La Espada de los Ancestros tembló en las manos de Magnus.
No podía moverla.
Kael, mi hijo de tres años, la sostenía por el filo con una sola mano pequeña, envuelta en sombras sólidas.
—Suéltala —ordenó el niño.
Magnus tiró. Sus bíceps de Lycan Puro se hincharon. Gruñó por el esfuerzo. Pero la espada estaba soldada a la oscuridad de Kael.
—¿Qué eres? —jadeó el Rey, mirando a la criatura con horror.
—Soy tu reemplazo —dijo Kael.
El niño hizo un gesto brusco con la muñeca.
¡CRACK!
La hoja legendar