Capítulo 5: Golpes y Sangre

No caminé. Me arrastraron.

La música paró. Las risas no.

—¡Sacad esa inmundicia de aquí! —gritó Damián a mis espaldas.

Fue lo último que oí de él.

El aire frío de la noche me golpeó la cara en cuanto cruzamos las puertas dobles. Me tiraron por las escaleras de piedra de la entrada.

Rodé.

Golpe. Hombro. Cadera. Cabeza.

Aterricé en la grava, jadeando. El dolor del vínculo roto seguía ahí, pero ahora tenía compañía: cortes en las rodillas y un latigazo en el cuello.

Intenté levantarme.

Una bota se clavó en mi espalda. Me aplastó contra el suelo.

—Quieta, cerda —gruñó uno de los guardias.

Levanté la vista, escupiendo tierra. No estábamos solos.

Lydia y Sara habían seguido a los guardias. Venían riendo, con copas de champán en la mano. Sus vestidos de fiesta brillaban bajo la luna.

—Mírala —dijo Lydia, acercándose—. Parece un gusano intentando volver a la tierra.

—¿Crees que rebota si la pateamos? —preguntó Sara con malicia.

—Probémoslo.

La primera patada me dio en las costillas.

Grité.

—¡Cállate! —Lydia me pateó otra vez, esta vez en el estómago—. ¡Nadie quiere oír tus chillidos de cerdo!

Me hice un ovillo, protegiendo mi cabeza.

—Por favor... —supliqué entre jadeos—. Parad...

—¿Por favor? —se rio uno de los guardias. Un hombre grande, calvo, con aliento a tabaco—. El Alpha dijo "fuera de mi vista". Y tú eres muy grande, niña. Cuestas mucho de esconder.

Me agarró del pelo. Me levantó la cabeza a la fuerza.

—¡Levántate y camina! —ordenó.

Me obligaron a caminar hacia el bosque. A empujones. A golpes. Cada vez que tropezaba, me golpeaban.

—Eres lenta —se quejó Sara, caminando a mi lado—. Lenta y pesada. ¿Cómo te atreviste a pensar que Damián te miraría?

—Yo no... —intenté hablar.

—¡Cierra la boca! —Sara me dio una bofetada. Sus anillos me cortaron la mejilla.

Llegamos al límite del territorio. La Frontera. Donde terminaba la seguridad del pack y empezaba la tierra de nadie. De los Rogues.

Me empujaron contra un árbol viejo.

El guardia calvo me miró. Sus ojos bajaron a mi vestido roto. La tela se había rasgado en el hombro y en la falda durante la caída.

—Vaya desperdicio de tela —dijo, masticando un palillo—. Tanta carne y tan mala calidad.

—Déjame ver qué escondía Damián —dijo el otro guardia, un joven con cara de rata.

Agarró mi escote.

—¡No! —grité, intentando apartarlo.

—¡Quieta!

Tiró.

El sonido de la tela rasgándose fue fuerte en el silencio del bosque. Mi vestido se abrió hasta la cintura.

El aire frío golpeó mi piel desnuda. Mis pechos quedaron expuestos, subiendo y bajando por el pánico. Mi sujetador viejo apenas aguantaba.

Lydia soltó una carcajada estridente.

—¡Dios mío! —gritó, señalándome—. ¡Miren eso! ¡Son enormes! ¡Qué asco!

Me intenté tapar con los brazos. El guardia calvo me agarró las muñecas y las sujetó sobre mi cabeza contra el árbol.

—Déjala —dijo el guardia joven, acercándose—. Quiero ver si es verdad lo que dijo el Alpha. Si hay tanta grasa.

Me dio una nalgada. Fuerte. En mi muslo expuesto.

El sonido de la carne golpeada resonó seco.

—¡Ay! —grité.

—¡Mira cómo tiembla! —se rio el guardia, dándome otra nalgada, esta vez en el culo—. Es como gelatina. ¡Plaff!

—¡Qué repugnante! —chilló Sara, aunque no apartaba la mirada—. Damián tenía razón. Se asfixiaría ahí dentro.

—Nadie se follaría esto —dijo el calvo, mirándome los pechos con una mezcla de asco y lujuria oscura—. Pero sirve para practicar puntería.

Me soltó una mano solo para pellizcarme el pezón a través de la tela fina del sujetador. Lo retorció con crueldad.

Grité de dolor.

—¡Suéltame! ¡Soy una miembro del pack! —lloré.

—Eras —corrigió Lydia, acercándose hasta que su aliento a alcohol me dio en la cara—. Ya no eres nada, Valeria. Eres una Rogue. Una sin manada.

—Basura —añadió Sara.

El guardia calvo me soltó de golpe. Caí al suelo, temblando, intentando cubrir mi desnudez con los trapos que quedaban de mi vestido.

—Vámonos —dijo, escupiéndome cerca de la bota—. Huele a miedo y a leche agria. Me quita las ganas de cenar.

—Que te diviertas con los Rogues reales —dijo el joven, dándome una última patada en la cadera—. Si tienen hambre, contigo tienen para un mes.

Se rieron. Todos se rieron.

Dieron media vuelta. Sus risas se alejaron, mezclándose con la música distante de la mansión. Volvían a la fiesta. A la luz. Al calor.

Yo me quedé en la oscuridad.

El silencio cayó sobre el bosque. Pesado. Mortal.

Me abracé a mí misma. La sangre de mi nariz se había secado, pero la de mi mejilla seguía goteando. Me dolía todo. Las costillas. El alma. La dignidad.

—Mamá... —sollocé al vacío—. Ayúdame...

Nadie contestó.

El frío empezó a entumecerme los dedos. Iba a morir aquí. Congelada o devorada por un lobo solitario. Damián había ganado.

Cerré los ojos, dejándome caer de espaldas contra las raíces del árbol. La oscuridad me rodeó.

Entonces, sentí el calor.

No vino de fuera. Vino de dentro.

Empezó en mi vientre. Una chispa. Pequeña. Furiosa.

No era mi loba. Mi loba estaba herida, llorando por su mate. Esto era otra cosa. Algo más viejo. Algo que había estado dormido en mi sangre, esperando a que me rompieran lo suficiente para poder salir por las grietas.

El dolor de los golpes desapareció.

El frío se convirtió en vapor.

Mis ojos se abrieron de golpe.

Ya no veía el bosque oscuro. Veía cada hoja. Cada insecto. Cada vena en la madera del árbol. El mundo brillaba con un tono violeta eléctrico.

Una voz resonó en mi cabeza. No era un pensamiento. Era un trueno antiguo, femenino y terrible.

"Despierta, hija".

Sentí cómo mis huesos vibraban. Mi piel, amoratada y sucia, empezó a zumbar.

"Han confundido tu carne con debilidad", susurró la voz, dulce como la miel envenenada. "Enséñales el error".

Me miré las manos. Mis uñas parecían más largas. Más afiladas.

"Levántate, Valeria", ordenó la Encantadora dentro

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