El regreso al anfiteatro tuvo un peso distinto al de la llegada inicial.
No había expectativa ingenua, ni curiosidad abierta. Ahora las manadas regresaban con los cuerpos tensos, los sentidos afilados y la conciencia clara de que los Juegos no eran un espectáculo… sino una prueba real, capaz de dejar marcas visibles e invisibles.
La Manada del Norte ocupó nuevamente su sector asignado. Los ayudantes se adelantaron para revisar pequeñas heridas, raspones, golpes mal amortiguados. Nada grave. Nada que no pudiera resolverse con descanso y cuidados básicos. Aun así, el ambiente no era ligero.
Desde las gradas, el bosque de la primera ronda seguía visible en las pantallas suspendidas, reproduciendo fragmentos clave de la competencia: caídas, errores de cálculo, trampas activadas en el momento justo para eliminar a equipos enteros del recorrido.
Algunas escenas se repetían más de una vez.
No por morbo.
Sino como advertencia.
Aria se sentó con los codos apoyados en las rodillas, los ojos fij