El Rogue saltó.
Era una masa de músculo sucio y violencia proyectada hacia mí. En cualquier otro momento de mi vida, habría gritado. Me habría cubierto la cara y esperado el dolor.
Pero esa Valeria había muerto en el barro.
No me moví. No parpadeé.
Mi loba interior, esa perra asustada, se había callado. En su lugar, la Encantadora tomó el volante. El tiempo pareció ralentizarse.
Podía ver cada gota de saliva volando de su boca abierta, podía oler el óxido de su sangre y el amoníaco de su excita