Capítulo 4: La Humillación Pública

El grito de Damián no fue lo único que rompió el aire. Algo dentro de mi pecho estalló con el sonido de una costilla quebrándose.

No fue una metáfora. No fue un "dolor en el alma". Fue una agonía física, caliente y desgarradora, que recorrió mi esternón y se clavó en mis pulmones como cristales rotos.

El vínculo de mate, esa cuerda dorada que la Diosa había tejido entre nosotros segundos antes, se tensó y se partió con violencia.

Caí al suelo de piedra. Mis rodillas chocaron contra el mármol frío, pero apenas lo sentí. El dolor en mi pecho era cegador. Boqueé buscando aire, pero mis pulmones parecían llenos de ácido.

—Mírenla —la voz de Damián resonó por los altavoces, amplificada, distorsionada por el eco del Gran Salón—. Miren lo que el destino intentó encadenarme.

Me agarré el pecho, clavando las uñas en la tela manchada de mi vestido, intentando mantener mi corazón dentro de la caja torácica.

Sangre caliente empezó a gotear de mi nariz, manchando el suelo. El rechazo de un Alpha no solo duele; destruye.

La multitud no se movió para ayudarme. Nadie dio un paso al frente. Cientos de ojos me observaban como si fuera un animal atropellado en la carretera.

Damián no había terminado. Caminó hasta el borde del estrado, mirándome desde arriba como un dios vengativo.

—¿Creían que aceptaría esto? —preguntó, paseando su mirada por la sala—. ¿Que permitiría que mi sangre, la sangre de los Plata, se mezclara con... eso?

Señaló mi cuerpo encogido en el suelo.

—Miren esas caderas —escupió—. Son tan anchas que no cabrían en el trono de la Luna. Miren esa barriga. Es blanda, débil. No hay músculo ahí, solo grasa acumulada por la pereza y la gula.

Las risas empezaron tímidas, pero crecieron rápido. Lydia y Sara, desde la primera fila, se tapaban la boca para disimular sus carcajadas.

—¡Es una vergüenza para nuestra especie! —gritó Damián, alimentándose de la reacción del pack—. Una loba debe ser ágil, letal. Debe ser capaz de correr millas sin cansarse. ¿Ella? Ella rodaría cuesta abajo.

Cada palabra era un golpe. Más sangre goteó de mi nariz. Mi visión se nubló, pero mis oídos captaban cada insulto con una claridad aterradora.

Levanté la vista, buscando piedad. Busqué a Rafael, el Alpha Supremo. El padre de mi mate. Él estaba sentado en su trono de madera tallada, con una copa de vino en la mano.

Nuestras miradas se cruzaron.

Rafael no mostró lástima. Me miró con la frialdad de un carnicero evaluando una pieza de carne podrida. Asintió lentamente hacia su hijo, dándole permiso tácito para continuar. Para destruirme.

Damián sonrió al ver la aprobación de su padre. Se inclinó sobre el micrófono, bajando la voz a un tono confidencial que, sin embargo, llegó a cada rincón de la sala.

—Además... piensen en la logística —dijo, con una mueca burlona—. Piensen en lo que sucedería si intentara consumar el vínculo.

El silencio se hizo denso, expectante.

—¿Cómo podría un macho meterse entre esos muslos? —preguntó, fingiendo asco—. Son tan gruesos que me asfixiaría antes de encontrar la entrada. Tendría que apartar capas de grasa solo para cumplir con mi deber.

El salón estalló.

Carcajadas. Aullidos de burla. Hombres y mujeres, guerreros y omegas, todos se reían. Se reían de mi cuerpo.

Se reían de mi sexualidad inexistente. Se reían de la imagen de Damián intentando follarme y fallando por culpa de mi "grosor".

La humillación quemó más que el dolor del vínculo roto. Me sentí desnuda. Expuesta. Desollada viva frente a todos los que me conocían.

—¡Bola de grasa inútil! —gritó alguien desde el fondo.

—¡Cerda! —chilló otro.

Damián levantó una mano y las risas cesaron, obedientes a su Alpha.

—Lo ven —dijo, satisfecho—. El pack ha hablado. La Diosa se equivocó, y yo he corregido su error. No mancharé mi linaje con una Omega defectuosa.

Me limpié la sangre de la nariz con el dorso de la mano. El dolor en mi pecho seguía ahí, palpitante, agudo, pero algo estaba cambiando.

El calor de la vergüenza se estaba enfriando. Se estaba congelando en mi estómago, convirtiéndose en un bloque de hielo pesado y duro.

Damián me había rechazado. Me había llamado inútil. Me había reducido a un trozo de carne defectuosa.

Pero seguía viva.

Apreté los dientes. El sabor metálico de mi propia sangre llenó mi boca. Me obligué a levantar la cabeza. No iba a morir aquí. No les daría el espectáculo de mi cadáver.

Miré a Damián. Ya no veía al chico guapo que me había ignorado en el pasillo. Veía a un monstruo. Un niño cruel con demasiado poder.

Y por primera vez en mi vida, no sentí miedo. Sentí odio.

Un odio puro, cristalino, absoluto. Un odio que me daba fuerzas para respirar a pesar de las costillas rotas fantasmas. Un odio que prometía venganza.

Ríete, pensé, clavando mis ojos verdes en los suyos. Ríete ahora, Damián. Porque juro por la sangre que estoy derramando que me vas a pagar cada lágrima con un litro de la tuya.

Damián notó mi mirada. Su sonrisa vaciló por una fracción de segundo. Quizás vio algo en mis ojos que no esperaba. Quizás vio que la "bola de grasa" tenía dientes.

Pero su arrogancia volvió rápido. Arrugó la nariz, como si el olor de mi sangre y mi dolor le revolviera el estómago. Se apartó del micrófono, sacudiéndose el traje impecable como si yo lo hubiera ensuciado desde la distancia.

Hizo un gesto brusco hacia los guardias que custodiaban las puertas. Dos moles de músculo se adelantaron, sus botas pesadas resonando contra la piedra.

Damián ni

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