Mundo ficciónIniciar sesiónEn la noche en que debía ser elegida, Valeria fue rechazada. Humillada públicamente por el Alfa destinado a marcarla, despreciada por su cuerpo y abandonada por su propio pack, Valeria aprendió una verdad brutal: en ese mundo, una omega como ella no tenía valor… o eso creían. Pero la sangre que despierta en sus venas no es común. Es antigua. Prohibida. Y peligrosa. Cuando Valeria regresa, ya no lo hace para suplicar aceptación. Regresa para cobrar cada desprecio, cada burla y cada golpe. Los mismos alfas que la llamaron indigna empiezan a perder el control. El deseo se convierte en obsesión. La jerarquía se quiebra. Y el poder cambia de manos. Hermanos se enfrentan. Padres traicionan a sus hijos. Enemigos se arrodillan. Porque esta vez, la omega no obedece. Fue rechazada por el Alfa… pero coronada por el deseo. Y nadie volverá a decidir quién es ella.
Leer más—Aquí huele a sudor rancio —la voz chillona de Lydia resonó contra los azulejos—. Ah, claro. La cerda está aquí.
No levanté la cabeza. Seguí frotando la junta de los baldosines con el cepillo viejo. Un zapato de tacón de cuero italiano pateó mi cubo, derramando agua gris sobre mis pantalones.
—Ups —dijo Sara, soltando una risita.
Apreté el cepillo hasta que el plástico crujió. Uno. Dos. Tres. No les daría el gusto de ver mis lágrimas.
Levanté la vista. Lydia y Sara me miraban desde arriba, perfectas, delgadas como palos, con esas cinturas minúsculas que los Alphas adoraban. Y luego estaba yo.
Valeria. La mancha.
—¿Vas a limpiar eso o te lo vas a comer? —Lydia hizo una mueca de asco—. Sabemos que te encanta comer, Valeria. Se nota en... todo eso.
Hizo un gesto vago hacia mis caderas anchas que desbordaban mis vaqueros viejos y mis pechos talla 100E que amenazaban con reventar los botones de mi camisa. Carne. Demasiada carne para este lugar.
—Lo limpiaré —dije con voz ronca.
—Más te vale —Sara se miró en el espejo, retocándose el labial rojo—. Hoy es la Ceremonia de Mates. Damián estará por aquí.
—¿Te imaginas? —Lydia soltó una carcajada cruel—. Damián dijo anoche que si la Diosa le empareja con una gorda, se cortará las venas.
Sara se giró hacia mí, con una sonrisa maliciosa.
—Nadie querría a esa, Lydia. Mírale las tetas. Parecen vacas infladas. Sería un insulto para un Alpha de su talla tener que trepar esa montaña de grasa.
—O peor —añadió Lydia, abriendo la puerta—, que piense que hemos dejado entrar ganado al edificio principal. Muévete, cerda. Apeas el aire.
Salieron riendo.
Me quedé sola. "Ganado". "Cerda". Me levanté con dificultad. Mi reflejo en el espejo me devolvió la mirada: ojos verdes cansados, pelo negro desordenado y un cuerpo que era mi prisión. Me pasé una mano por la barriga suave. Curvas donde debía haber ángulos. Suavidad donde debía haber músculo.
Limpié el desastre rápido. Tenía que salir de allí.
Salí al pasillo pegándome a la pared, intentando hacerme invisible. El edificio del Consejo bullía de actividad por la luna llena. Yo solo quería terminar y esconderme.
De repente, el aire cambió. Se volvió eléctrico, cargado de ozono, lluvia fresca y un poder abrumador.
Las puertas dobles se abrieron.
Damián Plata.
El futuro Alpha. Veintidós años de pura arrogancia y músculo esculpido. Caminaba como si fuera el dueño del aire. Su cabello negro estaba perfecto, sus ojos grises podían helar el infierno.
Mi corazón dio un vuelco estúpido. Mi cuerpo me traicionó al instante.
Mis pezones se endurecieron dolorosamente bajo la tela barata de mi camisa. Entre mis piernas, un calor vergonzoso y húmedo floreció de golpe. Mi loba interior, esa perra traidora que nunca me hablaba, arañó mi pecho gimiendo.
Alpha. Mío. Alpha.
Lo odié. Odié a mi cuerpo por reaccionar así ante él. Odié sentirme mojada por el hombre que permitía que me trataran como basura.
Bajé la cabeza. Regla número uno: no ofendas su vista.
Damián pasó a mi lado. Su olor a sándalo y bosque profundo me golpeó, haciéndome salivar. Estaba tan cerca que sentí el calor que irradiaba su piel.
Se detuvo.
Todo mi cuerpo se tensó. ¿Me había olido? ¿Mi excitación apestaba?
Damián giró la cabeza lentamente. No me miró a los ojos. Su mirada bajó directamente a mi pecho, donde un botón luchaba por no estallar, y luego recorrió mis caderas anchas con una lentitud insultante.
Hizo un sonido. Un bufido corto y seco.
Asco. Puro y duro.
Ni siquiera me habló. Arrugó la nariz como si hubiera pisado excremento y aceleró el paso para alejarse de mi pestilencia.
Me tragué las lágrimas. El odio burbujeó en mi estómago, caliente y espeso. Algún día te arrepentirás de mirarme así.
Me arrastré hacia el armario de limpieza, situado junto a la oficina del Alpha Supremo, Rafael.
La puerta de la oficina estaba entreabierta. Voces.
—Todo está listo para esta noche, padre —era la voz de Damián, potente y segura—. El pack está fuerte.
—Bien —respondió Rafael, con voz de grava—. Esta noche es crucial. Encontrar a tu mate solidificará tu posición. Necesitas una Luna fuerte. Una guerrera que te dé herederos dignos, no una inútil.
