Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio que recibió a la pareja al entrar en el gran salón del Club Náutico no fue un silencio de respeto, sino de puro estupor.
Era el sonido de cientos de personas conteniendo el aliento al mismo tiempo, las conversaciones sobre acciones, yates y escándalos se extinguieron mientras los ojos de la élite de los Hamptons se clavaban en la figura de Aria Vanderbilt Roche, colgada del brazo del hombre más peligroso de la costa este.
Killian no caminaba, dominaba el espacio.
Su mano, firme y posesiva sobre la cintura de Aria, enviaba un mensaje claro a los presentes, ella no era una fugitiva, era su protegida.
Aria, recordando la Lección uno, mantuvo la barbilla alta y una mirada de una indiferencia tan pulida que parecía tallada en diamante.
— No dejes que huelan tu miedo — le susurró Killian al oído, con un tono que apenas rozaba la calidez — Disfruta del espectáculo. Eres el centro de su universo ahora mismo.
Alistair, que no se había podido quedar en su sitio al ver a su ex novia y actual víctima, se abrió paso entre la multitud a fin de hacer una escenita.
El sudor brillaba en su frente y la copa de champán temblaba en su mano, mientras se preguntaba cómo diablos estaba libre. Se detuvo frente a ellos, tratando de recuperar la compostura, pero la presencia física de Killian lo hacía parecer un niño jugando a ser un hombre.
— Deberías estar entregándote, hay cargos criminales, Aria. El fraude, el dinero... — Escupió Alistair, con una voz cargada de una falsa indignación.
— Ten cuidado con tu tono, Caldwell — la voz de Killian resonó, gélida y letal, haciendo que varios invitados retrocedieran — Estás hablando con mi futura esposa. Aria está bajo mi protección legal y personal absoluta y cualquier acusación que tengas contra ella, a partir de ahora, es una declaración de guerra contra mí.
Alistair no se inmutó, a, al menos no en la superficie, aunque, no contaba con que el lobo mayor hubiera decidido adoptar a la oveja a la que él pretendía sacrificar.
— ¿Tu… esposa? — Alistair volvió a escupir con arrogancia — Killian, el tiburón de los Hampton no puede ver que ella no tiene nada… ¡Está en la ruina!, además, está acusada de…
—¡Cierra la boca! — Killian siseó por lo bajo en tono amenazante — No te atrevas, ¡Canalla! Y no cantes victoria, todavía no te has encontrado con mis abogados.
Le dijo amenazante y Alistair palideció, pero no dejó ver su nerviosismo, pero el comentario le hizo preguntarse si Killian Sterling ya habría metido la mano en sus asuntos legales con Aria.
Elena, la amante de Alistair, se asercó con una sonrisa viperina, recorriendo el vestido de Aria con desprecio.
— Es una lástima que el estilo no se pueda comprar con deudas — se burló Elena, elevando la voz para que los círculos cercanos escucharan — Me pregunto si ese vestido es prestado, Aria, todo el mundo sabe que no tienes ni para pagar un taxi a la ciudad.
Aria no parpadeó.
—Chismes, querida, son solo eso — Y dejó escapar una risa suave, cargada de una agudeza que cortó el aire.
—¿Chismes?
Aria la cortó de inmediato sin dejarla seguir.
— Es curioso que hables de deudas, Elena — respondió Aria, sosteniendo su mirada con una sonrisa gélida producto de su deseo por hacerles pagar, que se encendía como fuego por todo su cuerpo — Porque mientras tú te conformas con las sobras de mi vida y el hombre que robó mis migajas, yo estoy luciendo joyas que valen más que toda tu genealogía, disfruta de Alistair, siempre me sobró la caridad con los necesitados.
Un murmullo de risas sofocadas recorrió el grupo, y Alistair, en ese punto, estaba casi seguro de que Killian se estaba encargando de los problemas de Aria, era más que evidente.
Elena se puso roja de furia, pero no encontró palabras para replicar, Killian, en un movimiento fluido, rodeó a Aria y la condujo hacia la pista de baile.
La orquesta comenzó a tocar un vals lento, Killian la atrajo hacia sí con una brusquedad que hizo que los pechos de ella chocaran contra su pecho firme, la proximidad física era abrasadora y Aria sentía el calor de su cuerpo a través de la seda del vestido y la presión de sus dedos en su espalda baja desnuda.
— Muy bien ejecutado — murmuró él, guiándola con una destreza impecable — Pero ahora empieza la Lección número dos, la seducción como distracción.
Ella abrió muchos los ojos y él sonrió de una forma malditamente seductora.
Killian la hizo girar, y su aliento rozó la oreja de ella.
— Mira hacia la mesa cuatro. Ese es Julian Vane, el inversor que financió el desvío de Alistair. Quiero que bailes con él después de esto, usa lo que te enseñé, haz que se olvide de sus números y que solo piense en lo que hay bajo ese vestido — Ella se estremeció, pero no se lo demostró, él tenía esa forma de hablar tan directo que comenzaba a odiar — Necesito que averigües dónde guardan los registros originales del banco.
— ¿Quieres que coquetee con él? — preguntó Aria, sintiendo una punzada de algo que no supo identificar.
— Quiero que lo desarmes — respondió Killian, apretándola más contra él, la tensión sexual entre ambos se volvió insoportable, sus ojos grises ardían con un fuego que no era parte de la actuación — Hazlo por el restaurante, Aria. Hazlo por tu libertad.
Cuando la música terminó, Julian Vane no tardó en acercarse.
Killian cedió a Aria con una cortesía gélida, pero mientras ella bailaba con el inversor, Killian no se alejó, se quedó en la barra, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en cada centímetro de piel que Julian tocaba.
Se descubrió a sí mismo rompiendo una copa de cristal en su mano por la presión, hirviendo de una furia que no lograba procesar, no eran negocios, era algo parecido a celos reales, y eso no estaba en sus planes.
Aria estaba logrando que Julian bajara la guardia, susurrándole con una elegancia que lo tenía hipnotizado, cuando el ambiente cambió bruscamente, un hombre con un traje gris barato y una placa de detective colgada del cinturón entró en la pista, interrumpiendo el baile.
— Aria Vanderbilt Roche — dijo el detective con una voz que silenció a la orquesta.
Killian se abrió paso entre la multitud en segundos, colocándose frente a Aria, pero el oficial no retrocedió. Puso una mano pesada en el hombro de Aria.
— Señor Sterling, esto no tiene que ver con el fraude — dijo el detective, mirando a Killian a los ojos — Hemos recibido una nueva prueba del asesinato de Thomas Wright, el antiguo socio de los Vanderbilt.
Aria sintió que la sangre se le congelaba. Thomas Wright era como un tío para ella.
— ¿Qué? ¿Thomas? ¡No! — susurró ella, temblando.
— El arma del crimen, una pistola registrada a nombre de su padre, fue encontrada esta mañana oculta en el doble fondo del coche que usted estrelló anoche — sentenció el oficial — Queda arrestada por homicidio en primer grado.
Killian intentó intervenir, pero el detective mostró un video en su teléfono, era una grabación de seguridad borrosa donde se veía a una mujer con la silueta de Aria saliendo del despacho de Wright la noche de su muerte.
Aria miró a Killian, buscando desesperadamente una salida, pero él se quedó paralizado al ver la grabación, mientras las esposas se acercaban a sus muñecas, Aria divisó a Alistair al fondo del salón, quien levantaba su copa con una sonrisa de victoria absoluta.
Acababa de caer en una trampa de la que ni siquiera Killian Sterling parecía poder salvarla.







