Capítulo 10: Rechazo el Rechazo

Dejé a la vieja Ana temblando en el suelo, muda por mi orden. No diría nada.

Me deslicé de nuevo hacia el jardín, bordeando los setos altos. Sabía a dónde iría Damián.

Siempre hacía lo mismo cuando bebía demasiado: buscaba privacidad para vaciar la vejiga o para quejarse de su padre sin testigos.

Lo esperé en el linde del bosque, justo donde la luz de las antorchas de la terraza moría y empezaba la oscuridad real.

No tardó mucho.

Damián se separó de su grupo de aduladores, caminando con ese paso arrogante que ahora me parecía ridículo. Se detuvo junto a un roble antiguo, dándome la espalda mientras se bajaba la cremallera.

—Maldito viejo —murmuró para sí mismo, su voz arrastrada por el alcohol—. "Cualquiera servirá". Ya veremos. Yo elegiré a la más perfecta solo para callarle la boca.

—¿La perfección se mide en kilos, Damián? —pregunté.

Mi voz cortó el aire nocturno, suave y afilada como una cuchilla de afeitar.

Damián dio un salto, girándose tan rápido que casi pierde el equilibrio.
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