La tarjeta negra seguía sobre la mesa, emanando un olor a rosas muertas que ni el viento del balcón podía disipar.
—Es una trampa —repitió Mateo por décima vez, paseando de un lado a otro—. Entrar en el territorio de un Señor Vampiro es suicidio. No tienes sangre real para protegerte de su glamour.
Me miré en el espejo de cuerpo entero. Mi vientre había bajado un poco después del parto, pero mis caderas seguían siendo anchas, poderosas. Mis pechos estaban llenos, listos para alimentar a dioses