La calma de la casa de seguridad fue devorada por un pitido agudo de los sensores perimetrales.
La paz que Aria y Killian habían construido frente a la chimenea se hizo añicos con el estruendo de un cristal rompiéndose en la planta baja. No hubo sirenas ni avisos, solo el sonido aterrador de botas pesadas sobre la madera y el grito lejano de Sophie.
Killian se puso en pie de un salto, ajustándose la chaqueta con una eficiencia mecánica mientras el resplandor de las luces de emergencia bañaba el