El salón se convirtió en una cámara de vacío.
Aria sentía que el peso de las esposas comenzaba a materializarse sobre sus muñecas antes de que el detective siquiera las sacara.
Alistair, a unos metros, sostenía su copa de cristal con una arrogancia que irradiaba triunfo, él lo había planeado todo, el desfalco, el arma, el video. ¡Era su golpe de gracia!
— Detective, me temo que está cometiendo un error que su carrera no podrá costear — la voz de Killian Sterling intervino, cortando el aire como una cuchilla fría.
Killian no esperó respuesta.
Puso una mano posesiva sobre el hombro de Aria y le hizo una seña al oficial para que se apartaran hacia un rincón más discreto, lejos de los oídos curiosos, aunque Alistair, con la agudeza de una hiena, se las ingenió para mantenerse lo suficientemente cerca.
— Tengo pruebas de que mi prometida estuvo conmigo toda la noche en mi mansión — declaró Killian, manteniendo una calma imperturbable — Pasamos una noche... apasionada... todo el personal de