Mundo ficciónIniciar sesiónLa cremallera se atascó a mitad de camino. Solté un gruñido y tiré de la tela barata, forzándola para que cubriera mi espalda.
La tela crujió, un sonido de advertencia que conocía demasiado bien.
Mi habitación en el sótano era poco más que un armario con humedad en las esquinas. Me miré en el trozo de espejo rajado sobre el lavabo.
El vestido era negro, viejo y definitivamente dos tallas más pequeño.
La tela se estiraba hasta el límite sobre mis pechos, aplastándolos en un intento inútil de contención y creando un escote profundo y vulgar que no pretendía mostrar.
—Entra, maldita sea —murmuré, conteniendo la respiración hasta que mis costillas dolieron.
Con un tirón final, la cremallera subió, mordiéndome la piel.
Solté el aire y sentí cómo las costuras se clavaban en mi carne. Me sentía embutida. Mis caderas estiraban la falda tanto que se subía peligrosamente por mis muslos gruesos.
Me pasé las manos por las curvas. Suaves. Demasiado suaves.
Mi madre solía decir que mi cuerpo estaba hecho para la abundancia, pero en el Pack Plata de Luna, la abundancia era un pecado. Aquí solo se veneraba el hueso.
—Estás ridícula —me dije al espejo—. Pero es esto o ir desnuda.
Mi estómago rugió. No había comido desde ayer. El hambre era una bestia constante. Salí del cuarto y subí las escaleras de servicio hacia el comedor. El olor a carne asada me golpeó, llenándome la boca de saliva.
El comedor estaba lleno de guerreros preparándose para la ceremonia. Me pegué a la pared, intentando llegar al buffet sin ser vista. Solo quería un plato rápido para callar a la bestia.
Llegué a la mesa. Había sobras de puré y estofado. Me serví rápido, sintiendo las miradas en mi espalda.
—Vaya, vaya. Miren quién salió de su cueva.
Me tensé. Marcos, uno de los guerreros jóvenes. Me giré lentamente, protegiendo mi plato contra mi pecho.
—Solo quiero comer, Marcos.
—¿Comer? —se rio, y varios se unieron—. Creo que ya has comido suficiente por este mes, Valeria. Si sigues engordando, vas a rodar en vez de correr. El Alpha quiere guerreros, no ballenas.
—Déjame en paz.
Intenté pasar. Marcos estiró el pie.
Tropecé. Caí de rodillas con un golpe seco. El plato salió volando. El puré caliente y la salsa del estofado aterrizaron directamente sobre mi pecho y mi regazo.
El comedor se quedó en silencio un segundo, luego estallaron las risas.
Sentí el calor de la comida quemándome la piel a través del vestido fino.
La salsa marrón goteaba por el escote, deslizándose entre mis pechos, manchando la única ropa decente que tenía. Me quedé ahí, cubierta de comida como un cerdo en un chiquero.
—Te queda bien —dijo Marcos, pateando un trozo de pan hacia mí—. Ahora sí pareces lo que eres.
Levanté la vista, luchando contra las lágrimas. Busqué una cara, cualquiera que no se riera.
Mis ojos encontraron a Víctor.
El Beta del pack estaba cerca de la puerta, brazos cruzados. Treinta y cinco años, cicatriz en la mejilla. No se rio. Pero tampoco se movió.
Sin embargo, su mirada no estaba en mi cara.
Víctor miraba la mancha de salsa que bajaba por mi escote. Sus ojos oscuros seguían el recorrido del líquido espeso sobre mi piel, bajando hasta donde mis muslos apretados estiraban la tela manchada.
No había asco. Había una intensidad extraña, una curiosidad oscura. Me miró un segundo más de lo aceptable. Un segundo sucio y electrizante.
Luego parpadeó y desvió la vista.
Me levanté temblando. Dejé el plato roto y corrí. Corrí con los muslos rozándose, con la salsa pegajosa enfriándose, con las risas persiguiéndome.
Me metí en las duchas comunales. Me arranqué el vestido, escuchando cómo se rasgaba una costura. Entré bajo el agua helada y empecé a frotar.
Froté mi piel hasta que se puso roja. Quería quitarme la grasa, el olor, las miradas.
Mis manos bajaron por mi cuerpo lleno de jabón. Ahuequé uno de mis pechos, sintiendo su peso en mi palma. Era grande, pesado, con el pezón endurecido por el frío.
Cerré los ojos. Imaginé que no eran mis manos. Imaginé manos grandes, callosas.
Manos de Alpha. Imaginé que alguien apretaba esta carne suave y gemía de deseo en lugar de reírse. Un calor traicionero se encendió en mi vientre, una pulsación de necesidad pura.
¿Cómo se sentiría?, pensé, deslizando mi mano hacia abajo, hacia mi vientre, hacia el calor entre mis piernas. ¿Cómo se sentiría ser deseada?
—Cerda —susurré, abriendo los ojos de golpe.
Aparté mis manos como si quemaran. Repugnante. Tenían razón. Solo era una gorda desesperada tocándose en una ducha fría. Nadie me querría nunca.
Cerré el grifo. Me sequé con una toalla áspera, castigándome. Me puse el vestido húmedo y manchado. Froté la mancha, pero la sombra de grasa quedó ahí, sobre mi corazón.
Salí al exterior.
Y entonces, sucedió.
La luna llena se alzó sobre los pinos, enorme y plateada.
Un golpe físico me sacudió el pecho. Como un gancho invisible tirando de mi ombligo con fuerza brutal. Me doblé, jadeando.
No era dolor. Era atracción. Gravedad absoluta.
El aire se llenó de un olor. Sándalo. Tierra mojada. Lluvia fresca sobre piedra caliente.
Mi loba despertó, aullando, arañando mi cráneo.
MATE.
La palabra resonó en mi sangre, borrando el hambre y la vergüenza.
Mis pies se movieron solos. El tirón era ineludible. Tenía que ir. Tenía que encontrar la fuente. Tenía que tocarlo.
Caminé como sonámbula hacia el Gran Salón, siguiendo el rastro invisible. El corazón me latía en la garganta.
Llegué a las puertas abiertas. La música se apagó en mis oídos. Solo existía el olor.
Y allí, en el centro del estrado, bajo la luz de la luna, estaba él.
Damián.
Se giró en el momento exacto en que puse un pie en el umbral.
Nuestros ojos se encontraron.







