El Rogue abrió la boca.
No hubo duda. No hubo vacilación. Su mandíbula se desencajó con la desesperación de un hombre que lleva días sin beber y acaba de encontrar un oasis.
Me acerqué un paso más. El barro frío se coló entre mis dedos de los pies, pero el calor que irradiaba mi cuerpo era suficiente para secar la tierra.
Levanté los restos de mi falda rasgada. No tenía vergüenza. La vergüenza era para las débiles, para la Valeria que lloraba en el baño. Esa Valeria ya no existía.
—Acércate —or