El suelo del bosque dejó de estar frío. De repente, estaba ardiendo. O tal vez era yo.
Me retorcí entre las raíces, arañando la tierra húmeda. No era la fiebre de un cambio de lobo.
He visto transformaciones antes; huesos rompiéndose, pelo creciendo. Esto era diferente. Esto era fuego líquido corriendo por mis venas, hirviendo mi sangre, buscando una salida.
—¡Ah! —grité, arqueando la espalda.
"No luches contra ello", ordenó la Voz en mi cabeza. Era antigua, gutural y vibraba en la base de mi cráneo. "Acéptalo".
—Duele... —gemí, mis manos aferrándose a mi vientre. Sentía que mis ovarios iban a estallar.
"El dolor es el precio de la entrada", respondió la Voz. "Te rompieron el vínculo, niña. Dejaron un agujero en tu alma. Ahora lo estoy llenando".
—¿Quién... quién eres?
"Soy tú. Lo que fuiste antes de que te dijeran que fueras mansa. Soy la Encantadora".
Un espasmo violento me sacudió. Jadeé, abriendo las piernas involuntariamente. El calor se concentró allí, entre mis muslos, palpitan