Dejé a la vieja Ana temblando en el suelo, muda por mi orden. No diría nada.
Me deslicé de nuevo hacia el jardín, bordeando los setos altos. Sabía a dónde iría Damián.
Siempre hacía lo mismo cuando bebía demasiado: buscaba privacidad para vaciar la vejiga o para quejarse de su padre sin testigos.
Lo esperé en el linde del bosque, justo donde la luz de las antorchas de la terraza moría y empezaba la oscuridad real.
No tardó mucho.
Damián se separó de su grupo de aduladores, caminando con ese pa