertas de estandartes, símbolos de las manadas antiguas. En el centro, una mesa redonda tallada con runas lunares reunía a tres alfas y un silencio tan espeso que podía cortarse con las garras.
El alfa Karl, señor de la Manada del Norte, se mantenía erguido tras su escritorio de roble. Frente a él, el alfa Jacob, heredero del Fuego Eterno, observaba con calma depredadora, como si calcu