El Rey Magnus no fue a las mazmorras.
Fue a mi habitación.
Había ordenado a los herreros de Sangre Negra que construyeran algo especial. Una jaula.
No era una jaula de hierro oxidado. Era una jaula de barrotes dorados, altos y finos, situada justo en la esquina de mi suite, con vista directa a la cama gigante.
—Entra —ordené.
Damián y Rafael arrastraron a Magnus. El Rey todavía llevaba sus ropas de seda sucias de barro y humillación.
Magnus miró la jaula. Miró la cama.
—No soy un animal —gruñó,