Me paralicé con la mano en el pomo del armario. El cubo pesaba en mi mano.
—Lo sé —dijo Damián. Escuché el tintineo de un vaso—. Siento que será alguien de linaje puro. Tal vez la hija del Beta Marcos.
—Cualquiera servirá —rio Rafael, una risa machista y desagradable—, siempre que tenga buena cadera para parir y sea agradable a la vista. Nada de defectos.
Hubo una pausa. Me incliné un milímetro, conteniendo la respiración.
La voz de Damián bajó de tono, cargada de un veneno frío.
—Espero que la Diosa tenga piedad. Si el destino me ata a la cerda de Valeria...
Mi corazón se detuvo.
—... te juro por la Luna que prefiero arrancarme la garganta yo mismo antes que aparearme con esa bola de grasa inútil. La rechazaré ahí mismo. No dejaré que esa vergüenza manche mi cama.
Ambos rieron. Una risa cruel que resonó en mis huesos.
Mis dedos perdieron fuerza. El cubo de agua sucia se resbaló de mi mano y golpeó el suelo con un estruendo metálico que resonó por todo el pasillo
La Diosa Selene caminó hacia mí.No dejaba huellas en el cristal. Su armadura de luz no hacía ruido.Se detuvo a un metro.Y por primera vez, vi su cara.Me quedé helada.Era mi cara.Pero no era yo. Era una versión "corregida" de mí.Tenía mis ojos, pero sin las arrugas de reír o llorar. Tenía mi boca, pero sin la mancha de sangre o vino. Tenía mi cuerpo, pero su piel era lisa, sin poros, sin estrías, sin cicatrices de parto.Era una muñeca de porcelana perfecta. Fría. Muerta.—Te pareces a mí —dijo Selene. Su voz sonaba como hielo rompiéndose—. Pero estás rota. Estás sucia.—Estoy viva —repliqué, limpiándome el sudor de la frente—. Tú pareces un filtro de Instagram.Selene no entendió el insulto. Miró a mis hombres, que seguían en el suelo, aplastados por su gravedad divina.—Levantaos —ordenó la Diosa.La presión desapareció.Rafael, Mateo, Víctor, Damián y Magnus se pusieron de pie, tambaleándose.Pero no me miraron a mí. Miraron a Ella.Sus ojos estaban muy abiertos. Era su Cread
Los ángeles no se limitaron a mi castillo.Se dispersaron.Alas blancas cubrieron el cielo de las ciudades humanas. Nueva York. Londres. Tokio.No distinguían entre lobos y hombres. Para la Diosa Luna, toda la Tierra estaba manchada por mi herejía.—PURIFICACIÓN GLOBAL —resonaba en las pantallas de televisión de todo el mundo.Vi, a través de los ojos de los drones de Lilith (que ahora yo controlaba), cómo columnas de fuego blanco caían sobre rascacielos.La humanidad estaba gritando.—Están masacrando a los inocentes —dijo Víctor, mirando las noticias en una tablet militar recuperada—. El ejército humano no puede tocar a los ángeles. Sus misiles atraviesan la luz sin dañarla.—Necesitan un milagro —dijo Mateo.De repente, la frecuencia de radio de emergencia de la base humana cercana se activó.—...a cualquier entidad capaz de escuchar... —la voz del Presidente del Consejo Humano estaba rota por el pánico—. Nuestras armas fallan. Dios nos está atacando. Si la Reina Loba escucha esto.
El cráter de cristal donde había estado mi castillo brillaba bajo la luz de la luna roja.Pero el silencio duró poco.Las nubes se abrieron.No bajó lluvia. Bajaron plumas.Plumas blancas, inmaculadas, afiladas como cuchillas de afeitar.—¡Arriba! —gritó Magnus, levantando su espada rota—. ¡La caballería divina ha llegado!Descendieron en picado.Cientos de ellos.Ángeles Lunares.No eran los querubines de los cuadros humanos. Eran guerreros de dos metros y medio. Piel de mármol. Sin género. Sin pezones. Sin ombligo. Caras perfectas e inexpresivas como máscaras de porcelana.Llevaban espadas de luz sólida que zumbaban al cortar el aire.—PURGAR —dijeron al unísono. Su voz no tenía emoción. Era un comando de limpieza.Aterrizaron sobre el cristal caliente.—¡A ellos! —rugió Rafael.Mi harén se lanzó al combate.Rafael, la Bestia, saltó sobre el primero. Sus garras chocaron contra la armadura de luz del ángel.¡ZZZZT!Rafael aulló cuando la luz le quemó la piel, pero no lo soltó. Le arr
El rayo de luz lunar no quemó la tierra. Quemó la mente.Bajó del cielo negro como una columna de mármol sólido, clavándose en el centro de mi castillo en ruinas.La voz de la Diosa no salió de las nubes. Salió de las bocas de todos los lobos presentes.Miles de guerreros, mis guerreros, abrieron la boca al unísono. Sus ojos se pusieron blancos.—MATADLA —dijeron todos a la vez.Era un sonido horrible. Una colmena divina.—LA MADRE FALSA DEBE MORIR. LIMPIAD EL MUNDO DE SU MANCHA.El General de Sangre Negra, el mismo que me había jurado lealtad hace una hora, se giró hacia mí.Lloraba lágrimas de sangre, luchando contra la posesión, pero su brazo levantó el hacha.—Perdóname, Reina... —sollozó el General—. Ella me obliga. Es... es la Creadora.—¡Atrás! —gritó Mateo, poniéndose delante de mí.Pero no era solo el General. Era todo el ejército.Diez mil hombres que habían besado el suelo que yo pisaba, ahora apuntaban sus lanzas hacia mi corazón. —Estamos jodidos —dijo Víctor, cargando s
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