4 El Sello Del Pacto

El aire en el despacho de Killian estaba saturado del aroma a tabaco caro y una tensión que hacía que a Aria le costara pasar saliva.

No había pasado ni una hora desde el desayuno y él ya había comenzado el adiestramiento.

Killian la había obligado a sentarse frente a él, tan cerca que sus rodillas se rozaban, en una invasión de espacio que la hacía sentir vulnerable y alerta a la vez.

— Lección uno, Aria — susurró él, acercando su rostro al de ella hasta que sus alientos se mezclaron — Los ojos son el mapa de tus debilidades, si parpadeas, si desvías la mirada cuando te provoco, Alistair sabrá que aún tiene poder sobre ti, debes ser lo suficientemente fuerte como para soportar cualquier cosa, por inapropiada que parezca.

Killian no la tocaba, pero sus palabras eran como caricias de fuego.

Comenzó a susurrarle al oído estrategias de manipulación social, mezclándolas con frases cargadas de un erotismo oscuro y explícito.

Le decía lo que pensaba hacerle cuando estuvieran frente a los demás, cómo sus manos recorrerían su cuerpo bajo la mesa para comprobar su lealtad, y lo que esperaba de ella cuando las puertas de la habitación se cerraran.

Aria sintió un calor abrasador subir por su cuello mezclado de miedo, un miedo extraño, se sentía impulsada a caer en su juego y dejar que le hiciera todo lo que ahora le prometía, tal vez era por despecho, porque quería vengarse en su propia carne de Alistair, pero tal vez no solo era eso.

Sus pupilas se dilataron y su respiración se volvió errática, pero apretó los puños bajo la mesa y clavó sus ojos verdes en el gris tormenta de Killian. No vaciló. Y no bajó la guardia.

— Debes mejorar — sentenció él, apartándose bruscamente justo cuando ella creía que iba a besarla y que se desplomaría por el mareo — Tu cuerpo te delata, aunque tus ojos mientan, pero no te preocupes, yo me encargaré de entrenar cada centímetro de tu piel, la farsa empieza mañana en la noche.

—¿Mañana? No comprendo… yo… no debería exponerme, puedo ir presa… — Dijo con la boca seca.

Killian la miró como si fuera una tontería sentirse asustada por eso.

—Tengo un excelente esquipo de investigadores y abogados a mi disposición, no te preocupes, no podrán arrestarte hasta que se demuestre de algo de lo que se te acusa.

—¡Pero…!

—Aria, ya me haré cargo, tenemos tiempo suficiente, por ahora, solo son chismes, y debes actuar como si lo fueran, por eso es tan importante que mañana asistas a ese evento conmigo, es una declaración social de que eres inocente, es la mejor forma de gritarlo a los cuatro vientos.

—¡De verdad lo crees?

Él asintió.

—Descansa, te necesito muy fresca — Dijo dándole una última recorrida con la mirada.

Durante la mañana del día siguiente, Killian hizo los contactos necesarios para aplacar la situación y se cobró algunos favores para hacer correr otro “chisme” mediático, y hacer ver a la acusación contra Aria como una contienda de poderes con Alistair Caldwell, y así restarle importancia.

Pero por la tarde, la habitación de invitados se convirtió en un torbellino de manos extrañas y fragancias costosas.

Killian había convocado a un equipo de estilistas de élite que trabajaron sobre Aria como si fuera una pieza de mármol que debían pulir. Exfoliantes, masajes, un maquillaje que resaltaba la ferocidad de su mirada azul y un peinado que dejaba al descubierto su cuello elegante con solo un par de mechones rojizos cayendo a los lados.

Cuando se quedó sola en el vestidor, Aria contempló el vestido.

Era una pieza de seda negra, líquida, con una caída que desafiaba la gravedad y un escote posterior que llegaba cerca hasta la base de su columna. Se lo puso con cuidado, pero la cremallera trasera resultó imposible de alcanzar.

— Marcus me dijo que estabas lista — la voz de Killian resonó desde la puerta — Ya pueden dejarnos — dijo al personal para que saliera.

Él entró, cerrándola tras de sí, se había puesto su esmoquin, luciendo como el dueño legítimo de cada sombra de la habitación. Aria se giró, tratando de cubrirse con las manos.

— No puedo cerrarlo — admitió ella en un susurro.

Killian se acercó.

Sus pasos eran lentos, y rítmicos.

Cuando llegó a su espalda, sus manos grandes y cálidas apartaron su cabello de fuego hacia un lado.

