La noche previa al inicio oficial de los Juegos no fue ruidosa.
No hubo fiestas, ni música, ni discursos improvisados. En el predio del Consejo, el silencio tenía una densidad particular, como si cada manada estuviera guardando energía, midiendo respiraciones, eligiendo con cuidado qué mostrar… y qué no.
El alojamiento asignado a la Manada del Norte era un conjunto de cabañas modernas, construidas con madera tratada y piedra pulida, conectadas por senderos iluminados con farolas bajas. No era un hotel, pero tampoco un campamento: cada unidad tenía calefacción, cocina mínima, habitaciones privadas y un salón común amplio donde podían reunirse sin estar expuestos a miradas ajenas.
Esa noche, el salón estaba tibio. Las luces eran tenues y una chimenea eléctrica simulaba el fuego con una discreción casi elegante. Los ayudantes ya se habían retirado a sus departamentos contiguos, los curanderos descansaban en el ala médica del mismo complejo, y la vigilancia estaba asegurada afuera por el