El Rogue abrió la boca.
No hubo duda. No hubo vacilación. Su mandíbula se desencajó con la desesperación de un hombre que lleva días sin beber y acaba de encontrar un oasis.
Me acerqué un paso más. El barro frío se coló entre mis dedos de los pies, pero el calor que irradiaba mi cuerpo era suficiente para secar la tierra.
Levanté los restos de mi falda rasgada. No tenía vergüenza. La vergüenza era para las débiles, para la Valeria que lloraba en el baño. Esa Valeria ya no existía.
—Acércate —ordené.
Él se arrastró de rodillas, con la respiración entrecortada, gimiendo como un animal herido. Sus manos temblorosas se aferraron a mis caderas.
—Sí... Diosa... —balbuceó, presionando su cara contra mi vientre bajo. Su aliento caliente golpeó mi piel.
—No hables —dije, enredando mis dedos en su pelo sucio y graso—. Sirve.
Tiré de su cabeza hacia mí.
Su lengua salió, áspera y hambrienta. El primer contacto fue eléctrico. Un chispazo que recorrió mi columna vertebral y encendió todas las termi