Aria cerró los ojos y un escalofrío recorrió toda su espina dorsal cuando sintió la punta de los dedos de él rozando su piel desnuda. Killian subió el cierre con una lentitud tortuosa, deteniéndose a cada milímetro, dejando que el dorso de sus dedos quemara la piel de Aria.

La atrajo hacia atrás, pegando la espalda de ella a su pecho firme, la proximidad era eléctrica. Sus rostros quedaron a milímetros de distancia frente al espejo.

Ella podía sentir el latido del corazón de Killian golpeando contra ella, y por un segundo, el mundo se detuvo. Él bajó la mirada a sus labios y Aria se inclinó hacia él, esperando el impacto del beso mientras sentía como el calor entre sus piernas se avivaba.

— Alistair estará allí con su amante — dijo él de repente, rompiendo el hechizo con una voz gélida — Van a celebrar tu ruina. ¡No les des el gusto de verte débil!

Antes de salir, Killian sacó una pequeña caja de terciopelo, en su interior, un collar de diamantes negros resplandecía con una luz siniestra.

— Esto perteneció a mi madre — dijo mientras se lo colocaba alrededor del cuello y sus dedos volvía a recorrerla manteniendo el calor que ya se había encendido en ella — Considéralo un sello de nuestra alianza.

Aria sintió el peso frío de las gemas.

No sabía que, oculto en el cierre de platino, un rastreador enviaba su posición exacta al teléfono de Killian en tiempo real, era una joya, pero también una correa de lujo.

Mientras buscaba su bolso de mano, Aria notó un pequeño trozo de papel que no debería estar allí y lo abrió con cuidado.

«No confíes en él. Killian Sterling no salva personas, solo colecciona deudas», decía la nota con una caligrafía apresurada.

Aria la guardó de inmediato, con el corazón acelerado antes de él la viera. ¿Quién en esa casa intentaba advertirle?

Al llegar a la gala benéfica, el despliegue de luces y fotógrafos era abrumador.

Killian bajó del coche y, antes de que Aria diera un paso, la tomó de la cintura con una posesividad que le cortó el aliento, sus dedos se hundieron con fuerza en su costado, marcando territorio frente a la prensa que se agolpaba en la entrada.

Justo antes de cruzar el umbral del salón principal, Aria se quedó paralizada, a unos metros, de espaldas, Alistair reía con una copa de champán en la mano, rodeado de la élite que alguna vez fue el círculo social de Aria.

Killian se inclinó hacia ella, rozando su oreja con los labios, simulando un gesto cariñoso para los espectadores.

— Entra ahí y haz que se arrepienta de haber nacido — le susurró con un tono que no admitía argumentos— Muéstrale de quién eres ahora, Aria, no eres su víctima, ¡Ahora eres mi reina!

Aria inhaló profundamente y entró al salón.

La música y el murmullo de las voces se desvanecieron cuando Alistair se giró y la vio, él intentó acercarse con una sonrisa de suficiencia, dispuesto a lanzarle un comentario mordaz que la terminara de hundir.

— Aria, querida, veo que has encontrado un nuevo... protector — soltó Alistair, recorriéndola de forma sucia con la mirada.

Aria no se inmutó, y en cambio, aplicó la Lección número uno con una precisión quirúrgica.

Clavó sus ojos verdes en los de él, sosteniéndole la mirada con una intensidad que hizo que el hombre vacilara, no hubo lágrimas, ni tampoco hubo reproches, Aria le dedicó una sonrisa gélida, cargada de un desprecio tan absoluto que Alistair dio un paso atrás, visiblemente descolocado.

A unos metros, Killian observaba la escena mientras fingía hablar con un inversor, sus ojos no se apartaban de Aria y vio cómo ella dominaba el espacio, cómo su postura emanaba un poder que no era fingido.

Y se descubrió a sí mismo mordiéndose el labio inferior, sintiendo una punzada de deseo que amenazaba con romper su propio control, ella tenía talento, iba a crear un arma, una mujer letal, y por primera vez en su vida, Killian Sterling sintió que quizá era él quien estaba jugando con un fuego que podría consumirlo a él también.

Justo cuando Aria se disponía a alejarse de un Alistair humillado, un murmullo recorrió el salón.

Las puertas principales se abrieron de par en par y dos agentes de la policía federal entraron con paso firme.

El jefe de seguridad de la gala se acercó a Killian con el rostro pálido.

—Señor Sterling, traen una orden de registro para el bolso de la señorita Vanderbilt. Dicen que tienen información de que ella lleva consigo algo que la vincula con el asesinato del contable que apareció muerto anoche.

Aria apretó su bolso contra el pecho, recordando la nota que acababa de encontrar.

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