Dejé a la vieja Ana temblando en el suelo, muda por mi orden. No diría nada.
Me deslicé de nuevo hacia el jardín, bordeando los setos altos. Sabía a dónde iría Damián.
Siempre hacía lo mismo cuando bebía demasiado: buscaba privacidad para vaciar la vejiga o para quejarse de su padre sin testigos.
Lo esperé en el linde del bosque, justo donde la luz de las antorchas de la terraza moría y empezaba la oscuridad real.
No tardó mucho.
Damián se separó de su grupo de aduladores, caminando con ese paso arrogante que ahora me parecía ridículo. Se detuvo junto a un roble antiguo, dándome la espalda mientras se bajaba la cremallera.
—Maldito viejo —murmuró para sí mismo, su voz arrastrada por el alcohol—. "Cualquiera servirá". Ya veremos. Yo elegiré a la más perfecta solo para callarle la boca.
—¿La perfección se mide en kilos, Damián? —pregunté.
Mi voz cortó el aire nocturno, suave y afilada como una cuchilla de afeitar.
Damián dio un salto, girándose tan rápido que casi pierde el equilibrio.