El Rogue saltó.
Era una masa de músculo sucio y violencia proyectada hacia mí. En cualquier otro momento de mi vida, habría gritado. Me habría cubierto la cara y esperado el dolor.
Pero esa Valeria había muerto en el barro.
No me moví. No parpadeé.
Mi loba interior, esa perra asustada, se había callado. En su lugar, la Encantadora tomó el volante. El tiempo pareció ralentizarse.
Podía ver cada gota de saliva volando de su boca abierta, podía oler el óxido de su sangre y el amoníaco de su excitación.
Levanté una mano.
—Alto —dije.
No grité. No hizo falta. Mi voz salió cargada con un peso sobrenatural, vibrando en una frecuencia que hizo temblar mis propios huesos.
El efecto fue instantáneo.
El Rogue se detuvo en seco a medio metro de mí, como si hubiera chocado contra un muro invisible de cristal. Sus pies derraparon en la tierra.
Jadeó, confundido, luchando contra sus propios músculos que se negaban a avanzar.
—¿Qué...? —gruñó, intentando levantar un brazo para golpearme o agarrarme.