Lord Valerius descendió los escalones de hielo como si flotara.
No caminaba. Se deslizaba.
Llevaba un traje de terciopelo negro con bordados de plata que parecían venas congeladas. Su piel era tan pálida que brillaba bajo la luz azul de las arañas de cristal.
Se detuvo frente a mí.
Olía a invierno eterno. A flores preservadas en formol.
—Lord Valerius —dije, inclinando la cabeza lo mínimo indispensable.
—Reina Valeria —respondió él. Su voz era suave, pero tenía un eco metálico—. Has venido. Y h