Mundo ficciónIniciar sesiónDamián me miraba.
No, no me miraba a mí. Miraba a la criatura que había interrumpido su momento de gloria. Sus ojos grises, esos que segundos antes brillaban con orgullo, ahora se entrecerraban con confusión.
El tirón en mi ombligo se hizo insoportable. Era como si un gancho de carnicero me estuviera arrastrando hacia él. Di un paso adelante, involuntario. Mis rodillas temblaron.
—Mate —susurró mi loba, arañando mi interior con desesperación.
El susurro no se quedó en mi cabeza. Pareció viajar por el aire, golpeando a Damián como una bofetada física.
Lo vi reaccionar. Su cuerpo se puso rígido, como si le hubieran disparado. Sus fosas nasales se ensancharon, inhalando profundamente. Buscaba el olor. Ese aroma a fresas silvestres y almizcle que mi cuerpo estaba liberando en oleadas vergonzosas ahora mismo.
Me escondí detrás de una columna de piedra, intentando hacerme pequeña. Estúpida. Como si pudiera esconder mi esencia.
Damián bajó del estrado. La multitud se apartó, creando un pasillo respetuoso para su futuro Alpha. Él no miraba a nadie. Sus ojos estaban clavados en la columna donde yo me ocultaba. Caminaba con pasos pesados, depredadores.
Mi corazón martilleaba contra mis costillas. Por favor, Diosa, no, rogué, aunque una parte traidora de mí gritaba sí.
Él llegó hasta mí.
Me giré, acorralada.
Damián se detuvo a medio metro. Demasiado cerca. Su olor a lluvia y tierra mojada me invadió, emborrachándome.
Mis pechos dolieron, hinchándose contra la tela apretada del vestido manchado. Mi entrepierna palpitó con un dolor exquisito y húmedo. Era biología pura. Mi cuerpo reconocía a su dueño.
Él me miró. Primero a los ojos. Luego, inevitablemente, bajó la vista.
Recorrió mi figura. Mis caderas anchas que estiraban las costuras. Mi barriga suave que se marcaba bajo la licra barata. La mancha de grasa naranja que cruzaba mi escote.
Esperé el asco. Esperé el insulto.
Pero entonces, vi algo que me dejó sin aliento.
Damián tragó saliva. Su nuez de Adán subió y bajó bruscamente. Un rubor oscuro subió por su cuello, manchando su piel perfecta. Y abajo...
Mis ojos bajaron. No pude evitarlo.
Allí, contra la tela fina de sus pantalones de traje caros, una protuberancia innegable estaba creciendo. Dura. Furiosa.
Damián tenía una erección.
Su cuerpo me deseaba. Su biología de Alpha estaba respondiendo a mi llamada de Omega, sin importarle que yo fuera "la cerda". Su instinto quería montarme, quería hundirse en esa carne suave que él despreciaba.
Una chispa de esperanza estúpida, suicida, se encendió en mi pecho. Me quiere, pensé. A pesar de todo, su lobo me quiere.
Levanté la vista hacia su cara, buscando esa misma chispa en sus ojos.
Error.
Lo que encontré fue odio. Puro y destilado.
Damián miraba su propia reacción física con horror, como si le hubiera salido un tumor.
Luego me miró a mí, y el horror se transformó en una furia helada. Estaba furioso porque su cuerpo lo había traicionado con esto. Conmigo.
—Tú —gruñó. La palabra sonó como un escupitajo.
Di un paso atrás, chocando contra la columna. La esperanza murió al instante, aplastada por su tono.
—Damián... —mi voz salió como un hilo roto.
—No digas mi nombre —siseó. Se pasó una mano por la cara, intentando borrar el olor, intentando recuperar el control.
Apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos—. Hueles... hueles a trampa. Hueles a error.
La gente empezaba a murmurar. Rafael, desde el estrado, observaba con el ceño fruncido. Mateo, el hermano de Damián, nos miraba con curiosidad desde un lateral. Incluso Víctor, el Beta, tenía los ojos fijos en nosotros.
Damián pareció darse cuenta de la audiencia. Se enderezó. Respiró hondo, forzando a su erección a bajar, luchando una guerra interna visible. Su cara se convirtió en una máscara de piedra.
Me dio la espalda. Sin una palabra más.
Me dejó allí, temblando, con el vínculo vibrando entre nosotros como un cable de alta tensión a punto de romperse.
Subió de nuevo al estrado. Sus pasos eran rápidos, urgentes. Como si huyera de una infección.
—¡Atención! —su voz, amplificada por el micrófono, cortó el murmullo de la sala como un cuchillo.
El silencio fue instantáneo. Todos los ojos se volvieron hacia él. Yo me quedé paralizada junto a la columna, sintiendo un frío terrible empezar a reptar por mi espina dorsal.
Sabía lo que venía. Mi loba aulló de dolor anticipado.
Damián buscó a su padre con la mirada. Rafael asintió levemente, dándole permiso para hacer lo que fuera necesario.
Luego, Damián buscó a la multitud. Me buscó a mí.
Me señaló con un dedo acusador. Cientos de cabezas se giraron para mirar a la chica gorda y manchada en la esquina.
—La Diosa Luna a veces nos pone pruebas —dijo Damián. Su voz era firme, cruel, resonando en cada rincón del salón—.
Pruebas de nuestra fuerza. De nuestra determinación para mantener la pureza de nuestro linaje.
Hizo una pausa dramática. Me miró con un desprecio tan profundo que sentí que me despellejaba viva.
—Esta noche, la Diosa ha cometido un error. O quizás, una broma de mal gusto.
Nadie se movía. Nadie respiraba.
Damián agarró el micrófono con ambas manos, inclinándose hacia adelante, asegurándose de que cada palabra se grabara a fuego en la historia del pack.
—Yo, Damián Plata, futuro Alpha del Pack Plata de Luna...
El vínculo se tensó, gritando.
—... ¡Rechazo a Valeria!
El grito resonó por los altavoces, haciendo vibrar los cristales.
—¡La rechazo como mi mate! ¡Rechazo su vínculo, rechazo su cuerpo y rechazo su esencia! —continuó, cada frase un golpe físico en mi pecho—. ¡Nunca una omega débil, deforme e inútil se sentará en el trono a mi lado!
El dolor me golpeó. No fue metafórico. Fue una agonía real, física, como si me hubieran arrancado el corazón del pecho con garras oxidadas. Caí de rodillas, jadeando, agarrándome el pecho.
Damián me miró desde arriba, con su erección ya oculta, triunfante sobre su propia biología.
—¡Que se rompa el vínculo! —rugió.







